El inicio de todo
En La Moraleja, la nieve parecía tener otra textura. No se mezclaba con el barro ni la basura de las aceras porque allí no hay basura, y al barro lo mantienen a raya los jardineros. Allí, la nieve caía sobre el silencio de las cuentas corrientes saneadas y los sistemas de alarma perimetral.
El salón de los Rivas-Cánovas era una pecera de diseño.
Muros de cristal de suelo a techo que, en un día normal, regalaban una vista de revista de decoración: piscina desbordante, césped manicurado y setos geométricos.
Ese día, sin embargo, el cristal solo devolvía una blancura agresiva, una catarata muda que borraba los límites de la propiedad.
Marco Rivas caminaba sobre la tarima de roble blanqueado.
Iba y venía sobre una línea invisible de ansiedad entre el sofá de cuero italiano y el ventanal.
En su mano, una tableta mostraba gráficos que caían en picado, líneas rojas que sangraban dinero virtual a una velocidad que el dinero real nunca alcanza.
—¿Vas a desgastar el suelo, Marco?
La voz de Marisa bajó por la escalera antes que ella.
Eran las cinco de la tarde de un día con reminiscencias apocalípticas, pero Marisa Cánovas todavía llevaba puesto el maquillaje de guerra y un conjunto de cachemir que costaba lo que un mileurista gana en un trimestre.
Bajó los escalones con esa cadencia estudiada de quien sabe que siempre hay alguien mirando, aunque solo sea el servicio.
Marco bloqueó la pantalla de la tableta con un dedo tembloroso y la dejó sobre la mesa de centro, boca abajo.
—Problemas con los proveedores asiáticos. El cambio horario me está matando.
—El cambio horario —repitió ella. No era una pregunta. Era una mueca verbal—. Te estás quedando calvo, Marco. Y ese tic en el ojo no te favorece nada. Deberías llamar a tu terapeuta.
—Tú siempre tan graciosa.
Marisa le sacó la lengua y, justo después, Lorena apareció por el pasillo de las habitaciones.
Llevaba unas mallas técnicas, una sudadera tres tallas más grande de una marca de skate y las llaves de su Mini Cooper en la mano.
Pasó por delante de su madre sin mirarla, directa a la cocina americana para sacar una botella de agua Fiji de la nevera.
—¿Se puede saber a dónde vas? —preguntó Marisa, cruzándose de brazos—. ¿No has mirado por la ventana?
—Al gimnasio. Tengo clase de Body Combat a las seis.
—Está nevando, Lorena.
—Mamá, no soy efervescente… Además, necesito ir. Con las cenas de Navidad he engordado un par de kilos y tengo que bajarlos como sea.
Marisa observó a su hija. Debería prohibirle salir. Cualquier madre con un gramo de instinto protector habría escondido las llaves. Pero Marisa se limitó a alisarse una arruga inexistente en la manga del jersey.
—Tú verás. Luego no me llames llorando si se te congela el culo esperando a la grúa. Ten cuidado.
Fue una objeción de papel mojado.
Marco se acercó a la chica. Le puso una mano en el brazo.
—Lorena, escucha. Las carreteras están fatal. ¿Por qué no te quedas? Podemos... podemos ver una película o algo.
—Me apetece mucho ir, Marco. En serio. No me voy a meter por la autovía, voy por la Puerta del Norte, tirando por ahí apenas hay siete kilómetros. Y voy a ir despacito.
—Coge el Range Rover, lo tengo aparcado en la salida trasera —dijo Marco, bajando la voz—. El Mini es un juguete para este tiempo. Llévate el grande. Tiene tracción total y neumáticos de invierno.
—Qué va, ya sabes que no me apaño con él, sería peor el remedio que la enfermedad. Son solo cuatro copos, esto ni va a cuajar. Volveré para cenar.
—A ver cuándo te cambias al gym de la urba —dijo Marisa con retintín, pero a su hija no le gustaba ir a ese gimnasio.
Estaba lleno de estiradas, según decía ella.
A ella le gustaba ir a un gimnasio enorme que habían inaugurado poco menos de un año atrás en la zona de Valdebebas.
De esos con cientos de clases a todas horas.
La chica se soltó suavemente del agarre de Marco y caminó hacia la puerta que conectaba con el garaje delantero.
—Adiós, mamá —dijo sin volverse.
—Ten cuidado —repitió Marisa.
El zumbido del motor de la puerta del garaje rompió el silencio de la casa.
Desde el ventanal, Marco y Marisa vieron cómo el vehículo salía de la rampa calefactada hacia la calle.
El coche oscuro avanzó unos metros y, enseguida, fue engullido por esa oscuridad invernal de un día con el cielo encapotado en enero.
Marisa se giró sobre sus talones y volvió a ajustarse el jersey para que no tuviera arrugas.
—Voy a revisar los correos en el despacho. Te veo en un rato—. Le dio un beso en la mejilla a su marido y se largó por el pasillo.
Marco se quedó solo en el salón. Volvió a coger la tableta.
Desbloqueó la pantalla y los números rojos volvieron a iluminarle la cara como un semáforo que le detiene el paso.
Fuera, la nieve empezó a arreciar y el jardín se fue cubriendo de blanco.
Un color que suele asociarse a la pureza y a lo bello, aunque aquel día no tenía visos de traer nada puro ni bonito.