Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Intercambio
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Intercambio

Laura iba delante, Dionisio un metro detrás, y medio metro a la izquierda.

La vegetación que los rodeaba era densa, con helechos gigantes, ceibas de troncos imponentes y lianas que colgaban como serpientes dormidas.

El aire estaba cargado de humedad, y el canto intermitente de los pájaros creaba un telón sonoro que parecía tanto una advertencia como una bienvenida.

El pequeño sendero que seguían, apenas marcado entre el follaje, les permitía avanzar sin demasiados problemas.

Según el GPS satelital, que Dioni había comprado exprofeso para la misión, llegarían al lugar en menos de una hora.

Habían dejado el coche —y a Luzma con Álex— en Puerto Berrío.

Ella sería la encargada de avisar a la policía si la cosa se desarmaba por completo.

Y solo debía hacerlo en cuanto cayera la noche.

Ahora rozaban las diez de la mañana y tenían tiempo de sobra hasta la hora fijada para el intercambio: las doce del mediodía.

—Ni se te ocurra ponerte farruca que te conozco.

—Parece que no, Dioni, parece que no.

Laura quiso soltar una retahíla acerca de la importancia de mantener la calma, pero Dionisio la atajó antes de que lo intentase.

—Al menos esta vez no me has esposado al volante del coche.

La mujer se detuvo, apretó los labios y echó un vistazo a su amigo de arriba abajo.

—¿Te duele la próstata hoy o qué?

—¿Estoy diciendo algo que sea mentira?

—Lo que has dicho pasó hace años y salió bastante bien, a lo mejor si no te hubiera atado al volante, ahora mismo no estarías aquí.

—O a lo mejor… —Dionisio se calló. Pensó que si verbalizaba sus pensamientos, que si decía que a lo mejor si él hubiera intervenido en aquel desastroso episodio, Laura y su marido todavía estarían juntos en España y no allí, en medio de un bosque perdido de Sudamérica.

—Sí, mejor no digas nada no vaya a ser que la liemos y ahora mismo tenemos que estar muy centrados. Eh, Dioni.

El hombre afirmó sin mirarle a los ojos y, con un gesto de la mano, la invitó a seguir la caminata.

En ese momento se acarició la pierna derecha, donde llevaba, en el bolsillo del pantalón de caza, la Glock.

La cacharra estaba cargada, aunque, todavía, con el seguro puesto.

Sintió la tentación de sacarla y llevarla en la mano, de forma disimulada, pero recordó el mensaje de los captores: sin armas.

Después de casi una hora de caminata llegaron a un claro.

A lo lejos, se divisaba un meandro del río Magdalena, en el que había un puente pequeño de madera cubierto de musgo y rodeado por álamos y guaduales que susurraban con el viento.

Se miraron el uno al otro, suspiraron y se dijeron con los ojos que era el momento de la verdad.

La Glock quemaba en el pantalón de Dioni.

Laura llevaba una táser en el bolsillo de su chaqueta y la acarició antes de proseguir.

Llegaron al puente de madera que parecía que se iba a caer a cachos. No había nadie cerca, solo el canto de algún pájaro y el discurrir del río rompían el silencio de una mañana que empezaba a calentar.

No tuvieron que esperar mucho. Al otro lado del puente apareció un joven enclenque, moreno y con una barba desarreglada que traía una ametralladora colgada del hombro. Levantó la mano a modo de saludo.

—Dejen la mochila en mitad del puente y retírense.

Laura miró a Dionisio antes de decir:

—¿Dónde está mi hija?

—Ahorita se la traigo, usted deje la plata y vuelva a su sitio.

—Si no veo a la niña, no hay dinero.

—No me vengan con exigencias, la niña está bien y la tendrán en cuanto cumplan su parte.

Las pulsaciones del corazón de Laura se descontrolaron. Había algo en aquella situación que le decía que todo saldría mal. Luz Marina debería estar allí y no lo estaba.

Tomó la decisión que tenía que tomar.

—Voy a avanzar hasta el puente con la mochila, antes de dejarla quiero ver a mi hija.

Jona se cagó mentalmente en la madre de aquella extranjera hijueputa.

Se estaba marcando un farol y no sabía cómo iba a acabar aquello.

Se le pasó por la cabeza tirar de gatillo, cargarse a esos dos pendejos y recoger el dinero lleno de sangre si era necesario.

No obstante, él no era un sanguinario; era un soldado, un oficial, un comandante que perdería su credibilidad ante la organización si lo solucionaba todo a golpe de bala.

No eran los tiempos duros de la guerrilla, la cosa había cambiado y él era un hombre (al menos eso se creía) moderno.

Por todo ello silbó. Silbó un par de veces y entre unos arbustos aparecieron unas piernas que parecían las de una niña.

Laura la miró y, cegada por el ansia y el amor, lloró al ver a la que creía su hija

Por suerte, su amigo sí pudo discriminar mejor.

—Levanta las manos, hijo de la gran puta y ni se te ocurra tocar el rifle —gritó Dionisio.

Laura, al borde ya del puente, se giró en su dirección y con una mueca desencajada le preguntó qué coño estaba haciendo. Su amigo, con una pierna adelantada y la Glock —ya sin el seguro puesto— apuntando hacia los secuestradores, le pidió que confiara en él.

—¡Qué estás haciendo, viejo hijueputa!

—¿Te piensas que somos gilipollas? ¿Dónde está Luz Marina?

—¿Qué dices, Dioni?

—Laura, esa niña no es Luz, ¿no lo ves?

Laura entrecerró sus ojos que cada día veían peor de lejos y de cerca y se fijó en que la niña no avanzaba y que apenas se le veían las piernas, unas piernas que, ahora sí, no creía las de Luz Marina.

Jona maldijo la vista de aquel puto viejo y trató de coger el rifle.

—Ni se te ocurra, joder —dijo Dioni dando dos pasos hacia adelante.

Xixa, rebelde por naturaleza, hizo que desaparecieran las piernas de allí. Jona la maldijo por abandonarlo, sin embargo, el objetivo de la soldado no era ese, sino coger su AK-47 que había escondido unos metros más arriba.

—¿Dónde está mi hija? —gritó Laura con lágrimas en los ojos.

—La loca de su hija se ha escapado. Dos de mis hombres la están siguiendo y la van a atrapar antes de que anochezca, eso se lo juro por mi mamá. Y cuando la atrapemos, no sé si el rescate que pidamos será el mismo o el doble. Así que vuelvan a Medellín a por más plata si quieren verla con vida.

Dioni cogió del brazo a Laura y retrocedieron lentamente. Ella se resistió, pero el hombre le dio un golpe fuerte en la espalda.

—Laura, sé inteligente. Vámonos y reorganicemos esto.

—Mira el correo esta noche, tendrás noticias nuestras.

—¿Cómo quieres que confíe en ti si me querías estafar ahora mismo?

Jona se calló porque la pendeja tenía toda la razón. La cosa pintaba fea.

—No le queda otra que confiar en mí. La pelada que ha salido huyendo querrá liquidar a su hija cuando la atrapemos, y solo yo puedo evitar que lo haga. Mire el email y tendrá nuevas instrucciones.

En ese momento apareció Xixa al otro lado del río y lanzó una ráfaga con el AK-47. Laura conocía el sonido del arma y salió corriendo de allí entre disparos de Dioni y de Xixa.

Volvió a sentir la muerte cerca. Aunque le importó poco, lo único que importaba en aquel momento era Luz Marina.