Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 El vuelo
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El vuelo

Llegaron con tiempo al aeropuerto. Y también con hambre de náufrago. No habían tomado más que un insípido café en el avión de la mañana y unas chocolatinas que compraron cuando pararon a repostar.

Una vez devuelto el coche de alquiler y facturado el equipaje (aparcado en consigna), accedieron al área de embarque donde engulleron sendas hamburguesas de una conocida franquicia de comida rápida. El cabo se atrevió a repetir y a beberse dos cervezas.

—Relaja, Adrián, que nos esperan unas cuantas horas de vuelo y no te vaya a sentar mal…

—Silvia, el avión no es como cuando conduces camino del Teide —bromeó.

—Mira…, si casi siempre conduces tú.

Ambos rieron con complicidad; la tensión que habían cargado todo el día se disipó por un instante.

Adrián extendió la mano y la posó sobre la muñeca de Silvia.

No hubo palabras, pero la presión leve de sus dedos y la mirada que intercambiaron eran suficientes para transmitir un «gracias».

Gracias por estar ahí. Gracias por no abandonarme.

Acercaron las cabezas. Se aspiraron los alientos.

La mujer puso su barbilla encima del hombro del compañero.

No olían bien después de tantas horas de viaje, no era un lugar romántico ni ellos eran adolescentes.

Tan solo sintieron el calor del cuerpo ajeno, la calma que ambos se proporcionaban, el silencio que lo dice todo.

Cuando Adrián pegó la mejilla a la de Silvia, la llamada al embarque rompió la magia del momento. Recogieron sus equipajes de mano y marcharon, despacio, hasta la puerta indicada.

Dentro del avión la cosa fue distinta. Si habían disfrutado de una relativa suerte durante el día, el viaje transoceánico no acompañó.

Primero, una incidencia con el aire acondicionado los dejó atrapados en un limbo de calor y frustración durante más de cuarenta minutos.

¿Consecuencia?: una cabina que parecía más una playa nudista que el interior de un avión.

Una vez solventado el episodio, el despegue fue algo más turbulento de lo habitual por una tormenta que cayó sobre la capital.

¿Consecuencia segunda?: miedo metido en el cuerpo y con casi diez horas de viaje por delante.

Y lo último fue que a Adrián le dio un bajón tremendo con su crisis de ansiedad correspondiente.

¿Consecuencia tercera?: en aquel lugar lo único que podía hacer fue pedir una cerveza tras otra.

—Ya está bien, compi, llevas cuatro con esa, más las dos del aeropuerto.

—No me seas madre, ¿vale?

Silvia pudo haberse cabreado, haberla liado y lo único que hubiera conseguido habría sido soliviantar al cabo y montarse un «Melendi» en mitad del Atlántico.

Ella era mucho más inteligente que eso, y, después de meditarlo unos segundos, cogió la chaqueta que tenía al lado del asiento, se tapó y se acurrucó sobre Adrián.

Usó el abrigo para tapar la bragueta del compañero y puso su mano sobre ella. El cabo no dijo ni hizo nada.

—¿Una madre haría esto? —preguntó y clavó sus ojos en los del hombre.

Adrián, con una media sonrisa, dijo que no. Y así le dio permiso a la subteniente para bajarle meter la mano en el pantalón y atrapar una hombría que comenzaba a despertar.

Y Adrián, con más grados de alcohol en sangre de los que él mismo permitiría en un control de los muchos que hace, se acurrucó en el asiento y miró de reojo a la pasajera que estaba al lado de Silvia.

Por suerte parecía dormir: boca abierta y hacia arriba, y con un audífono que lucía en su oreja izquierda; esto y la luz tenue del habitáculo les garantizaban cierta intimidad.

Silvia se esmeró en sus caricias y se atrevió a pegar sus labios a la barba de tres días de Adrián.

Seguía sin oler bien, pero no le importó; ya habría tiempo de ducharse al llegar a Colombia.

El cabo empezó a removerse con una expresión de placer y, también, de incomodidad; aunque se mordió el labio inferior y esto espoleó a la subteniente, que miró hacia su derecha para constatar que la pasajera seguía frita.

Entonces, aumentó la intensidad de sus maniobras, lo que llevó al hombre al borde del éxtasis.

Pero en esos momentos donde las entrañas ganan la batalla a la conciencia, el cabo tuvo un instante de lucidez/amargura y apartó la mano de su compañera.

—¡Para!

Ella lo miró, sorprendida.

—¿Qué pasa? —susurró.

Adrián tan solo se separó más, y se abrochó los pantalones antes de quitarse del cobijo del abrigo de Silvia. Giró su cabeza y se puso a mirar por la ventanilla, como si en aquella oscuridad pudiera encontrar algún tipo de luz que lo iluminara.

—No me ignores y dime ahora mismo que pasa.

Silencio. El hombre siguió mirando hacia el vacío.

Silvia no podía poner los brazos en jarra por la posición en la que estaba, aunque el cuerpo se lo pedía.

La rabia acumulada tenía que salir por algún lado y en el minúsculo habitáculo de su clase turista no pudo aguantarse.

Se levantó y, sin pedir perdón, arrambló con las piernas de la pasajera que tenía al lado, lo que provocó que se despertara al borde del infarto y le exigiera modales.

La subteniente ya iba por la mitad del pasillo cuando escuchó las protestas de la señora y no se dio la vuelta.

Se metió en el cuarto de baño que, por suerte, estaba libre y de pura rabia comenzó a llorar.

¡Qué se había creído aquel gilipollas! Lo acompañaba al puto culo del mundo, le hacía una paja y el tipo se ponía digno rechazándola en el último minuto. Y encima estaba borracho.

Después de varios minutos descargando su frustración, tuvo que salir del baño porque una amable azafata aporreó la puerta preguntando si todo iba bien.

Silvia sonrió de forma forzada al salir y cuando accedió al pasillo le pareció un corredor de la muerte: oscuro y frío como un pasadizo subterráneo, solo que a once mil pies de altura sobre el Atlántico.

Lo que menos le apetecía en esos momentos era volver al lado de Adrián; casi pensó que lo mejor sería estrellarse y que todo acabara.

La amable azafata le pidió que se sentase porque, experiencia acumulada, era probable que entraran en una zona de turbulencias y hubiera que abrocharse el cinturón.

¡Lo que faltaba!

Silvia, fiel cumplidora de la ley, obedeció y se encaminó hasta su asiento.

Lo que vio la dejó congelada: sus dos compañeros de viaje estaban dormidos.

La mujer quizá pensara que había sido un sueño; Adrián, con la boca abierta y la baba cayendo por un lateral, parecía un borracho de bar.

Silvia lo agradeció, y con el mayor sigilo posible se encaramó en el asiento central, donde consiguió sentarse sin despertar a nadie.

Por desgracia, ella no pegó ojo hasta que llegaron a Medellín siete horas después. Lo que allí les esperaba, tampoco le dejaría mucho tiempo para el sueño.