Reencuentro
Aquello parecía una película de las de Sergio Leone. Solo faltaba la música de Morricone y un salicor rodando en el medio.
Laura esperaba con los brazos cruzados, Dionisio detrás, sujetando a Álex. Luzma a un lado. Del coche se bajaron Silvia primero y Adrián después. Recorrieron los escasos veinte metros de jardín hasta el portal donde los esperaban. Adrián miraba a Laura, pero Laura no miraba a Adrián.
Una vez se detuvieron a escasos centímetros, Dionisio fue el que tomó la voz cantante.
—Bienvenidos a Medellín.
—Déjate de gilipolleces y vamos a un sitio tranquilo a ver qué hacemos —respondió el cabo.
Álex gruñó a Adrián, que se acercó al perro y se lo ganó con un par de carantoñas. A Laura no le hizo gracia esto, aunque quizá entendió que de alguna forma percibía en su marido algo de su hija.
—Un poco de tranquilidad, por favor —intervino Luzma—. Esta es mi casa y os pido que me tengan respeto.
—¿Y tú eres…?
—Es Luzma, Adrián. Te hablé de ella hace años.
—¿Luzma tu amiga que conociste en el viaje por Europa?
—Soy su pareja —zanjó la colombiana, y sembró el silencio y pintó una O en la boca de Adrián.
—¿Podemos subir a tu casa, Luzma? —intervino Silvia, que se dio cuenta de lo inoportuno de la confesión en ese preciso momento.
La mujer aceptó y les invitó a pasar al edificio.
Adrián decidió subir los ocho pisos a pie, aunque se arrepintió por la mitad del camino.
Silvia viajó con los tres residentes en Medellín (y con Álex) y les pidió comprensión para su compañero.
Laura no dejó de escrutarla en todo el trayecto, como el que se fija en un actor de la película que está viendo, pero que le suena de otra.
Una vez arriba, Adrián se sentó en la primera silla que se encontró en el salón. Ignoró los lujos del lugar y decidió ir al grano.
—Explícame de nuevo eso de que se ha perdido que me entere yo bien.
Laura le contó, otra vez, el penoso incidente del intento fallido de rescate.
—Y ahora tengo que esperar a que me escriban.
—¿Y cuándo lo harán?
Por primera vez lo miró a los ojos.
—Dijeron que esta misma noche.
—¿Y mientras tanto qué vamos a hacer?
—No lo sé.
—Si van a pedir más dinero, habrá que ir buscándolo, ¿no?
—¿Cómo? Ya hemos conseguido todo lo que nos ha sido posible.
Adrián echó un vistazo al apartamento. Se levantó y miró por la doble ventana el horizonte de Medellín. Las montañas se abrían paso entre las nubes y dibujaban un paisaje de ensueño.
—Esta casa tiene pinta de costar bastante.
Álex se acercó hasta él y él le correspondió con una nueva carantoña. Definitivamente, lo tenía en el saco.
—¿Y qué quiere? ¿Que la vendamos en un día? —replicó Luzma.
—Podrías ir al banco y pedir una hipoteca.
— Si todavía se está pagando.
—¿Y no te podrían dar pasta con la casa de aval o algo así?
La colombiana se encogió de hombros y Laura se adelantó:
—Ya hemos hecho malabares para conseguir los noventa.
—Pues habrá que hacer más malabares, porque según lo que comentas van a pedir más dinero.
Adrián resopló y volvió a sentarse.
—Aunque también…
—¿El qué piensas? —preguntó Dionisio.
Adrián se llevó la mano a la barbilla.
—¿Tú crees que esa gente se pondría a contar el dinero en mitad del intercambio?
—¿Qué estás proponiendo, que les metamos billetes falsos o algo parecido? —intervino Laura—. Que esa gente tira de Kalashnikov y no se ponen ni colorados, Adrián.
El hecho de escuchar su propio nombre de la boca de su todavía mujer le estremeció. Volvieron a intercambiar miradas y, esta vez, Laura se la aguantó.
—¿Tienes una idea mejor? Silvia, cuéntale lo de Icod.
—Adrián, eso pasa una vez de entre mil. Esos tipos eran unos torpes.
El cabo insistió con los ojos a su compañera para que contase la historia de un secuestro exprés que se solucionó con unos fajos de billetes reales y una gran mayoría de billetes falsos.
—Demasiado arriesgado —sentenció Dioni—. Como te ha dicho Laura, esta gente tira de metralleta y no se despeinan.
—Pues ya me diréis qué hacemos —protestó el cabo.
—Esperar a ver qué dicen. Si tenemos suerte, a lo mejor se ha escapado de verdad.
—¡Y qué coño hacemos que no estamos buscándola? —Adrián se levantó—. ¿Qué cojones hacemos aquí perdiendo el tiempo?
—Tranquilo, Adrián —dijo Laura—. Eso quería hacer yo…
—Pero ese bosque es imposible —ayudó Dioni—. Esta gente la va a encontrar porque se lo conocen. Nosotros no podemos ni intentarlo.
—No podíais los dos solos. Aquí estamos ahora cinco personas. Eso que tienes en el cinturón es un GPS por satélite que yo los conozco. Y podría conseguir la ayuda de dos personas más.
—¿De quién? —preguntó Laura.
—Gente me han recomendado compañeros.
—¿Quiénes? —insistió.
—Gente preparada.
—Mercenarios —sentenció Dioni.
—Llámalo como quieras. Seríamos nueve personas, con medios. Podemos encontrarla.
Dioni y Laura se miraron.
—Sería mejor que esperar aquí —propuso Silvia.
Cuando Dioni estaba por pronunciar algo, Laura lo atajó. Se dirigió hasta el portátil al otro lado del salón. Abrió el correo electrónico y, después de suspirar, dirigió una mirada a su todavía marido.