Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Juego
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Juego

Guarapo no dejaba de mirar a la muchacha.

El baño le había sentado muy bien, el pelo le lucía brillante y no es que oliera a perfume, pero sí que se había evaporado ese tufo a sudor y a días sin ducha.

Ese olor que él conocía muy bien porque en la casa en la que se crio no hubo bañera alguna y se tenía que ir a lavar a los baños comunes del pueblo en el que vivía con su familia.

Luz Marina, por su parte, se encontraba algo mejor.

El agua fría, lejos de incomodarla, le había servido para despabilarse y para eliminar esa costra de suciedad que sentía.

Ella que se duchaba hasta dos veces al día cuando tenía gimnasia; ella que no escatimaba en perfumes pagados por la novia de su madre; ella que era una obsesa de la higiene y que rechazó al más guapo de la clase porque olía mucho a sudor después de un partido de fútbol.

El campamento estaba rodeado por una maraña de árboles altos y delgados, cuyas hojas caían en una danza constante como si la selva misma respirara.

Un coro incesante de insectos y pájaros llenaba el aire con una banda sonora que parecía nunca detenerse.

Las ramas de los yarumos y guaduas proyectaban sombras irregulares sobre el suelo, mientras el aroma del humus y las plantas mojadas lo impregnaba todo.

Guarapo había buscado excusas para estar cerca de Luz Marina.

Cada vez que podía, se ofrecía a llevarle algo o se acercaba a ver cómo estaba, siempre con una mirada que duraba un segundo más de lo necesario.

Ella lo notaba, claro que lo notaba. Y empezó a pensar que ese chico podría ser su mejor baza, su única opción.

—¿Está todo bien? —le preguntó Guarapo, entregándole una taza con un líquido marrón que no identificó de inmediato.

—Si eso fuera cerveza estaría mejor —respondió ella, mirándolo directamente a los ojos por primera vez desde el inicio del secuestro.

Guarapo tragó saliva e hizo una mueca que no llegó a sonrisa. Desvió la mirada hacia el suelo, donde las hojas secas formaban una alfombra irregular. Pero no se alejó. Permaneció de pie junto a ella, sosteniendo el asa de su propio tazón como si fuera un salvavidas.

—Yo solo cumplo órdenes —dijo él en voz baja, como si los demás no pudieran escucharlo, aunque estaban demasiado ocupados con sus propias conversaciones.

Luz Marina decidió iniciar el juego. Bajó la vista al tazón, fingiendo un interés que no tenía en el líquido, y respondió:

—Pues a ver si te ordenan que me traigas una pola en lugar de este brebaje. Yo no bebo café.

Guarapo se encogió de hombros. Su rostro intentaba mostrar indiferencia, pero sus ojos lo traicionaban. Ella alzó la mirada lentamente, asegurándose de que darle un buen repaso visual.

—Acá en la selva no hay cerveza, pero te puedo buscar un poco de aguardiente.

La chica sonrió y al chico se le alegraron las entrañas. El silencio que siguió fue más largo de lo que ella esperaba, pero no lo interrumpió. Dejó que Guarapo lidiara con la interacción, que tambaleara en el delgado filo entre sus deberes y algo más humano.

—Está bien.

Luz Marina dejó que una pequeña sonrisa, apenas un amago, asomara en sus labios.

Guarapo nunca se había enamorado. Sí que había tenido varias relaciones sexuales con mayor o menor éxito.

Con aquella chica la cosa era distinta. Era guapa y diferente.

Demasiado blanca para su gusto, como casi todas las gringas, pero tenía unos ojos grandes que miraban mucho.

Sintió que estaba en una burbuja que parecía envolverlos y situarlos lejos de aquel campamento en mitad de la selva.

Pero en ese momento, Xixa se acercó desde la hoguera con su habitual arrogancia.

—¡Oye, Guarapo! ¿Qué tanto hablas con el pescado? ¿Te está contando secretos o qué?

El joven se sobresaltó, pero Luz Marina se encargó de responder antes de que él tuviera tiempo.

—Le decía que el café sabe horrible, pero igual gracias.

Xixa soltó una carcajada áspera y se fue, aunque no sin antes dirigirle una mirada burlona a su compañero.

Guarapo parecía más incómodo que nunca. Luz Marina, en cambio, se sintió un poco más segura de que estaba consiguiendo lo que quería. Lo miró mientras él intentaba recomponerse.

—Gracias por el café —dijo haciendo el símbolo de comillas con los dedos, y volvió a sentarse en el tronco que usaba como silla, dándole la espalda con deliberada lentitud.

Guarapo permaneció allí unos segundos más, hasta que finalmente se fue, con pasos cortos y vacilantes.

Luz Marina respiró hondo. Sabía que el juego era peligroso, pero era un riesgo que estaba dispuesta a tomar. Ahora solo tenía que esperar el siguiente movimiento.