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La expedición

Como en la película Tras el corazón verde.

A machetazo limpio se abrían camino entre tanta planta.

La vegetación de la selva cercana a San Vicente del Caguán era una maraña de ceibas gigantes y caracolíes, con sus troncos rugosos y raíces aéreas que parecían esculturas naturales.

Los altos árboles de copas entrelazadas creaban una bóveda verde impenetrable, dejando apenas un par de hilos de luz que caían como una caricia tímida sobre el suelo oscuro.

Entre los troncos, los helechos arborescentes se erguían como guardianes, con frondas que podían alcanzar los cinco metros de longitud, mientras matas de palmas moriche se entremezclaban con las bromelias que colgaban de las ramas más bajas.

El zumbido de los mosquitos era un recordatorio constante de la vida diminuta, pero incansable que poblaba cada rincón, aunque el repelente mantenía a raya a la mayoría, dejando solo alguna picadura en los tobillos de los más despistados.

Entre ellos la única nativa. La humedad era sofocante, pegándose a la piel como un manto invisible que cada vez pesaba más.

—Un descanso, por favor —solicitó Luzma.

—Cuanto antes lleguemos al punto de encuentro, mejor —dijo Adrián sin pararse.

—Adrián —gritó Laura—. Llevamos una hora sin parar. Solo cinco minutos, tomamos agua y seguimos. Vamos con tiempo de sobra.

El cabo miró a Dionisio con rabia. El encargo de Ramón Restrepo se hacía ahora más acuciante que nunca.

El viejo no fue capaz de convencer a la mujer para que se quedase en el pueblo por si había que avisar a la policía.

Hubo discusiones, gritos, súplicas y hasta amenazas.

Y todo acabó en nada porque la colombiana enganchó la mochila con el dinero de las garras de Dionisio y dijo que esa plata era la mayoría de su papá y si ella no iba, no habría plata.

Y sí hubo plata, y, también, retraso en la expedición.

Porque quedaba claro que Luzma era la más débil del grupo.

Laura tuvo que rezagarse en varias ocasiones para darle la mano y tirar de ella en alguna que otra ascensión.

Un trayecto que debía de haberse solventado en cuarenta minutos como mucho, ya iba por más de la hora y aún les quedaba otra más.

Dionisio portaba la mochila con el dinero, y le pesaba como el anillo le pesaba a Frodo. Adrián no le quitaba ojo (como Gollum). Silvia, siempre detrás del cabo, mediaba entre ambas partes (como Sam).

—Adri, vamos a parar unos minutos. Laura tiene razón, vamos con tiempo de sobra.

El hombre claudicó, porque tuvo que admitir la verdad.

Lo que pasaba es que no quería que los mercenarios que les seguían acortasen su distancia.

No quería que Laura se enterara de sus planes.

Dioni y Silvia sí estaban al tanto. El viejo desconfiaba y Silvia, sin llegar a confesarlo, también.

Los dos tipos irían igual de armados que los guerrilleros con los que harían el intercambio y cuando en ambos bandos hay plomo, hay más posibilidades de guerra.

Las últimas horas del trayecto transcurrieron en un silencio tenso.

El ruido de la selva se hacía más envolvente: los cantos de aves invisibles, el crujido de hojas secas, el rumor del río Caguán que se escuchaba cada vez más cerca.

La vegetación comenzaba a abrirse, y Adrián supo que estaban próximos al lugar indicado.

—¿Lo ves? —preguntó Silvia, señalando un puente rudimentario que aparecía al final de una ligera pendiente.

La pasarela cruzaba el río, cuyas aguas marrones se deslizaban con velocidad descontrolada.

Parecía un río manso, pero los que lo conocen sabían que era traicionero.

Las tablas del puente estaban mal ensambladas, algunas rotas o ladeadas, y los cables de soporte colgaban, oxidados, como venas expuestas.

—Nos quedamos aquí —ordenó Adrián—. Dionisio, usted me acompaña.

—¿Dónde vais? —preguntó Laura.

—A inspeccionar el lugar.

—Voy con vosotros.

—No, tú te quedas con ella —dijo señalando a una exhausta Luz Marina, recostada sobre el tronco de una ceiba llena de hormigas que pronto la picarían.

Laura se dio cuenta de la situación, y no pudo ni rechistar. Silvia lanzó una mirada a Adrián que este ignoró. Dioni y él se encaminaron hacia el puente, pero el guardia le hizo un gesto al viejo para desviarse.

Se adentraron en otra zona del bosque y dieron lo que creían un giro guiándose por el GPS. Al cabo de unos quince minutos, los encontraron.

—¡Uribe! —chistó Adrián.

El mercenario levantó el M-16 y también la mano. Cualquier precaución era poca.

—No hace falta que baje la voz, hacen más ruido que una manda de chigüiros, parse.

Los dos hombres se aproximaron a ellos.

—Estamos unos doscientos metros adelante. Hay un puente, ¿crees que podrían vadear el río y situarse al otro lado? —pidió Adrián.

Le enseñó el mapa del dispositivo satelital de Dioni y el compañero de Uribe, un mulato gigante, lo examinó.

—Mi compadre Boliche lo mira y les dice —comentó Uribe—. Él es el experto.

—Los tipos aparecerán por el otro lado del puente, seguro —intervino Dioni.

—Y ustedes quieren que les cortemos la retirada.

—No —dijo Adrián—. Solo que se aseguren que no se llevan a la niña de vuelta o que nos la intentan liar.

—Entiendo.

Boliche señaló un punto en el mapa. Y explicó que por ahí podrían cruzar al otro lado, pero que les llevaría al menos una hora más de camino.

—Le va a costar un poco más —dijo Uribe.

—¿Cuánto?

—Poco, pero necesito que me lo entregue ahorita.

—Ese no era el trato.

—Son solo doscientos dólares, man, a mí es que no me gusta mucho hacer deporte, me tiene que compensar.

Adrián bufó, no le quedaba otra. Revisó en su cartera y solo encontró dos billetes de veinte dólares y algunos pesos que los mercenarios no aceptarían.

—Dioni, ¿cuánto tienes encima?

—No sé, unos quinientos pesos.

—No mi amigo, ahí en esa mochila usted lleva mucho más, que yo lo sé.

Dioni abrió la boca y Adrián tensó los puños.

Odió a aquel tipo. Lo odió en ese momento y lo odiaría después, cuando la cosa hubiera de complicarse en el intercambio por el puto dinero.