Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Más plata
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Más plata

Pedían ciento veinte mil dólares.

Habían localizado a la chica solo dos horas después de escaparse.

Les amenazaron con que si volvía a ocurrir la ejecutarían.

Y tenían solo cuarenta y ocho horas para reunir la plata y llegar hasta San Vicente del Caguán, es decir, el lugar donde acababa el mundo.

A más de quince horas en coche por unas carreteras que ninguno conocía.

Un lugar en la selva amazónica del que se sabía cuándo se iba, pero nunca cuando se regresaba. Si es que se regresaba.

Les habían dado de plazo día y medio, así que esa noche la pasaron desperdigados por la casa de Luzma. Silvia y Adrián en el sofá dormitaron a ratos. Luzma y Laura en su cama habitual hicieron lo propio. Y Dioni maldurmió en la cama de Luz Marina.

A la mañana siguiente se repartieron las tareas.

En busca del patrón fueron Dionisio, que conducía, Adrián y Luzma. Laura y Silvia se quedaron en el apartamento comprando y preparando todo lo necesario para el viaje.

En la camioneta del viejo el silencio solo se rompía por la emisora de radio en la que Dioni escuchaba las noticias e, incluso, la música de aquel país que había empezado a amar. Una música que en su vida pensó que llegase a interesarle.

La misión estaba clara: conseguir todo el dinero posible del padre de Luzma. Una misión casi tan difícil como rescatar a la niña con vida. Dos misiones que estaban ligadas la una a la otra como el cordón umbilical une el bebé a la madre.

Dionisio conducía con una atención inusual, concentrado en cada curva de aquellas avenidas atestadas de motocicletas y buses que parecían competir en una carrera caótica.

Adrián, en el asiento del copiloto, observaba por la ventanilla cómo transcurría el día en Medellín con su característico bullicio: vendedores ambulantes ofreciendo tintos por mil pesos, o fruta de todos los tipos y colores; señoras con compras en el mercado,

y adolescentes en chándal cruzando las calles como si no temieran al tráfico.

Desde las laderas, los barrios populares se desparramaban por las montañas, sus casas de ladrillo rojo y tejados de zinc formando un mosaico irregular que subía y bajaba por las pendientes.

En el asiento trasero, Luzma mantenía la mirada perdida, mientras la radio llenaba el silencio incómodo con cumbias y vallenatos. Dionisio tarareaba de vez en cuando, como si el ritmo le hubiera contagiado.

—¿Puedes bajar un poco el volumen? —pidió Adrián.

—¿No te gusta la música? —respondió el hombre, alzando las cejas.

—No es momento de rumba.

Dionisio resopló, pero obedeció, dejando la música en un murmullo apenas perceptible. Adrián aprovechó el silencio para revisar mentalmente lo que iban a decirle a Ramón Restrepo.

Finalmente llegaron a la finca de Don Ramón. Dionisio pidió permiso en la puerta para acceder, y el vigilante le dio acceso al ver a Luzma en el asiento de atrás. Una cámara de seguridad se movió hacia ellos tan pronto como bajaron del coche.

Cruzaron el patio, un espacio impecable con un jardín perfectamente podado, donde helechos y orquídeas competían por ser los protagonistas.

Otro guardia de seguridad, trajeado como Joe Pesci en Uno de los nuestros les indicó que Ramón Restrepo había salido y tardaría en volver.

Luzma se llevó a sus compañeros a sus aposentos y allí esperaron (y sobre todo desesperaron) entre cabezada y cabezada.

Pasadas las tres de la tarde, después de más de cuatro horas de espera, sonó un mensaje en el móvil de la mujer, era su padre que le avisaba de su llegada.

Ramón Restrepo los esperaba sentado en su puesto de trabajo, con un vaso de whisky en la mano a pesar de que apenas eran las cuatro de la tarde. Luzma lo miró extrañado porque su padre no solía beber mientras trabajaba.

—¿Qué pasó, pa?

—Nada mija, ven acá.

El patriarca abrazó a su hija y ella se agachó a darle un beso que le aportó un bofetón de alcohol inesperado.

—¿Estás borracho?

—Nada, solo un trago.

Ella no dijo más, sabía que no debía contrariar a su padre. Y menos en ese momento.

Dionisio tomó la palabra, como era habitual en este tipo de situaciones.

—Don Ramón, ya sabe que estamos aquí porque necesitamos su ayuda. La cosa se ha complicado.

—¿Cuánto? —preguntó Restrepo, directo.

—Ciento veinte mil dólares.

El hombre soltó una carcajada seca y amarga.

—¿Creen que la plata crece en los árboles? Ya les di sesenta mil. ¿Ahora quieren el doble?

Adrián dio un paso al frente, cruzando los brazos.

—No es el doble, solo necesitamos treinta mil más. Dionisio no se ha expresado bien.

—¿Y usted es?

—El padre de su nieta política.

Restrepo lo escrutó de arriba abajo como un sargento estudia a un recluta. Después de unos segundos, habló:

—Esa niña, por mucho aprecio que la tenga, no es mi nieta, señor…

—Adrián Trovado.

—Señor Trovado, ya le habrán dicho que soy un hombre de negocios, y que los negocios no se mantienen en pie si voy repartiendo plata a todo el mundo.

Luzma decidió intervenir.

—Papá, por favor. Es Luzma. Se llama como…

—¡Cállate!

El patriarca no quería escuchar esas palabras, no quería que le recordase que aquella niña llevaba el nombre de su esposa fallecida, el nombre de su hija. Desvió la mirada hacia la ventana, donde un colibrí revoloteaba entre las flores de un guayacán.

—Yo también quiero que la niña vuelva, Luzma, pero se están metiendo en un negocio del que no saben cómo salir. ¿Por qué andan pidiendo más plata ahora?

—Porque se la han llevado a la selva para que no se vuelva a escapar —sentenció Adrián.

—¿A escapar?

Luzma le contó la historia y Ramón soltó un resoplo en el que masculló algo como «y le van a dar tanta plata a unos torpes». Parecía estar librando una batalla interna entre su orgullo y su conciencia. Finalmente, tomó un sorbo largo de whisky y señaló con el vaso a Adrián.

—Si les doy la plata, quiero garantías de que la niña vuelve. Pero sobre todo, de que me la van a devolver.

—Nosotros también las queremos, pero esto no es un trato de negocios. Es la única oportunidad que tenemos —respondió Adrián con firmeza—. Yo podría reponer parte del dinero, pero no de forma inmediata, sino cuando regrese a España con ella.

—¿Con ella?

Adrián no dijo nada, pero al patriarca pareció iluminarse una bombilla en la cabeza. Se levantó y salió de la sala.

Adrián preguntó a Luzma con los ojos y ella se encogió de hombros.

Uno de los agentes de seguridad de Restrepo se quedó allí y llenó la estancia de un silencio de esos que llaman incómodos.

El guardia civil escrutó la sala, llena de cuadros y mobiliario ostentoso y se fijó en un retrato de una mujer que tenía cierto aire a Luzma.

Cuando se iba a acercar al cuadro para verlo más de cerca, Ramón irrumpió en la sala con un sobre en la mano.

—Quiero saber cada maldito detalle de lo que pase en la selva —dijo, ofreciendo el paquete a Dionisio.

—Gracias, don Ramón.

El hombre asintió y sujetó el sobre unos segundos antes de soltarlo, y se acercó hasta la oreja de su empleado.

—Dionisio, mi hija querrá ir a la selva con ustedes —susurró— y si me pongo a impedírselo acá no me va a escuchar. Así que la voy a dejar ir, pero usted se encargará de que no participe en el intercambio. ¿Me entiende?

—Claro que sí, señor…

—No, no me entiende. Si a Luzma le pasa algo, el responsable será usted. Y ya sabe lo que eso implica.

Dioni se retiró y miró a su patrón. Sus ojos dictaron la amenaza sin necesidad de decir más palabras. El español asintió y el colombiano, por fin, soltó el sobre.

Salieron los tres de la estancia, previo beso de Luzma a su padre. Ya en el coche ella preguntó qué le había dicho a Dioni.

—Que me encargue yo del dinero en el intercambio.

El viejo sabía que la mentira, a veces, es necesaria. Adrián dedujo lo que ocurría y no le importó. Solo importaba una cosa: la selva. Y no irían solos hasta allí.