Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Reproches
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Laura estaba sentada en la cama. Adrián paseaba de un lado a otro y se detenía, de hito en hito, a mirar por la ventana.

—¿Puedes, por favor, parar de moverte? Me estás poniendo nerviosa.

—Si me paro, el que se pone más nervioso soy yo.

La mujer resopló y el hombre se plantó, con los brazos en jarra. Él la miraba. Ella no podía levantar los ojos del parqué.

El cuello de la mujer resultaba tan apetecible como siempre para el hombre. Tampoco había pasado tanto tiempo para que él perdiera el deseo. Lo dominaba la ira, eso sí, el odio, el rencor y todas esas cosas que uno siente cuando le abandonan y le roban lo que más quiere.

—¿Por qué? —preguntó al fin.

Ella alzó la vista un momento, suficiente para encontrarse con sus ojos, aunque la bajó enseguida.

—Ahora no es momento. ¿Quieres añadir más mierda a lo que estamos viviendo?

—Es que este momento es culpa tuya, sino hubieras…

—No habría venido aquí si no fuera porque por tu culpa se la llevaron la otra vez.

—¿Por mi culpa? ¿Qué culpa tengo yo de que aquella puta loca perdiera la cabeza?

—Si no te hubieras ido pavoneando por medio pueblo…

—¿Pavoneando? ¿Me culpas porque aquella tipa se obsesionara conmigo? ¡Pero si era tu amiga!

—Que te calles, que te pasaste a la otra acera y se enteró medio pueblo menos yo…

—Y para devolvérmela ahora te has pasado tú a la otra acera y se han llevado a nuestra niña.

Laura lo miro con ojos de esos de dibujos animados que se salen de las órbitas y se llenan de pequeños capilares rojos. Apretó los dedos sobre el fino edredón de plumas de la cama y contó hasta diez. Respiró y se levantó.

—¿Qué quieres? ¿Que admita que no me tuve que ir y pedirte el divorcio y la custodia?

Sí, lo pensé muchas veces durante todo este tiempo, y es una carga que llevaré siempre.

No te creas que me hace gracia que nuestra hija crezca sin su padre.

Pero en su momento sentí que no tenía otra opción, porque esa loca como tú dices representaría una nueva amenaza.

—No, no podía representarla.

—Eso lo supe después y me aterró y me separó todavía más de ti…

La loca que se llevó a su hija estaba bajo tierra, de eso se había encargado el padre. Pasados unos minutos, Adrián se arrancó.

—De todas formas sí que tenías otras opciones, yo no tengo la culpa de tus putos traumas. ¿Sabes que he ido a la cárcel a verlo? ¿Y sabes lo que me dijo?

—No me interesa. Él no es responsable de esto.

Adrián se mordió la lengua e hizo algo similar a la mujer. Tomar aire e intentar calmarse. Un silencio tenso los envolvió. Adrián se fijó de nuevo en la ventana, más por distracción que por interés. Laura, en cambio, regresó a la cama, abatida.

—¿Cómo crees que podemos sacarla de esta? —preguntó él, al cabo de un rato.

Laura alzó la cabeza lentamente.

—Consiguiendo más plata.

—Tu novia parece que la tiene.

—Es todo de su padre.

—Pues habrá que ir a hablar con él.

La mujer sonrió de forma irónica y resopló. Se levantó y se dirigió al ordenador.

—¿Qué te hace tanta gracia?

—Que tú no lo conoces —dijo mientras tecleaba en el portátil—. Ya nos ha costado la vida sacarle sesenta mil dólares para este primer intento de rescate.

—Puedo ser bastante persuasivo.

Laura lo ignoró como ignoró todo lo que le rodeaba al leer el email.

Las nuevas instrucciones suponían un abismo, un vacío tan grande como la distancia entre dos planetas.

No bastaría con toda esa persuasión. No bastaría con ser agresivo, ni con nada que ellos dos tuvieran cerca de sus manos en ese momento.

La vida de su hija se apagaba como si estuviera en una UCI sin médicos.

—Vas a tener que ser más agresivo que persuasivo —dijo Laura con lágrimas brotándole de los párpados inferiores.