Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Crucificado
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Crucificado

Le dieron hasta en el cielo de la boca. Los puños y las botas de Tibu golpeaban el cuerpo de Guarapo con la precisión de un verdugo que no tiene prisa, pero sabe que debe enseñar una lección. Una golpiza de las que hacen época.

El código estaba claro: se podía maltratar a los pescados, llenarles el cuerpo de moratones, dejarlos pasar más frío que un pajarito en una helada o empujarlos al borde de la inanición.

Pero jamás, nunca, tocarles una parte del cuerpo oculta tras la ropa interior.

Eso era sagrado, porque si se cruzaba esa línea…

—Pinche pendejo, casi nos buscas la ruina —Tibu le puso el cuchillo en el cuello y le faltó poco para ejecutarlo allí mismo.

—Soldado, se me calme —ordenó Jona.

Luz Marina, sentada a un costado, permanecía en silencio, con el rostro escondido entre las manos, aunque sus lágrimas caían a chorros sobre el suelo de tierra y se mezclaban con el polvo, formando pequeñas manchas oscuras.

La selva, a su alrededor, parecía detenerse en una especie de quietud amenazante.

Solo el canto lejano de un paujil rompía la tensión.

—Dije que se me calme, soldado —repitió Jona, esta vez con un tono más bajo, pero cargado de amenaza.

Tibu retiró el cuchillo con un bufido, pero antes de guardar el arma, le propinó una patada en el estómago a Guarapo, que lo dejó jadeando en el suelo.

—Míreme, Guarapo —ordenó el comandante, inclinándose hacia el muchacho. El joven levantó la mirada con dificultad, el rostro hinchado y el orgullo hecho pedazos.

—¿Qué fue lo que le dije la primera vez que les hablé de esta misión? —preguntó Jona, como si estuviera enseñando a un niño pequeño.

—Que… que nunca tocara a los pescados —murmuró Guarapo, apenas audible.

—¿Y por qué le dije eso? —insistió el comandante, dejando caer las cenizas de un cigarrillo sobre el pecho del muchacho.

—Porque… si lo hacemos… ya no valen lo mismo —susurró.

Jona asintió lentamente, como si estuviera satisfecho con la respuesta, y luego se levantó, ajustando el rifle que llevaba colgado del hombro.

—Así es. Y ahora, por su pendejada, podría ser que no nos paguen ni un peso, porque los de allá se enteran de todo. ¿Usted sabe lo que pasa cuando no nos pagan, Guarapo?

El silencio era pesado, casi opresivo. Tibu se acercó de nuevo, esta vez sin el cuchillo, pero con los puños listos para seguir descargando golpes.

—Basta, soldado —pidió Jona, levantando una mano.

El comandante se levantó, se giró sobre sus talones y se acercó a Luz Marina. La muchacha, que seguía sollozando, irguió la cabeza apenas un poco, lo suficiente para cruzar su mirada con la del hombre.

—Yo lo he provocado —dijo ella —. Dejadlo en paz.

—Uy, que la pelada tiene el síndrome de Estocolmo ese —Xixa se acercó hasta ella y la tiró de los pelos.

Luz Marina comenzó a chillar y para callarla le propinó dos bofetones y un puñetazo en la boca del estómago.

Jona levantó la mano pidiendo calma a su soldado.

—No me la maltrates ahora que nos tenemos que ir a por la plata. Y esta vez vamos a cobrar de una maldita vez y nos olvidamos de esta pendeja.

Guarapo suspiró, quizá pensó que le dejarían tranquilo por un momento, pero se equivocaba.

El mismo Jona le lio una soga al cuello y tiró de él como si fuera un perro.

El muchacho trastabilló y dio con sus hocicos en el suelo, pues tenía atadas las manos a la espalda y no pudo usarlas para amortiguar el golpe.

Jona pidió a Xixa que le trajera a la niña y cuando estuvieron juntos los puso en fila india.

—¿Qué va a hacer, mi comandante? —preguntó la niña soldado.

—Asegurarme de que cobramos y de que no me meten un tiro.