Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Fuga
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Fuga

Luz Marina se agachó a mear mientras Guarapo se dio la vuelta. Esta vez no se giró a espiarla, y ella aprovechó el momento para, después de orinar, salir corriendo como jamás habría de hacerlo en su vida.

Lo había planeado todo la noche anterior, recordó las enseñanzas de Dionisio en las excursiones: por dónde salía el sol y por dónde se escondía, el discurrir de los ríos en aquella zona de Colombia, las plantas que podía comer en caso de necesidad extrema.

Echó en falta un buen cuchillo y, obvio, la aplicación de rutas y de brújula de su teléfono móvil, pero no por ello iba a dejar de intentarlo.

Al fin y al cabo, ¿qué podrían hacerla? ¿Darla una paliza por intentar escapar?

Podría soportarlo, pero también sabía que no la matarían porque, entonces, aquella panda de desarrapados no cobraría el dinero del rescate.

Así que cuando Guarapo por fin se giró para preguntar si había terminado, Luz Marina ya andaba unos doscientos metros por delante, y se encontró con un arbusto vacío y, lo peor, no pudo distinguir en qué dirección había huido.

Llevó sus dedos al gatillo del AK-47 y lanzó unas cuantas ráfagas al aire.

—¡El pescado se escapó! —gritó hasta por triplicado.

Al momento llegó Tibu, que le preguntó con la mirada y él se encogió de hombros, incapaz de lidiar con una culpa que podría costarle la vida.

—Maldito pendejo gonorrea hijueputa. ¿Por dónde escapó?

—Por allá —titubeó Guarapo—, creo.

—¿Crees? Malparido, nos va a buscar la ruina. Ve con el comandante y que te diga qué hacer. Yo voy a perseguir a la pendeja esta.

Guarapo obedeció como un niño pequeño en la escuela y fue en busca de Jona.

Tibu, desconfiado al máximo, se acercó hacia el lugar en el que había orinado Luz Marina.

No se le daba mal seguir el rastro, era el que mejores resultados obtuvo durante la instrucción, en la que llegó a tener éxito en cinco de las diez misiones de seguimiento y rastreo que se le asignaron.

El resto de los compañeros no superaron las dos.

Por ello, se fijó en las huellas y, sobre todo, usó la lógica. Una persona secuestrada, antes de intentar la huida, analiza y valora sus opciones. Y la pelada que habían raptado era lista. Tibu usó el menos común de los sentidos e inició la persecución él solito sin esperar a nadie.

Mientras tanto, en el viejo caserón, Jona se cagaba en todos los muertos de la familia de Guarapo.

—Ve a ayudar a Tibu con la persecución, y traigan a la pelada antes de que acabe el día o habrá represalias.

El comandante le entregó un mapa a Guarapo y un radioteléfono.

—Como se le ocurra perderlo, te mato con mis propias manos. Encuentre a la pelada lo antes posible.

El chico se cuadró y sin decir nada se largó en busca del objetivo. Se le hizo un nudo en el estómago y no solo por la pérdida de la rehén, sino por la obligación de lidiar con Tibu en su búsqueda. Sabía que tarde o temprano se encontrarían, y que habría conflicto.

Cuando se hubo marchado, Xixa preguntó a Jona.

—¿Y yo qué hago, mi comandante?

—Usted se viene conmigo —respondió Jona, mientras miraba por la ventana, donde los árboles de guayacán florecían con tonos amarillos, brillantes bajo el sol matutino, marcando el contraste con la tensión oscura que se respiraba en el caserón—. Vamos a cobrar un rescate.