Viaje a lo desconocido
La expedición partió una hora antes de la medianoche, como si de un expreso nocturno se tratase. Cinco personas, dos hombres y tres mujeres. Cada uno con sus pensamientos y sus secretos. Cada uno con una misión distinta, pero una única meta común: proteger al ser querido.
Laura había comunicado por email que tenían la plata, y que no habría ningún intercambio de no mandar una foto de la niña como prueba de vida antes de que perdieran la cobertura. Porque era seguro que la perderían.
Dejaron a Álex con una vecina, que no era la primea vez que se encargaba del animal y que estaba encantada de que el perro de las vecinas jugase con el suyo.
Laura lo despidió con nostalgia, no podía llevárselo, por protegerlo a él y a ellos de sus ladridos inoportunos.
Recordó a Magno y su sacrificio años atrás, y el animal emitió un gruñido, como si percibiese que no volvería a verla, o como si echase de menos a la niña.
Dionisio puso su camioneta para el viaje, una Toyota pickup vieja pero rápida y fiable. Adrián se ofreció a conducir pasadas las tres horas, cuando atrás ya dormía todo el mundo, Laura incluida.
—Cuéntame cómo conociste a Laura —No era una pregunta, era un exigencia.
—Es muy tarde, descansa que mañana va a ser duro. En un par de horas te pido el relevo.
—En el pueblo, ¿verdad? —insistió Adrián—. Tu acento te delata.
—Del pueblo de al lado. ¿Ella no te ha contado nada?
—¿Ella? Me dejó una puta nota y se largó con la niña. ¿Tú ibas con ellas?
Dionisio no respondió.
El silencio se apoderó del vehículo y de la carretera durante unos minutos. La radio dejó de emitir por pérdida de frecuencia.
—No me jodas —protestó el cabo girándose hacia el hombre con vehemencia—. Tú la ayudaste. La ayudaste a llevarse a mi hija.
—La ayudé a salvarla, no te confundas.
La posición del guardia era amenazante, incorporado sobre el asiento e inclinado hacia el conductor.
—¿Has estado con ellas todo este tiempo?
Dioni solo asintió, y, por primera vez, apartó la mirada de la carretera para encontrarse con los ojos del cabo.
—Y lo estaré hasta que me muera o ellas me lo permitan.
Adrián retrocedió en el asiento. Percibió la sinceridad del hombre y lo dejó estar.
Quizá, en el fondo, le agradecía el hecho de que las protegiera.
Porque si bien Laura podía hacerlo por sí misma, siempre viene bien una mano extra.
Aunque la mano de aquel viejo no hubiera sido de mucha ayuda en aquel momento.
Le iba a hacer caso, descansaría unas horas para darle luego el relevo.
El vehículo avanzaba a trompicones por las serpenteantes carreteras que conectaban Antioquia con el sur del país.
A medida que dejaban atrás las luces de los pueblos y pequeñas ciudades, la oscuridad de la selva iba ganando terreno.
Los árboles se alzaban como gigantes en la penumbra, con ramas que parecían extenderse para atrapar al grupo.
Cada tanto, algún sonido desconocido del bosque rompía el silencio del interior del coche, como un recordatorio constante de que estaban entrando en un territorio ajeno y hostil.
Pararon a repostar en Puerto Boyacá pasadas las cuatro de la madrugada.
En sus calles polvorientas apenas se veían más que un par de perros callejeros y un vendedor que cargaba en su furgoneta alguna mercancía con la esperanza de deshacerse de ella pronto.
Adrián relevó a Dionisio al volante, quien estiró los brazos antes de ocupar una plaza en la parte trasera, junto a Silvia.
Laura se cambió al asiento del copiloto.
Luzma, en el centro del asiento trasero, apenas se despertó.
—¿Recuerdas esta carretera? —preguntó Adrián
—No, ¿por qué?—respondió Laura
—Hace años viajamos por algo parecido, pero en dirección opuesta —El cabo hizo una pausa y exhaló una risa irónica.
Laura no respondió. Parecía concentrada en calcular cuánto tiempo les faltaba para llegar a San Vicente del Caguán. El GPS del móvil, aunque funcional, había comenzado a fallar en ciertos tramos, y confiaba no tener que sacar el satelital para ahorrar batería.
El amanecer los sorprendió bordeando el Río Guayas.
La carretera, un delgado trazo de asfalto agrietado, serpenteaba junto al caudal, que en ese momento parecía dormido bajo una niebla espesa.
Adrián bajó un poco la ventanilla para sentir el aire fresco, aunque rápidamente se arrepintió.
La humedad era aplastante y traía consigo un olor que mezclaba tierra mojada y vegetación en descomposición.
—Llegaremos a San Vicente poco después del mediodía si no hay problemas —comentó Dionisio desde atrás, revisando un viejo mapa en papel.
—Espero que tengamos cobertura para la prueba de vida —añadió Adrián. Y con estas palabras sumió en silencio y tristeza todo el habitáculo del coche.
A medida que se acercaban al destino, los paisajes se transformaban en un tapiz selvático.
Árboles inmensos, cubiertos de musgo, se alzaban a ambos lados del camino, mientras que el canto de las aves y el zumbido de los insectos reemplazaban cualquier otra banda sonora.
Atravesaron pequeños caseríos donde los habitantes se detenían a observar el paso del coche con una mezcla de curiosidad y recelo.
Al llegar a las inmediaciones de San Vicente del Caguán, el grupo se encontró con una bifurcación en la carretera.
Un puente de madera se extendía sobre un afluente del río Caguán, sus tablas gastadas por los años y las lluvias interminables.
La camioneta avanzó despacio y algunos crujidos inquietantes resonaron con cada metro recorrido.
Cuando cruzaron el puente, divisaron a lo lejos un camión oxidado estacionado bajo la sombra de unos árboles. Adrián aparcó allí mismo.
—¿Es aquí? —preguntó Laura
—Despierta a tu amiga, que parece que tiene la conciencia muy tranquila —dijo y se bajó del coche.
Se fue a la parte trasera de la pickup, donde se reunió con Dionisio que comprobaba las mochilas.
A lo lejos, los faros de otro vehículo parpadeaban a través de la densa vegetación.
—¿Seguro que sabes lo que haces con esta gente? —preguntó el viejo.
—No estoy seguro de nada, Dionisio, pero es lo que hay.