Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Consulado
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Consulado

El avión aterrizó en Medellín entre lamentos y vítores dispersos.

Las turbulencias habían sido un martirio para algunos pasajeros, que ahora respiraban aliviados como si acabaran de sobrevivir a una tormenta en alta mar.

Un par de ellos vomitaron en las bolsas de papel, y Adrián y Silvia se aferraron las manos con fuerza, un gesto instintivo que selló un pacto silencioso entre ambos

—Hemos quedado dentro de seis horas con el sargento —afirmó Adrián.

—Si pillamos un taxi pronto nos da tiempo a descansar y nos ahorramos el jet lag de las narices —terminó su compañera.

Sin embargo, los taxis en Medellín a las tres de la madrugada eran tan escasos como estrellas en un cielo nublado.

La fila era interminable, y pasaron más de cincuenta minutos esperando antes de subir a uno que finalmente los llevó a un pequeño hotel cercano al consulado de España.

La ironía del destino los colocó a tan solo tres kilómetros del barrio de El Poblado, donde residía Laura con Luzma.

El cabo sintió la tentación de llamarla por teléfono, pero decidió esperar a la reunión del día siguiente.

Así que esa noche la pasaron a poco más de tres kilómetros. Algo impensable después de más de seis años distanciados por cientos o miles.

Llegaron al hotel e hicieron un check in un tanto extraño (se trataba de un hostel económico y lo tuvieron que hacer ellos mismos en una máquina), se tiraron en las miserables camas de una estrecha y austera habitación que no invitaba al descanso.

No hubo ni duchas ni pijama, tan solo se dejaron caer, cada uno sobre sus catres y durmieron cerca de cuatro horas.

El despertar fue menos agradable si cabe: con ruidos de pisadas o carreras en la planta de arriba y bastante alboroto y voces en los pasillos.

—Buenos días, cabo —dijo Donaire, con una toalla enrollada en su cuerpo y el pelo mojado.

Lo primero que vio el cabo Trovado ese día fue a su superior recién duchada y con un aspecto más erótico de lo que requería la situación. Además, tenía algo de resaca por la ingesta de alcohol en el avión y por los momentos de tensión en el vuelo.

—Buenos días, mi subteniente.

Adrián se levantó con pereza y se dirigió al baño donde un par de arcadas le indicaron que aquel día no traería nada bueno.

La ducha era más estrecha que la cabina del retrete del avión y se pegó un agüilla que lo despabiló un poco.

Tenía una cita importante en menos de una hora y necesitaba lucidez.

Además, el fantasma del secuestro de su hija planeaba por su mente.

La reunión con Benito Martín, el sargento de la Guardia Civil destacado en el consulado, se llevó a cabo en una sala tan espartana como su situación.

Adrián meneaba el café frío en su vaso mientras Silvia exponía los detalles del caso.

El sargento, un hombre curtido en la burocracia y el protocolo, los escuchaba con una ceja arqueada.

—Así que esto es lo que hay, mi Sargento, un secuestro bastante complicado.

—¿Y dice usted que a su mujer hace años que no la ve?

Adrián afirmó con la cabeza sin dejar de menear la cuchara de la taza de café.

—Necesitamos que nos aconseje, mi sargento —insistió Silvia.

—Yo lo que les debo aconsejar es que den parte a las autoridades colombianas y se siga el procedimiento habitual. Si hace ya dos días que se llevaron a la niña, vamos tarde, pero siempre será mejor…

—¡No! —Gritó Adrián—. Ya le hemos dicho que eso no es viable, y que venimos a que usted nos ayude. A saber si los que se han llevado a mi hija están compinchados con la policía o con el ejército.

—Se me tiene usted que calmar, cabo —atajó Martín—. No todo es como en las películas. La policía de Medellín es experta en secuestros, llevan mucho tiempo lidiando con ello. No solo de la guerrilla, sino de los cárteles y demás mafias que hay por aquí.

—Lo entendemos, mi sargento, pero debe usted entender a mi compañero. Es su hija.

—Precisamente por eso tienen que denunciar y dejar trabajar a la gente local. Ellos conocen el terreno. ¿Se dan cuenta de que podría estar en cualquier lugar de la montaña o de la selva? ¿Cómo pretenden que les ayude con esto?

—Mi sargento —intervino Adrián—, le pido disculpas por mi tono.

Sé que nos está aconsejando como manda el protocolo, pero le suplico, por favor, porque sé que usted también tiene hijos, que nos ayude por fuera del protocolo.

Me he informado mucho sobre cómo es todo aquí, sé que la selva es inabarcable, y por eso recurro a usted.

No para que me ayude directamente, sino para que me ponga en contacto con quien pueda hacerlo.

El cabo clavó los ojos en los del sargento, que, después de unos segundos aguantando la mirada, claudicó.

Tomó su móvil e hizo una búsqueda. Arrancó un papel de un cuaderno pequeño y escribió algo.

Deslizó la hoja por encima de la mesa y miró a Adrián para que la tomase.

La iba a coger cuando el sargento lo retuvo.

—Yo no he escrito nunca este papel. Su visita aquí es por cortesía profesional, y usted jamás mencionará mi nombre. Si lo hace, haré lo imposible para joderle la vida y el secuestro de su hija le parecerá un juego de niños. ¿Me entiende?

—Alto y claro, mi sargento.

Se aguantaron unos segundos más las miradas y Benito liberó el papel. En él había escrito un nombre, un número de teléfono y unas indicaciones.

Los dos guardias se levantaron y estrecharon las manos del sargento Martín a modo de despedida. Se marcharon del Consulado y Adrián marcó un número en su teléfono, no el del papel, sino otro. Un número que ya no tenía cobertura porque estaba dentro un espeso bosque antioqueño.