Traslado
Otra vez con la cabeza tapada. Otra vez acurrucada en una esquina de una furgoneta maloliente. Otra vez un traqueteo infinito de esos que primero te marean, luego te acostumbras y finalmente te dejan grogui.
Más de doce horas de viaje, o más de un día, no lo supo calcular (tuvo que mear en un cubo) y dormitó en un duermevela que la dejó fuera de combate.
Solo pidió que le quitaran la bolsa de la cabeza cuando sintió ganas de vomitar.
Era casi mejor tener los ojos tapados que enfrentarse a las miradas de aquellos niños soldado.
Porque Tibu, Xixa y Guarapo viajaron con ella en la parte de atrás de la van.
Y esos minutos fijándose en los ojos de Tibu, un auténtico niño asesino; de Xixa, una adolescente psicópata; y de Guarapo, un pringado al que aquello le venía grande, la pusieron peor que la náusea previa.
El trayecto atravesó zonas de densa vegetación, el tipo de selva que parece devorar los caminos de tierra.
A veces podía sentir cómo la humedad se filtraba por las rendijas de la furgoneta, cargada con el aroma a tierra mojada, hojas en descomposición y madera en remojo.
Los baches del camino parecían saltos al vacío, acompañados por un chirrido constante que le recordaba que aquel trasto podría desarmarse en cualquier momento.
—Como no le apure no llegamos ni para mañana —protestó Xixa.
Tibu sonrió, cómplice. Guarapo controlaba que la pelada no se asfixiara.
Luz Marina trató de pensar en cualquier cosa menos en dónde estaba.
Pero el dolor de sus músculos entumecidos y el traqueteo de las ruedas no le dejaron.
Cuando la furgoneta finalmente se detuvo, lo primero que escuchó fue el crujir de la madera bajo los pies de sus captores.
Abrieron la puerta trasera y un golpe de luz y aire caliente invadió el reducido espacio.
—Bájate, pelada. —Fue Xixa quien la jaló del brazo, con una mezcla de brusquedad y desgana.
Apenas despuntaba el amanecer cuando Luz Marina bajó tambaleándose.
Le quitaron la bolsa que le cubría la cabeza y abrió mucho la boca: frente a ella se extendía un escenario tan majestuoso como aterrador, la selva de San Vicente del Caguán.
Altos árboles con copas que parecían tocar el cielo formaban un dosel que apenas dejaba filtrar la luz.
Lianas colgaban como serpientes inmóviles, y en el suelo, un tapiz de hojas y ramas cubría cualquier rastro de camino.
La rociaron con un espray que luego comprendió que era repelente de mosquitos y caminaron bajo la sombra de los árboles por más de una hora hasta llegar a un río ancho y caudaloso.
Allí alcanzaron un puente de madera que lo cruzaba, tambaleante y cubierto de musgo.
El sonido del agua era constante, acompañado por el canto de aves y el murmullo lejano de insectos.
El sol, alto y despiadado, se reflejaba en el agua, creando destellos que cegaban si se miraban directamente.
—¡Avance, pues! —ordenó Tibu, empujándola hacia el puente.
—¿No cree que primero deberíamos darle una lavada? —intervino Guarapo.
Xixa lo miró con burla y luego asintió.
—Este lo que quiere es arrancarle la ropa a la gringa.
Tibu le acompañó en la burla hasta que intervino el comandante.
—Se me dejan de disputas. El soldado tiene razón, pero será usted, Xixa, la que la acompañe a lavarse.
—¿Qué? —Luz Marina dio un paso atrás.
—No haga berrinche, pelada, que a mí no me gustan las mujeres ni mucho menos las gringas. Esto es por su propio bien. Si los zancudos no la matan primero, lo hará el olorcito que carga. ¡Al agua!
Los soldados cruzaron el puente y dejaron a las dos chicas a solas.
La joven miró el río, oscuro y turbio, y sintió que las piernas le temblaban. Pero sabía que no tenía elección. Con las manos temblorosas, empezó a desabotonar su camisa bajo la mirada indiferente de Xixa.
Al otro lado del río, Guarapo se giró con curiosidad adolescente, pero las dos chicas quedaban fuera del alcance de sus ojos de voyeur. El muchacho sentía un deseo extraño por la rehén, que no tardaría en manifestarse.