Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 150 dólares
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150 dólares

Era Tibu quien se acercaba, con una sonrisa cínica y el AK-47 apoyado en el hombro, listo para disparar si alguien hacía el menor movimiento en falso.

—Las manos donde las pueda ver, gringos.

Los tres levantaron con desgana los brazos ante la amenaza del niño soldado, que llevaba el Kalashnikov en posición de disparo.

—¿Dónde está mi hija? —exigió Laura.

—Ya viene. señora, no se me altere. ¿La plata?

—Si no hay niña, no hay plata —gritó Dioni.

Tibu sonrió y mostró sus dientes como si estuviera disfrutando del intercambio. Aquellos gringos se creían con derecho a poner condiciones, y él, que apenas necesitaba una excusa para disparar, se relamía con la posibilidad de hacerlo

En ese momento apareció Luz Marina de entre la maleza, y Laura se puso a llorar. Sobre todo porque iba atada a un muchacho semidesnudo y ensangrentado. Adrián, esa vez sí, se atrevió a poner la mano en el hombro a Laura, que lo miró con pavor.

La niña y el guerrillero caminaron hasta el borde del puente y Jona, bien pegado a Guarapo, gritó.

—No vayamos a formar un escándalo como el de la otra vez. Se me acercan con la platica y la rehén avanzará por el puente.

—¿Y por qué va a atada a ese chico? —preguntó Laura con la voz quebrada.

—Porque parece que se quieren mucho —dijo Tibu con sorna.

Laura apretó los puños, no quería, no podía imaginarse lo que implicaban aquellas palabras.

—Dame la cacharra —susurró Adrián a Dioni, que expuso las manos pidiendo calma.

—Ni se te ocurra —replicó el hombre—. Ahora es cuando más hay que estar tranquilos.

—¡Que me la des! —elevó el tono de voz.

—¡Déjense de cuchicheos y traigan la plata, ya!

Dionisio, para evitar el conflicto con Adrián, inició el camino hasta el interior del puente. El cabo intentó retenerlo, pero Laura lo agarró por la espalda.

—Déjalo, Adri, vamos a ser inteligentes.

Se miraron a los ojos, que rebosaban del brillo de esa lágrima que solo la ira puede hacer aflorar.

Dioni llegó hasta la mitad del puente. Tibu, entonces, caminó hasta encontrarse con él. El viejo se quitó la mochila con el dinero.

—Déjela en el suelo.

—La niña.

—La niña vendrá cuando contemos la plata.

—¿Os vais a poner a contar el dinero ahora? Pero ¿esto qué es?

—¿Te piensas que somos unos pendejos, pinche viejo? No seríamos los primeros a los que les meten billetes falsos o menos plata.

Dioni gruñó. Tibu le pidió que se retirase.

—No. Lo cuentas aquí mismo.

—Aquí no, viejo.

—Sí, lo cuentas aquí y cuando veas que no te estamos timando, la niña se viene antes de que nos engañéis vosotros como pasó el otro día.

Tibu miró hacia abajo. La corriente del río rugía. No era un gran nadador y no le haría gracia que alguna de las tablas se partiera y caer en ese torrente turbio. Miró hacia atrás y Jona asintió, dando permiso para contar el dinero allí mismo.

Tibu se agachó y procedió al recuento. Él no había visto tanta plata junta en su vida y, por un momento, se sintió abrumado.

—Está casi todo en billetes de cien. Lo he contado tres veces —dijo Dioni.

El muchacho inició la cuenta. Tuvo que reiniciar hasta por dos veces, lo que desesperó a todos y cada uno al lado del río.

Laura no dejaba de mirar a Luzma, que tenía los ojos vendados, al igual que Guarapo, que apenas se mantenía en pie y que el olor de la muchacha, a escasos centímetros de él, junto con la paliza recibida lo tenía en una especie de mareo hipnótico.

—Faltan ciento cincuenta dólares —dijo Tibu.

—¿No te habrás equivocado? —respondió Dionisio, tratando de aparentar calma.

—No, ya viste que conté dos veces —se giró para Jona—. Mi comandante, falta plata.

—Vamos, ya, por poco más de cien dólares no vamos a hacer sangre, ¿no? —pidió Dioni.

Jona dudó. Ciento cincuenta dólares no era una gran suma comparados con los ciento veinte mil del total. Pero en la organización era posible que se lo echaran en cara y se los restaran de sus dietas. Y esa cantidad suponía un mes de dietas.

—Tienen que poner ustedes el resto —exigió Jona.