Acento bonito
Luz Marina dejó a la vista sus piernas cuando Guarapo se acercó a llevarle una arepa con tomate y cebollinos. A la muchacha había empezado a gustarle ese plato típico de pan duro y rellenos de todo tipo, algo parecido a una pizza o a un kebab de los que comía por Europa.
El soldado se fijó, cómo no, en la anatomía de la gringa. Unas piernas flacas y blanquitas que le apeteció acariciar. Unas piernas que le gustaría que le hicieran la tenaza. Unas piernas que terminaban en unos pies sin durezas, con las uñas pintadas y bien limadas.
Le entregó la comida y ella le sonrió:
—Gracias —dijo la niña y levantó la pierna derecha ligeramente para apoyar el pie sobre la roca donde estaba sentada, creando una postura que tensaba su figura de forma provocadora—. ¿Le pusiste bastante tomate?
Guarapo asintió sin palabras, su mirada atrapada entre el movimiento lento de las manos de Luz Marina que jugaban con un mechón de su cabello húmedo. Dionisio siempre decía que la mente podía ser un arma más afilada que cualquier cuchillo, y ahora ella lo estaba comprobando.
—Toma, si quieres, prueba tú primero. Que no vaya a estar envenenada —añadió, con un toque de humor para desarmarlo.
El soldado sonrió nervioso, dejando ver una hilera de dientes desparejos. Agarró un pedazo de la arepa y se la llevó a la boca mientras sus ojos seguían pegados a los de Luz Marina, que lo observaba con una mezcla de burla y desafío.
—¿Contenta? —murmuró Guarapo después de tragar, limpiándose la boca con la mano.
Luz Marina se levantó y se inclinó hacia él, como si fuera a susurrarle un secreto. Solo quería que sintiera su cercanía, que notara el leve aroma a feromonas que todavía emanaba de su piel tras el baño improvisado en el río.
—Gracias —dijo—. Otra vez.
Guarapo retrocedió apenas un paso, como si ese acercamiento le incomodara y al mismo tiempo lo atrajera con una fuerza inexplicable.
—Es mejor que no te acerques tanto… —comentó, tratando de romper el momento.
—¿Te pongo nervioso o qué? —respondió la chica con una chispa de humor en los ojos que no pasaba desapercibida.
Guarapo rio.
—Una pelada como usted no me pone nervioso.
—En el parque con tu media pola sí que lo parecías.
—Porque estaba tratando… —Se arrepintió a mitad de camino.
—De engatusarnos, ¿no? —dijo ella sin tono de ofensa— Pues ¿sabes? —Se acercó de nuevo a él—. De no ser un secuestrador quizá lo hubieras hecho. Al menos conmigo.
El guerrillero claudicó por un momento.
—¿Te han dicho que tiene un acento bonito? —se atrevió a preguntar.
—¿A ti te han dicho que no deberías andar con una metralleta todo el día? A lo mejor te verías mejor con una guitarra —disparó ella, sin perder el ritmo.
Guarapo quedó desarmado. Por un segundo, la posibilidad de otra vida —una en la que él no fuera un guerrillero armado, sino un chico común con aspiraciones distintas— brilló en su mente. Pero duró poco; la realidad lo atrapó con un golpe seco.
—Uno hace lo que puede, pelada. Allá de dónde usted venga podrá elegir, si estudiar o no hacer nada. Aquí no se elige —dijo, encogiéndose de hombros.
Luz Marina lo estudió con cuidado, notando cómo la vulnerabilidad asomaba apenas bajo su coraza de soldado joven. Esa era la grieta que necesitaba.
—Quizá no ahora, pero nunca se sabe —susurró y cerró el espacio de aire que los separaba. Sus dedos rozaron ligeramente el brazo del muchacho. Apenas un roce, un gesto que no era nada, pero que, para él, implicaba mucho.
El ruido de ramas rompiéndose a lo lejos los interrumpió. Guarapo reaccionó al instante, volviendo a ajustarse el fusil sobre el hombro y mirando en dirección al sonido.
—Debería comer antes de que alguien se lo quite —dijo, intentando recuperar algo de control.
Luz Marina asintió, obediente, y se sentó de nuevo, aunque con una sonrisa que guardaba más de un secreto. Este era un juego de paciencia, y ella estaba dispuesta a jugarlo hasta el final.