El dinero se consigue
Ramón Restrepo siempre cumple.
Ese dicho, que resonaba como una sentencia propia de un capo de cártel, fue lo primero que salió de los labios del padre de Luzma cuando llamó a Dionisio para confirmarle que ya tenía la plata necesaria para liberar a la niña.
Sesenta mil dólares en billetes de cincuenta.
Algunos de cien. Y los menos, de veinte.
Esto, sumando a la venta del coche de Luzma, y a los ahorros de Dionisio, alcanzó la decente cifra de algo más de ochenta y nueve mil dólares.
Laura puso el resto para completar los noventa mil.
Tanto Dioni como, sobre todo, Luzma, ejercieron toda la influencia posible sobre Don Ramón.
Tuvo que claudicar, vender uno de sus carros y pedir al banco una retirada urgente de cuarenta mil dólares.
Posteriormente, Laura mandó la oferta en el email habilitado para ello, y solo quedaba que los secuestradores dieran el visto bueno.
—Han aceptado —dijo Laura cuando terminó de comprobar el correo.
Dionisio dio un puñetazo sobre la mesa. Luzma abrazó a su compañera mientras clavaba los ojos en el hombre. Ambos asintieron con los párpados. Aquello era solo el principio. Ahora tocaba estudiar la zona donde sería el intercambio para que todo saliese a la perfección.
El dinero, en ese momento, era lo de menos.
Ya encontrarían la manera de devolvérselo a Ramón.
Ya se compraría otro carro, ya se reconstruiría lo perdido.
En defensa personal, Laura siempre recordaba un lema que su marido le había inculcado como si fuera un mandamiento: cuando te atraquen pidiendo dinero, dales todo lo que tienes.
El dinero se consigue, trabajando, ganando la lotería, recibiendo una herencia...
Pero la vida, una vez que se pierde, no te permite ganar dinero. Puro pragmatismo.
Esta máxima Laura la llevaba grabada a fuego en su cerebro reptiliano. «Que se queden toda la pasta mientras me devuelvan a mi niña». Ya conseguiría más dinero para pagar las terapias que, probablemente, necesitase tras su segundo secuestro.
Pocos minutos después volvieron a comunicar por el email el lugar donde sería el intercambio: una zona boscosa del Río Magdalena. Nada de policía, nada de armas.
Lo leyeron los tres al mismo tiempo. Dionisio y Laura se miraron; ella asintió, él negó con la cabeza.
No llevarían a policías, sin embargo, el segundo requerimiento no estaba tan claro.