Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Colgante
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Colgante

Adrián odió, de nuevo, a Uribe. La cosa se estaba complicando por una cifra insignificante. Ciento cincuenta malditos dólares, algo más de cien euros. Lo que se podía gastar en una noche de hotel con Silvia. Una nimiedad que estaba complicando la vida de su hija.

—Te puedo dar mi reloj y lo cambias en cualquier casa de empeño. Te darán bastante más de cien dólares por él —dijo, mientras se desabrochaba su reloj deportivo de alta gama.

—Tu reloj, ¿como en las películas? —rio el comandante.

—Lo que tú quieras, pero no tenemos más plata, no tenemos ni para gasolina para la vuelta.

Jona pensó que como no encontrasen más plata, quizá no habría vuelta. Sin embargo, se le adelantaron.

—Esperen, esperen —Luzma se acercó dando voces y Laura se asustó al verla—. ¿Aceptan esto?

La mujer les enseñó un colgante que se acababa de quitar del cuello.

—Pero Luzma, es el de tu abuela.

—¿Lo aceptan? —insistió ella dirigiéndose al comandante.

Jona valoró las opciones. Liarse a tiros por cien dólares o aceptar el pago con especies.

—Pues nos quedamos con las dos cosas, por las molestias.

Adrián y Luzma se miraron; el hombre se acercó y puso la mano para que ella depositase el colgante. Laura los detuvo.

—Iré yo —Y recogió la joya de su novia. Se miraron, y Adrián tensó la mandíbula porque en ese momento fue consciente del amor que se guardaban. Laura le pidió el reloj. Dudó, pero había cosas más importantes que los celos y los reproches en ese momento.

—No sé qué andan cuchicheando. Vengan ya con sus cositas —exigió Tibu.

El cabo le entregó el reloj a su mujer y se acariciaron las manos. A Luzma no le gustó ese acercamiento, y a Silvia, que observaba la escena en la distancia, como si de una película romántica de las malas se tratase, tampoco.

—Ahora lárgate de aquí —exigió Laura, y Luzma obedeció.

La mujer se adentró en el puente. Cuando llegó a la altura de Dioni, le puso la mano en el hombro y le pidió que se marchase. Ella sería la encargada de recoger a su hija. Nadie más tenía derecho a abrazarla primero. El hombre aceptó y tomó el camino de regreso.

—Mi hija —exigió, con los objetos en la mano.

Jona asintió, y Tibu fue a coger el reloj y el colgante. Laura lo retiró.

—Mi hija primero y os lanzo el puto reloj y la cadena.

Tibu volvió a mirar a Jona, que maldijo a la gringa.

Pero tuvo que aceptar, la cosa no se iba a joder por un maldito reloj ni por cien miserables dólares.

Empujó a Guarapo para que avanzase y los guio hasta el borde del puente.

Tibu tomó la mochila con el dinero y sonrío a Laura.

Inició el camino de regreso, sonriente, feliz por haber cumplido con éxito su primera misión.

Al otro lado, Luz Marina y Guarapo ponían el primer pie sobre las tablas viejas.

Jona iba detrás, serio, aunque la sonrisa de Tibu lo contagió y se retiró con él unos pasos más atrás.

La niña y el guerrillero avanzaban hacia el centro del puente, guiados por la voz de Laura, que no cesaba de susurrar palabras de cariño a su hija, palabras que rebotaban en el vacío como una frágil cuerda de salvación.

Luz Marina seguía ese hilo de ternura sin ser consciente del abismo que se extendía a ambos lados del agua enfurecida que corría como una amenaza sorda bajo sus pies.

Tibu entregó a Jona la mochila, el reloj y el colgante, y ambos estallaron de júbilo.

Un júbilo que no les duró ni un segundo porque tres proyectiles les atravesaron el pecho, y justo después una explosión destruyó un intercambio que había resultado perfecto hasta ese momento.