Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Uribe
69%

Uribe

Adrián se pegó toda la mañana llamando a Laura sin respuesta.

Mientras tanto, se encargó de contactar con el número que le había facilitado Benito. También le costó comunicarse, tuvo que buscar una cabina y hacer una llamada desde un teléfono local por si acaso el problema era su número.

Al guardia le resultó curiosa aquella cabina, vieja y sucia, como una reliquia de otro tiempo, oxidada en sus bordes y con cristales que parecían haber sido raspados por años de grafitis y lluvia ácida.

—¿Aló?

—Pregunto por Uribe.

—El presidente ya no vive acá.

—¿Y cómo puedo encontrarlo? —respondió Adrián, confuso.

—¿Quién pregunta?

—Vengo de parte de George Bush.

Al otro lado se escuchó silencio.

—¿Dónde está usted?

—En el barrio de El Poblado.

Le dieron unas indicaciones para llegar a una tasca que resultó estar al otro lado de Medellín, casi a las afueras, dirección norte.

Alquilaron un viejo Ford en un rent a car cercano y se dirigieron al punto de encuentro. Silvia protestó durante todo el trayecto hasta que Adrián le atajó.

—¿Puedes parar ya?

—Es que no sé dónde coño vamos ni qué es eso de George Bush ni nada.

El guardia resopló hasta que tuvo que contarlo.

—Lo que me ha dado Martín en el consulado es el contacto de gente que podría ayudarnos a sacar con vida a mi hija de la selva. Y lo de George Bush es un nombre en clave para que nos reciban.

—¿Mercenarios?

—Supongo.

—Te estás metiendo en un jardín del que no sabes cómo saldrás.

—Me dejarías mucho más tranquilo si te llevo al aeropuerto ahora mismo.

—Vete a la mierda, cabo.

El cabo apartó sus ojos de la carretera y los clavó en la sien de la mujer.

—Te vas a la mierda tú, mi subteniente. A ver si te queda clara una cosita: aquí no eres mi superior. ¿Estamos?

Donaire, al escuchar eso, giró su cuello para encontrarse con los ojos de Adrián.

—Mira a la puta carretera, Trovado.

El cabo obedeció y pegó un frenazo para no comerse el coche que tenían delante que se había detenido a causa de una retención.

Medellín resultó ser una ciudad moderna, con un correcto asfaltado de las calles principales y una vegetación prominente, donde palmas y ceibas salpicaban el paisaje urbano.

Discurrían por la Avenida Regional, una especie de autopista que cruzaba la ciudad de norte a sur, flanqueada por montañas que se alzaban como guardianes naturales.

El cielo, tamizado por una bóveda grisácea de nubes, no prometía lluvia temprana, pero sí una humedad de las que te pone la camisa empapada de sudor.

Para romper el silencio tenso, Adrián manipuló el dial de la desvencijada radio del Ford Fiesta y dejó lo primero que encontró: una emisora de música local en la que sonaba una cumbia.

«Nada de mentiras, nada de engaños

Solo se trata de entender la situación

Perdóname, en el amor todo puede cambiar

Perdóname, en el amor todo puede pasar

Pues así como llega y entra se va…»

—Perdóname —dijo Adrián, y sonrió.

Silvia soltó una carcajada y le dio un puñetazo en el hombro.

—Perdóname —respondió.

No hizo falta decir más; no expusieron sus excusas para estar tan tirantes; el secuestro, el viaje, el peligro al que se iban a enfrentar. No hacía falta verbalizarlo. Ellos ya sabían que lo único que hacía falta para dejar pasar esos momentos de tensión era una simple sonrisa y un pestañeo.

Salieron del atasco y pocos minutos después llegaron al lugar indicado gracias al GPS del teléfono.

Se trataba de una barriada de las afueras y los dos echaron la mano al cinturón nada más detener el vehículo.

Y echaron más en falta que nunca sus Berettas, cosa que hizo que se miraran y suspiraran juntos.

Las casas de aquel barrio, cerca de la ladera de una de las verdes montañas que rodean Medellín, parecían sostenidas más por la voluntad que por el cemento.

Ninguna superaba las dos plantas, y todas exhibían un catálogo de miserias arquitectónicas que serían el sueño erótico de un inspector de vivienda: desconchones que dejaban ver el ladrillo desnudo, grietas que serpenteaban como cicatrices mal curadas y colores desvaídos que, a fuerza de mezclarse,

convertían cada fachada en un lienzo accidentado.

Entre esa maraña de precariedad se alzaba una tasca aún más destartalada, un lugar sin cartel ni pretensiones, donde la única señal de vida eran una mesa coja en la entrada y dos viejos sorbiendo un tinto con un chorrito de aguardiente.

Aquel brebaje, que en España sería un humilde carajillo, aquí parecía la contraseña silenciosa para entrar en un rincón donde el tiempo y la ley, o las dos cosas, se habían detenido.

—Pregunto por Uribe —dijo Adrián en cuanto llegaron a la puerta.

Los dos viejos, uno mulato y vestido de blanco, y el otro blanco y vestido de gris, no le hicieron mucho caso y sus ojos se perdieron en las caderas de Silvia.

—¡Uribe! —dijo ella en voz alta al notar las miradas.

El mulato señaló al interior del bar y le pegó un trago a su vaso.

Silvia le dio las gracias y los dos accedieron a un local que olía a tabaco y a café, y que estaba más limpio de lo que su exterior auguraba. Una mujer rubia de anchas caderas zapeaba en la televisión, y se asustó cuando le dieron los buenos días y preguntaron por Uribe.

—¿Quién pregunta?

—George Bush —respondió, esta vez, Silvia.

La mujer se esfumó por entre unas cortinas de cuentas marrones que debía de conducir a la cocina o a una sala en la que se reuniría algo parecido a un cártel de narcos.

Silvia y Adrián tragaron saliva cuando los dos viejos que estaban en la puerta se levantaron, los miraron y se largaron de allí, como si aquello fuera una película del oeste en la que el forajido llega al pueblo.

Al poco, apareció de nuevo la mujer de las anchas caderas y el pelo rizado y les hizo una señal para que la siguieran.

Cuando el guardia traspasó las cortinas de cuentas no se encontró con un lugar lúgubre cargado de humo e iluminado por un solo foco cenital.

Si no que ante sus ojos se presentó una luminosa sala que olía mucho más a café que el propio bar, ya que había varias personas moliendo grano.

La mujer les guio por un pasillo hasta otra sala más pequeña, en la que, esta vez sí, la iluminación era más tenue y en la que un tipo de mediana edad, barba escasa en la cara y poco pelo en la cabeza movía un bolígrafo sobre una mesa haciéndolo girar como si jugase al juego de la botella.

—Buenas tardes —dijo Adrián—. ¿Uribe?

—¿George Bush?

El guardia asintió y el tal Uribe le invitó a sentarse.

—¿Qué se le ofrece?

—Digamos que necesitamos de su colaboración para un asunto en la selva.

—¿En la selva? Nosotros no somos guías turísticos, pelado —dijo mostrando una blanca sonrisa en la que uno de los dientes tenía un piercing dental con forma de estrella.

—Sus palabras me indican que puedo ir al grano, ¿verdad?

—Claro, man, no creo que usted ande sobrado de tiempo, y yo ni le cuento.

Entonces Adrián le contó todo lo que tenía que contar y, cuando terminó, Uribe solo dijo tres palabras.

—Diez mil dólares.

—Está bien.

—Diez mil dólares ahora y otros diez mil cuando saquemos al pescado con vida. Si no lo sacamos vivo, los primeros diez mil no se los devuelvo.

Adrián apretó los puños con ganas de arrancarle la estrella a puñetazos a aquel desgraciado sin tacto alguno.

—Cinco mil ahora y veinte mil cuando la saquemos con vida —intervino Silvia.

—¿Y usted quién es?

—La que pone la plata. Así lo llaman aquí, ¿verdad?

Uribe sacó un cigarro liado de un cajón y lo encendió.

—Claro que sí, claro que sí. Pero me está ofreciendo más plata de la que le pido, reina.

—Soy republicana, Uribe, así que nada de monarquía —El tipo levantó las manos a modo de perdón—. Digamos que es un incentivo para que saquemos al… ¿cómo lo ha llamado?

—Pescado.

—A Luz Marina de quien la retiene.

El tipo le pegó dos largas caladas al cigarro que lo dejó al borde de la colilla.

—Es un placer hacer negocios con ustedes —le ofreció la mano a Silvia, que se la estrechó con fuerza y después a Adrián.

Les explicó que los acompañarían él y su socio en la búsqueda de Luz Marina, y cuando les pidió más datos sobre el secuestro, Adrián cayó en la cuenta de que tenía que ponerse en contacto con Laura.

Le pidió tiempo a Uribe y salió del local.

Llamó un par de veces, sin respuesta, aunque volvió a intentarlo dos veces más.

Cuando estaba a punto de entrar de nuevo, recibió la llamada que tanto anhelaba.

—¿Dónde estás, Adrián?

—En Medellín, ¿dónde estás tú?

—En el puto infierno.

—¿Qué dices? ¿Dónde estás? ¿Dónde está nuestra hija?

Laura rompió a llorar antes de decirle la verdad.

—Perdida.