Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Jugar con fuego
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Jugar con fuego

Se meó encima. Recordó a Álex cuando era un pequeño cachorro y lo hizo en su propia cama. Echó de menos al animal, como lo había añorado todos esos días. Si estuviera con ella, ya se enterarían esa panda de desgraciados.

No se orinó encima por miedo o porque no pudiera aguantar más.

Xixa y Tibu se habían marchado del campamento a recoger provisiones a un lugar de enlace y a buscar cobertura para enviar la prueba de vida (una foto que le hicieron esa misma mañana).

El comandante se había quedado con Guarapo y ambos organizaban las pocas provisiones que les restaban.

Luz Marina sollozó, lo que reclamó la atención del soldado.

—¿Qué pasó?

Ella no respondió, sino que volvió a sollozar. El muchacho, picado por la curiosidad, se acercó. Y fue cuando estuvo tan cerca que notó el olor almizclado de la orina.

—No me he dado ni cuenta, estaba como dormida…

Guarapo no supo qué hacer ni qué decir. Miró al comandante, que en ese momento administraba la munición para los rifles con minuciosidad de relojero.

—No tenemos ropa.

—¿Puedo ir al río? Al menos así podré lavarme.

El soldado se giró y preguntó a Jona, que estaba absorto en el recuento de los proyectiles.

—No te alejes de la pelada ni un segundo —cedió el comandante.

Esas palabras hicieron sonreír por dentro a la muchacha.

Guarapo se cuadró y tomó su Kalashnikov.

Se dio la vuelta y conminó a la chica a moverse.

Después de una caminata de unos diez minutos entre ceibas, palmas y yarumos, con el murmullo constante del río como guía, llegaron al puente del día anterior.

Las raíces aéreas de los árboles se enredaban como serpientes alrededor de la orilla, y el agua, aún turbia por las lluvias recientes, corría con fuerza.

—Espero que te des la vuelta —pidió la chica.

—No puedo, ya ha oído las órdenes del comandante. Y menos después de la fuga de la otra vez.

—Tú lo que quieres es verme desnuda —dijo ella sonriendo.

El chico se ruborizó. Pero estaban solos en mitad de la selva. Y darse cuenta de eso lo envalentonó.

—¿Y qué?

Ella notó que había mordido el anzuelo.

—Nada, disfruta, hombre, que estáis tiesos como palos. Mucho rifle, pero poca ternura.

Guarapo se quedó inmóvil durante unos segundos, oscilando entre el desconcierto y la curiosidad.

Luz Marina percibió el efecto de sus palabras y decidió ir más allá.

Se desabotonó la camisa, sucia, sudada, llena de tierra y expuso sus hombros delgados, que brillaban con una mezcla de sudor y gotas de humedad.

El sonido del agua corriendo proporcionaba una banda sonora perfecta para aquel juego peligroso.

Guarapo no apartaba la vista y mantenía sus manos aferradas al rifle.

La muchacha terminó de quitarse la blusa y procedió a despojarse de la falda y las medias llenas de orina.

Decidió no desprenderse de la ropa interior, de momento.

—La corriente es fuerte, acércate por si pierdo el equilibrio.

El soldado dio un paso hacia ella y su rifle se tambaleó un tanto.

Luz Marina avanzó hasta el agua y comenzó a salpicar su cuello y sus brazos.

No hacía falta mirar para saber que Guarapo la comía con la mirada como un depredador hambriento.

Para tensar más la situación, se deshizo del sujetador y se lo ofreció al muchacho, que tardó en reaccionar.

—¿Nunca has visto uno de estos o qué?

—Pues claro que sí, pelada, ¿quién se cree que soy?

Guarapo soltó una risa nerviosa, tratando de mantener el control de la situación, aunque estaba claro que el mando no era suyo.

—Tranquilo, machote —Luz se giró y le sonrió.

El joven tragó saliva, incómodo e incapaz de moverse. En ese momento, Luz Marina extendió una extremidad y le pidió la mano.

—¿Qué?

—Que me sujetes, ya te lo he dicho, ¿no ves lo fuerte que está la corriente?

La respiración del soldado se volvió más pesada, y sus dedos temblaron sobre el rifle.

Por fin, se decidió y agarró la mano de Luz Marina, y la sensación que le produjo le gustó demasiado.

Ella se metió en el río y él tuvo que dar unos pasos para no desestabilizarse y mantenerla sujeta.

Sin soltarle la mano, se agachó y con la que le quedaba libre se lavó sus partes, sin quitarse las bragas.

El muchacho se sintió un mirón y cuando ella alzó la vista y le sonrió, él no le aguantó la mirada.

Luz Marina se levantó y dejó su anatomía de adolescente a la vista del guerrillero. Las manos seguían juntas y, además, con los dedos entrelazados, como si de una pareja se tratase.

—Estás temblando y soy yo la que está en el agua.

No respondió y decidió atreverse. Tiró de ella con fuerza, cosa que sorprendió a la muchacha, que acabó apoyada sobre el AK-47, frío como el río en el que acababa de bañarse.

—¿A qué estás jugando, pelada?

Ella sonrió y no respondió.

Y entonces el muchacho la metió mano bajo las bragas.

Y toqueteó toda su intimidad, lo que provocó que ella le pegará un bofetón y se apartase.

Y entonces, Guarapo reaccionó y la volvió a apretar contra sí e intentó besarla en la boca y en el cuello.

Y ella se resistió y comenzó a dar gritos.

Él la dio un par de bofetadas para que se callase y le rompió las bragas.

Había jugado con fuego y acabó quemándose. Por suerte, cuando Guarapo se iba a bajar loas pantalones, un sonido cercano lo hizo dar un paso atrás de golpe, alzando su arma.

De entre la maleza aparecieron Xixa y Tibu.

—¿Qué carajo estás haciendo con el pescado, pendejo? —preguntó el chico.

—¡Comandante! —gritó Xixa al walkie que llevaba en la mano.

Guarapo se alejó de Luz Marina y se puso a temblar como un sismógrafo antes de una erupción volcánica.