Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 El espejo
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El espejo

Laura lloraba en el suelo con la cara enterrada entre las manos.

Luzma la tuvo que coger por las axilas como si la estuviera salvando de un naufragio, y la levantó hasta la cama.

Minutos antes había recibido la peor noticia que podía recibir: Ramón Restrepo no vendería sus carros porque podría suponerle una inspección de la Dirección de Impuestos y Aduanas.

—Dionisio se quedó con él para tratar de convencerlo. Otra cosa no, pero tu amigo tiene mucho poder de convicción.

—¿Cuánto te han ofrecido por tu coche? —preguntó Laura entre hipidos.

—Lo que hablamos, poco más de catorce mil dólares.

—Dijimos quince.

—Ay, ya, mi amor. Todo va a salir bien. Tan solo necesitamos…

—Sí, joder, más tiempo. Lo que no sé es cómo pretendes que nos lo den.

Luzma tan solo la abrazó porque no soportaba que la tratase así.

Entendía la frustración de su compañera, lo que no quitaba que sus palabras la hiciesen daño.

Se tumbó detrás de ella en la cama y acarició la piel de sus hombros.

Fijó su vista en uno de los lunares que Laura tenía en el omóplato.

La camiseta de tirantes de la mujer le parecía tan sugerente como siempre.

Olió su pelo y ese aroma a flores resultó en una punzada de deseo.

Sabía que no era el momento ni el lugar, sin embargo, los instintos primarios no entienden de secuestros.

La besó en el cuello. Se propuso ir despacio, para que pareciera un acto improvisado.

Puso sus manos sobre sus caderas, que llevaban una malla que realzaba unas nalgas trabajadas a base de caminatas y sentadillas.

Volvió a besarla, esta vez en el hombro.

Y sus dedos recorrieron el costado de su novia.

Se pegó más a ella para que sintiera su calor.

La besó en la oreja. Y su mano bajó de nuevo hasta la cadera y no evitó acariciarla la nalga de forma sutil.

—¿Se puede saber qué haces? —preguntó Laura, al mismo tiempo que levantó su cabeza de la almohada y la giró hacia atrás.

—Solo estar contigo.

Laura apretó los dientes. Se incorporó y se sentó al borde de la cama.

Le hubiera soltado una bofetada a su pareja.

Lo deseaba. «¿Solo estar conmigo? ¿Te piensas que soy gilipollas y que no te conozco?»

. Le hubiera escupido esas palabras. Se las guardó y, para evitar otro intento o una explicación no requerida, salió del cuarto en dirección al baño.

Allí se lavó la cara y se miró al espejo.

Unas ojeras que serían el sueño erótico de cualquier cirujano plástico dominaban su cara.

Apretó con fuerza el lavabo y miró la ingente cantidad de productos cosméticos que gastaba su pareja.

Podría vender todo aquello y sacar al menos quinientos dólares más.

Podría vender la grifería de aquel maldito apartamento de lujo en el barrio más cool de todo Medellín y sacaría mil dólares más.

Podría vender los muebles, la vajilla y la televisión plana de cincuenta pulgadas y conseguir más de tres mil dólares.

¿A qué coño esperaba para hacerlo? Sí, lo haría, haría lo necesario y mucho más.

Se miró de nuevo al espejo. Se pellizcó las mejillas con fuerza para darle un color rojizo del que carecía.

Se aplicó vaselina en los labios, el carmín hubiera sido demasiado, y se encaminó hacia la habitación.

En cuanto entró se despojó de la camiseta y del sujetador y se lanzó sobre Luzma.

La besó con ansia animal y esta no tuvo tiempo ni de replicar.

La mordió el cuello, el pecho y le arrancó la ropa como si fuera un envoltorio de papel.

Y durante los minutos siguientes la folló como si fuera una cualquiera con un único objetivo en mente: conseguir todo el dinero posible de Luz Marina Restrepo.

Y de Ramón Restrepo.