Torrente oscuro
Xixa pulsó el botón justo cuando el eco de la ráfaga mortal que acabó con Tibu y Jona aún flotaba en el aire.
¿De dónde vino esa ráfaga de fuego y muerte?
Uribe y Boliche, agazapados en el lado del río de los guerrilleros, gastaban buena puntería. Para eso los pagaban.
Las cargas de los bajos del puente, convenientemente colocadas por la propia Xixa y por Tibu horas antes, para asegurarse de joder a los gringos si ellos les jodían primero, destruyeron la estructura en menos de un segundo.
Por lo que madre, hija y guerrillero se precipitaron al río que no tenía en cuenta si los que osaban adentrarse en sus aguas eran los buenos o los malos de la historia.
Como los sucesos atroces suceden muy deprisa, Adrián y los demás no tuvieron tiempo para la reacción. Laura y Luz Marina, que llevaba adosado a un Guarapo más muerto que vivo, se perdieron río abajo.
Mientras tanto, Uribe lanzó una segunda ráfaga que hirió en el brazo y en la pierna a la única guerrillera que quedaba en pie antes de que ella pudiera echar mano de su rifle.
Boliche fue el primero en llegar al lugar de la masacre, y disparó con arma corta en las cabezas de Tibu y Jona para asegurarse.
Uribe fue el que se acercó, con mayor precaución, a Xixa, que todavía guardaba el detonador en la mano izquierda.
La muchacha se arrastraba como podía por el terraplén.
Uribe no le dio tiempo ni a girarse para ver quién ponía fin a una vida tan corta y tan triste.
Le disparó en la nuca como el que dispara un animal agonizante para que no sufra más.
Adrián no se quedó a presenciar aquella cacería. Bajó por la orilla opuesta hasta el río, sopesó sus opciones y se dirigió hacia el viejo, al que ya acompañaba Silvia.
—Usad el GPS y seguid el cauce del río.
—No me jodas, cabo, no lo hagas.
Adrián dedicó una sonrisa a su superior, una de esas que llevan consigo una mezcla de desafío y despedida. Luego, sin dudar un segundo más, se lanzó al agua y desapareció en el torrente oscuro y rugiente