Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Llamas y brasas
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Llamas y brasas

Dionisio condujo desde Puerto Berrío hasta Medellín.

Laura no se encontraba en condiciones; es más, tuvo una larga disputa con su amigo y con su pareja.

Tan grave que el viejo tuvo que zarandearla, y a punto estuvo de abofetearla porque no entraba en razón.

Quería ir a busca a la niña a toda costa, y Luzma no paró de recordarla el sonido del AK-47, aquel que descubrió en Sarajevo años atrás, poco antes de conocerse.

Cayó desfallecida de tanta lágrima y tanta lucha contra sus amigos y contra sí misma. Luzma la acurrucó en el asiento de atrás junto a Álex, y las más de tres horas de viaje hasta Medellín se les hicieron casi tres días.

Dioni fue el único que mantuvo la calma y rumió lo que debían de hacer ahora.

Cuando estaban llegando, sonó el móvil de Laura.

Ella saltó de su letargo para responder, pensando que eran los secuestradores, sin embargo, se encontró con la voz de alguien que sí esperaba, pero para el que no calculó bien la respuesta.

—¿Cómo que perdida? —respondió Adrián.

—Que se ha escapado.

Laura le contó lo sucedido y Adrián, al otro lado del aparato, estuvo a punto de romperlo por la presión que ejercieron sus falanges sobre él.

—¿Dónde estás?

—Creo que llegando a Medellín.

—Te mando mi ubicación y te reúnes conmigo.

—Mejor te mando yo la de mi casa y vienes allí, tengo que estar pendiente de que me vuelvan a escribir.

Zanjaron el encuentro ante la atenta mirada de Luzma y de Dioni a través del retrovisor.

Los poco más de veinte minutos que transcurrieron desde que colgaron hasta la llegada al apartamento fueron tensos. Luzma dejó de acariciar a Laura y no paraba de darle vueltas a cómo sería aquel reencuentro.

En el otro lado, en Silvia habitaba el mismo desasosiego que en la colombiana.

Conocía a Laura del pueblo en el que vivía con Adrián.

En el que mantenían una supuesta relación idílica de pareja que resultó no ser tan idílica.

Y a pesar de que su compañero odiase (o ella pensaba que así era) a Laura por haberse llevado a su hija sin dejar ni rastro, tenía sus reparos acerca de lo que ocurriría, por aquello de las llamas y las brasas.

Dicho reencuentro se produjo en el parque adyacente a la vivienda de Luzma.

A la cita acudieron tanto Laura, como su pareja, como Dioni.

Cuando Adrián y Silvia se bajaron del Ford alquilado y divisaron a los tres, un trueno resonó en el cielo de Medellín acompañado de un ladrido de Álex.

Como si el propio clima presagiara la tormenta que se avecinaba.