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El amor

Adrián era un gran nadador; desde que se mudó a Canarias había retomado su vieja pasión por el surf, y su cuerpo se mantenía firme, moldeado por las olas y la resistencia del mar.

Pero el Caguán no era el Atlántico, y le importaba un carajo si quien lo desafiaba era Kelly Slater, Michael Phelps o el mismísimo hijo de Poseidón.

Había veces que la fuerza de la corriente lo sumía en el abismo que suponía esa agua turbia, aunque él se lo tomaba como cuando la ola lo arrastraba al fondo del mar.

Procuraba tener los pulmones llenos y con un braceo y pataleo suaves conseguía sacar la cabeza.

Le preocupaban más las rocas y las ramas de las raíces, que de vez en cuando le rozaban sin llegar a tocarle. De momento.

Hasta que lo vio.

Lo tenía cerca, quizá cincuenta metros, no más. Guarapo ensartado en una raíz y Luz Marina intentando llegar hasta él. Y braceó como pudo hacia ese lado del río para poder sujetarse y ayudarla.

Y cuando lo iba a lograr, sucedió.

Su hija se perdió, una vez más, río abajo.

Y él estaba a punto de estamparse contra el cuerpo del guerrillero.

Hizo un último esfuerzo para que eso no sucediera, pero no salió indemne.

Una rama le rasgó la piel de la tibia izquierda.

Apenas gritó, porque en ese momento el dolor no fue excesivo.

La adrenalina no se lo permitía. Adrenalina que aumentó su concentración en sangre cuando vio a su hija a pocos metros.

Luchó contra el agua. Gritó para que ella le oyera. Sin éxito.

Adrián volvió a gritar, esta vez con toda la fuerza de sus pulmones, llamando a su hija. Y ella le oyó. Entre el estruendo del agua y el rugido de su propia angustia, Luz Marina escuchó la voz de su padre, y se giró hacia él.

Lo que siguió fue una batalla feroz, una danza imposible entre padre e hija, una lucha compartida contra un enemigo común que parecía invencible. Pero el amor, esa fuerza inquebrantable que todo lo desafía, les permitió ganar.

Adrián agarró de la mano a Luz Marina y Luz Marina agarró la ropa de su padre. Y ambos se miraron, y el padre apenas reconoció al proyecto de mujer que ya era su hija, y la niña sí reconoció al hombre grande y fuerte que era su padre.

Ambos rieron, un sonido extraño y casi irreverente en medio de la tragedia, pero cargado de alivio. Y entonces, como un eco lejano y cada vez más nítido, escucharon las voces de Laura.