Burlas
Luz Marina se escondió detrás de un arbusto para hacer sus necesidades. Llevaba más de treinta y seis horas sin ello. Al principio casi se lo hace encima, después se le encogió el intestino. Ambas situaciones provocadas por el miedo.
Cuando terminó y se limpió con un único miserable trozo de papel facilitado por sus captores, se subió las bragas y fue cuando cayó en la cuenta de que la estaban observando.
Pegó un grito que resonó en el bosque, espantando a algunos pájaros y haciendo que el mirón retrocediera dos pasos como haciéndose el loco.
Luz miró a su espalda. Solo había árboles y arbustos y vegetación de todos los colores.
Huir no era una opción porque, además, esos parses iban armados.
Se subió la falda y las medias y se encaminó hacia la estación. Guarapo la acompañaba, el mirón, el gonorrea que la persiguió y la invitó a media pola el día que se escapó del colegio con su amiga.
El guerrillero la cedió el paso y ella le dedicó una mirada de desprecio.
—La próxima vez que me acompañe la chica —exigió como si tuviera derecho a hacerlo.
El joven se sorprendió del desparpajo de la muchacha y en lugar de pegarle un culatazo con el rifle, como hubiera hecho Tibu o la propia Xixa, asintió, manso a las demandas de la rehén. Quizá se dio cuenta de su torpeza al espiarla en momentos tan íntimos y no fue capaz de articular palabra.
Al llegar a la estación, Xixa y Tibu los miraron y mascullaron algo entre dientes, seguido de unas risitas cómplices de esas que se muestran más por hacer daño que por lo divertido de la situación.
Faltaba el líder, Jona, ausente por una reunión operativa.
Había pasado un día desde que se llevaron a la niña y la cosa empezaba a tensarse.
El plazo máximo era de tres días para reunir la plata, y el equipo debía estar preparado para una situación que no había vivido nunca: un intercambio de una vida humana por dinero.
En caso de no producirse aquel intercambio, la cosa se tornaría fea.
Jona no había contestado a la pregunta que le hizo Tibu poco antes de la pesca: que si la cosa se torcía qué harían con el pescado.
Jona se limitó a decir que debían esperar órdenes.
No sería la primera vez que Tibu apretara un gatillo apuntando a una persona.
Él no tendría problemas en usar el AK-47.
Es más, le apetecía porque la única vez que usó un arma con la intención de matar, fue una miserable pistola de origen soviético que poco más y no le estalla en la cara.
—¿Qué andaban haciendo los dos solitos allá en el bosque? —se burló Xixa.
—Justo le he dicho a tu amigo que la próxima vez te vienes tú —replicó Luz Marina.
—No sea pendeja, si el Guarapo es muy bueno, seguro que te quiere dar mucho amor…
La chica le dio un codazo a Tibu para que se riera con ella, y el muchacho, con el ánimo de complacerla lo hizo. Aunque no le hiciera mucha gracia que estuvieran bromeando sobre temas amoroso-sexuales con el pescado. Él era un buen soldado y tenía claro que no había que mezclar negocios y placer.
—Esté tranquila, que aquí nadie le va a poner una mano encima, pelada —aclaró Tibu.
Luz Marina hizo caso omiso a las burlas y se acomodó en su piojoso rincón. Se tapó con la manta y se acurrucó con la vana esperanza de que su madre estuviera reuniendo el dinero necesario para sacarla de aquel agujero.
Al poco, se acercó de nuevo Guarapo con un tazón de leche fría y un par de coscurros de pan duro.
—¿Eso qué es?
—Tu desayuno.
—¿En serio?
El chico se encogió de hombros y a su espalda volvieron a escucharse risas.
—Pelada, no se queje que el man le está llevando el desayuno a la cama —se burló, una vez más, Xixa.
—¿Se va a callar ya, pendeja? —estalló Guarapo— ¿O tengo que avisar al comandante?
—El comandante no está…
—Pues por eso, mientras no está, yo soy el soldado con más rango.
—¿Y eso quién lo dice? —intervino Tibu.
—Lo digo yo, que llevo más tiempo en el comando que ustedes.
Los dos se carcajearon del muchacho.
—Una semana más no es llevar más tiempo ni tener más rango, pinche gonorrea.
—Gonorrea lo será su mamá, soldado.
Tibu se tensó. El poco más de metro sesenta del adolescente se hizo grande cuando alcanzó su ametralladora y la cargó al hombro. Guarapo no se amedrentó y se hizo con la suya que reposaba sobre una mesa cercana.
—¿Se van a pelear por una pendeja que no vale tres pesos?
Luz Marina sintió rabia. ¿Si no valía tres pesos por qué carajo exigían un rescate por ella?
—Acá no se va a pelear nadie. A la pesca se le alimenta y se le respeta —exigió Guarapo—. Y no se hacen burlas de nada.
—¿Se la respeta? Si hace un rato le andabas fisgando, que le hemos visto —replicó Tibu—. Serás gonorrea.
Guarapo dejó el rifle y se fue a por Tibu. Le agarró de la pechera y lo levantó sin tiempo a que el otro pudiera manejar el AK-47. Justo a su lado se escuchó el inconfundible sonido de esa misma ametralladora a punto de ser usada.
—¡Se me calmen ya, soldados! —gritó Xixa.
Luz Marina atendía, de nuevo, expectante a la jugada. Por un lado deseaba que Xixa apretase el gatillo, por otro le aterrorizaba quedarse sola en manos de aquella niña soldado con propensión a la burla y a la violencia.
Guarapo soltó de la pechera a su compañero y lo depositó, con rudeza, en el suelo. Tibu hizo el amago de tomar su Kalashnikov, pero la amenaza de Xixa le reprimió las ganas.
La tensión se relajó, en parte porque a los pocos minutos apareció el comandante por el lugar. Traía noticias jugosas.
—Soldados, prepárense para mañana a primera hora. Es día de paga.