Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 El puente
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El puente

Dionisio, Adrián y Laura esperaban al borde del puente, una estructura precaria que parecía sostenerse por pura voluntad.

Las maderas, ennegrecidas por la humedad y los años, crujían incluso bajo el roce del viento, como si anunciaran su fragilidad al mundo.

A pesar de su aspecto desastroso, no se veía ninguna tabla suelta, pero la desconfianza se mantenía.

Tuvieron que mentir a Laura sobre la pequeña escapada previa. Le dijeron que habían bajado al cauce del río por si alguien se escondía por allí que les pudiera hacer alguna mala jugada. Quizá, de hacerlo, se hubieran ahorrado muchos problemas después.

—No vayas a tirar de hierro fácil que nos conocemos, Dioni —advirtió Laura.

El hombre levantó las manos como si él no hiciera nunca nada.

A unos metros, Silvia y Luzma observaban desde un par de rocas planas, lo bastante alejadas de la primera línea para estar fuera de peligro, o al menos eso creían.

Silvia, siempre lista, sostenía un machete con la confianza de alguien que había enfrentado situaciones, sino peores, similares.

Luzma, en cambio, agarraba la pistola táser con más nervios que firmeza.

Había accedido a mantenerse atrás solo porque Dionisio la había amenazado, medio en serio, medio en broma, con atarla a un tronco si intentaba cruzar la línea de seguridad.

Laura, por su parte, había reforzado la orden

El crepitar del viento en las ramas de los caracolíes quería imitar el tam-tam de algún tambor lejano, como si presagiara una noche aciaga.

Al sol no le quedaba más de dos horas para ocultarse en el horizonte y en medio de aquella espesa vegetación la penumbra se había apoderado del ambiente.

Era la hora del mosquito, y ni todo el repelente del mundo servía para ahorrarse alguna que otra picadura en lugares expuestos.

Habían pasado diez minutos de la hora indicada y comenzaron a impacientarse.

—¿Seguro que este es el puente? —preguntó Laura.

—¿En esta selva tú crees que se puede estar seguro de algo? —replicó Dionisio.

Adrián, por primera vez, se acercó a su todavía mujer, la miró a los ojos y trató de buscar en ellos algo que hacía tiempo no encontraba.

—Sin que sirva de precedente, sé que estás nerviosa. Yo también. Pero vamos a intentar tranquilizarnos porque esto es demasiado complejo.

—Nada puede salir mal, Adrián.

Escuchar de nuevo su nombre de los labios de Laura estremeció al tipo duro que el guardia se creía. Hizo el amago de ponerle la mano sobre el hombro, aunque en el último momento, su orgullo hizo que se arrepintiera.

Pocos minutos después avistaron al primer guerrillero. Alguien desconocido para Laura y Dionisio. Una sombra de esas que solo crees que existen en las películas de terror.