Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Provisiones y silencios
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Provisiones y silencios

Las dos mujeres se habían hecho con un alijo de provisiones: mochilas, puntos de luz para la cabeza, geles y barritas energéticas, machetes para cortar la vegetación (o cabezas si era necesario) y demás equipamiento para sobrevivir a una dura caminata en mitad de una selva desconocida para ambas.

En los primeros minutos el trato fue correcto, distante, pero correcto. Sin menciones al pasado, sobre todo a ese tiroteo en el que a Silvia le faltó poco para irse para Las Chacaritas, como dirían sus compañeros canarios.

Tampoco hablaron del matrimonio que todavía unía a Laura y Adrián, aunque fuera un lazo deshilachado por la distancia y los reproches acumulados.

Ni mucho menos mencionaron la conexión no definida que Silvia mantenía con el cabo.

Para Laura, aquello no tenía espacio en su cabeza ahora; su único objetivo era rescatar a Luz Marina, sacar a su hija de aquel infierno verde.

Silvia, por su parte, se concentraba en proteger a Adrián.

Porque así lo exigía el protocolo militar, se decía.

Porque era su deber, se repetía. Pero la verdad estaba escrita en sus gestos, en su forma de ajustar la chaqueta a Adrián antes de cada guardia.

En su manera de mirarlo cuando él no estaba pendiente.

El apartamento se convirtió en un caos controlado: las mochilas abiertas sobre la mesa del comedor, las botellas de agua apiladas junto a un rincón y los machetes envueltos en sus fundas de cuero.

La tarde había caído, y la ciudad se sumió en un letargo, reflejando la tensión que ambas mujeres compartían.

—¿Te importa si reviso todo? —preguntó Laura, sacando un par de frascos de repelente de mosquitos del interior de su mochila.

—Adelante. No me molestaría que revisaras todo, excepto mi paciencia —respondió Silvia, que esbozó una sonrisa fugaz, y sacó un machete de su funda y probó su peso, balanceándolo ligeramente en su mano—.

Hacía tiempo que no manejaba un machete.

Allí en Logrosán, creo que fue la última vez. ¿Te acuerdas del pueblo?

Y ahí se acabó la cordialidad. Aquella frase era una chispa sobre un charco de gasolina. Laura, que estaba ajustando una linterna a su mochila, se detuvo en seco.

—Eso fue hace años, Silvia.

—No tantos—replicó la subteniente, dejando el machete sobre la mesa con un golpe seco—. ¿Tampoco te acuerdas del tiroteo, no?

Laura se giró hacia ella con los ojos cargados de una mezcla de rabia y culpa.

—¿Crees que no lo pienso cada día?

Silvia suspiró y miró por la ventana, donde el sol tenía de naranja los edificios de El Poblado.

—Es difícil estar aquí, contigo.

—¿Y para qué has venido?

—Para ayudarlo.

Laura se mordió los labios, se retiró de la confrontación y puso los brazos en jarra. Se llevó una mano a la cara como si taparse los ojos la permitiese que nada de eso estuviera ocurriendo; que nada del pasado hubiera ocurrido.

—Él no te ha pedido que vengas.

—Tú mejor que nadie sabes lo autosuficiente que es —contestó la subteniente—. Y lo frágil que es al mismo tiempo por mucho tiarrón que aparente ser.

El silencio se instaló entre ellas como un tercer ocupante del apartamento. Por un momento, solo se escuchó el lejano rugido del tráfico y el canto de un vendedor ambulante ofreciendo “aguapanelas”.

Laura suspiró y se dejó caer en una silla. Sacó su móvil y en ese mismo instante le llegó un mensaje de Adrián.