Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Pillada
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Pillada

Todo había acabado. Más de dos horas corriendo entre matorrales y árboles que no se terminaban nunca.

Y eso que aquello no era Amazonas. Luz Marina se desesperó porque no encontró una senda, un camino o una triste vereda mal dibujada que la llevase a algún sitio.

Se maldijo por no tomar otra dirección, la de las vías del viejo ferrocarril que le hubiesen conducido a otro lugar, a encontrarse con otros seres humanos.

Sin embargo, el que tomó solo la llevaba a cruzarse con plantas, con insectos y con ciertos roedores.

No vio (o no quiso ver) alguna de las culebras a las que dejó atrás.

El sudor le resbalaba por la frente, pegándole mechones de pelo al rostro.

La camisa que llevaba se había transformado en un trapo empapado que le rozaba los hombros y la clavícula.

Tropezó por quinta vez, pero esta vez el golpe la dejó jadeando en el suelo.

Se levantó con las manos llenas de tierra y las rodillas raspadas.

Un pájaro negro cruzó su campo de visión y se perdió entre las ramas.

Luz Marina lo siguió con la mirada, esperando que el ave supiera un camino que ella desconocía.

—Piensa, Luz —se dijo en voz baja—. Piensa.

Dionisio siempre le decía que los ríos llevaban a la gente, que si encontraba uno debía seguirlo hasta dar con un pueblo.

Cerró los ojos para concentrarse, aguzó el oído, pero el único sonido que llegó fue el susurro del viento entre las hojas y el zumbido de un insecto demasiado cerca de su oreja.

Su estómago rugió, recordándole que no había comido nada desde la última ración de pan duro que le tiró el tal Guarapo.

Siguió avanzando, aunque sus piernas comenzaban a flaquear.

Cada paso se sentía como una pequeña victoria y una derrota al mismo tiempo.

La selva parecía empeñada en tragársela; los árboles se cerraban sobre ella como si intentaran ocultarla de cualquier salvación posible.

La frustración se mezcló con el miedo, y de sus ojos brotaron lágrimas que no quiso limpiar.

Cuando la desesperación comenzaba a pesar más que su voluntad, escuchó algo: un murmullo lejano, un sonido diferente al silencio hostil de la selva.

Se detuvo, conteniendo la respiración, y volvió a escuchar.

Sí, era agua, un río. Se puso en marcha de nuevo, esta vez con un propósito renovado, aunque las espinas que se clavaban en sus piernas le recordaban que cualquier movimiento era una apuesta dolorosa.

Después de media hora, llegó a un riachuelo que serpenteaba perezoso entre las rocas.

La vista del agua la llenó de una alegría efímera.

Se inclinó para beber con las manos en cuenco, pero una sombra se movió en el rabillo de su ojo.

Se giró con el corazón en la garganta y vio a un hombre.

Vestía ropa sucia y cargaba un machete en la cintura.

—¿Qué haces aquí, pelada?

Luz Marina retrocedió un paso. No sabía si debía contestar que la habían secuestrado, quizá ese tipo estuviera compinchado con los guerrilleros. Su tono hostil no invitaba a pedir ayuda. Finalmente, señaló hacia el bosque.

—Estoy perdida… vengo de allá.

El hombre la miró de arriba abajo, y su expresión se suavizó un poco.

—¿De allá? —repitió, como si tratara de entender su historia. Miró el machete y luego el río—. No es lugar para andar sola, ¿sabe?

Luz Marina asintió, sin atreverse a mover un músculo más.

—Espere aquí. No se mueva. Voy a ver qué puedo hacer. ¿Tiene hambre?

El tipo le ofreció un plátano que sacó de un zurrón raído y Luz Marina lo aceptó.

Después la dejó sola junto al agua mientras ella devoraba la fruta.

Sus palabras podían ser una amenaza o una promesa; no estaba segura, pero lo que sí sabía era que, por primera vez en horas, alguien había dicho que iba a ayudarla.

Y aunque la incertidumbre la mantenía alerta, decidió esperar.

Lo hizo durante casi media hora y al cabo del rato escuchó un rumor de conversación.

La chica se puso en alerta, y cuando divisó quién era la compañía del hombre, hizo el amago de salir a correr.

Sin embargo, se detuvo porque al otro lado del río una sombra apareció de entre los matorrales y su amenaza era patente.

—Mire, pelada, encontré a su amigo.

El hombre caminaba junto a Guarapo, que se fijó en los ojos de terror de la chiquilla.

—¡Ese no es mi amigo! —gritó ella— ¡Me han secuestrado! ¡Ayúdeme!

El tipo se giró hacia el guerrillero que se encogió de hombros e hizo el gesto del dedo índice en la sien como a quien le falta un tornillo.

—No estoy loca, ayúdeme, por favor.

—¿Qué está pasando acá?

—Nada. Es mi prima, que está un poco mal de la cabeza y la llevamos al centro que hay acá cerca. Se ha escapado del coche.

El hombre no se creyó una palabra y desenfundó su machete.

—Voy a avisar a la policía. Usted retírese, haga el favor.

—Pero ¿qué dice, viejo?

Guarapo se acercó hasta él y el tipo levantó el machete. El cuchillo cayó al suelo después de escucharse una ráfaga característica de un Kalashnikov.

Al otro lado del río, Tibu mantenía la ametralladora, firme, en posición de disparo. Al hombre no le dio tiempo a nada: ni avisar a la policía, ni defenderse, ni, mucho menos, ayudar a Luz Marina. Con el pecho y la espalda llenos de balas es complicado hacerlo.

La chica se cayó al suelo de rodillas y no escuchó los gritos de Guarapo que acusó a Tibu de pendejo gonorrea, que fuera en busca de su AK-47, y tampoco escuchó las palabras firmes y tranquilas de Tibu, que le dijo que se callase si no quería él recibir más plomo.