Viaje relámpago.
El vuelo aterrizó en Madrid a las diez de la mañana, hora peninsular.
Adrián y Silvia desembarcaron con el cansancio pegado al cuerpo, pero él llevaba en los ojos ese brillo testarudo que anuncia una decisión irrevocable.
El transbordo duraría al menos diez horas, y Adrián había resuelto emplearlas en una misión que a cualquiera le habría parecido absurda: ir a Cáceres.
—Es una locura —no paró de decir Silvia durante todo el trayecto desde que bajaron del avión hasta el mostrador de la agencia de alquiler de coches.
Y la protesta se alargó durante los poco más de trescientos kilómetros que separaban Barajas de la localidad extremeña.
—Sí, Silvia, lo sé. Ya me han verificado que el tipo sigue en el talego y de que no dispone de beneficios penitenciarios. No me lo repitas más.
—Entonces ¿por qué coño tenemos que ir a visitarlo?
—Tengo que ir yo, ya te he dicho mil veces que me esperaras en el aeropuerto.
—Yo sola allí casi once horas, ¿no?
El cabo bufó por enésima vez mientras bajaba un poco su ventanilla.
La tuvo que subir de inmediato, porque los casi ciento cincuenta kilómetros por hora que marcaba el velocímetro introdujeron en el habitáculo una corriente de aire que le llegó hasta la oreja izquierda como un pellizco.
Fuera, la carretera se estiraba interminable, árida y sin concesiones.
En la radio, la subteniente había sintonizado una emisora de radio-fórmula con los éxitos del pop-rock internacional que a cada minuto ponían más de mala hostia a su subordinado. A pesar de ello, no protestó porque lo último que quería era soliviantar más a Donaire.
Poco después de las dos de la tarde llegaron a la prisión de Cáceres.
Habían solicitado el día anterior la visita y les pidieron a los compañeros de la entrada que les dieran preferencia porque iban un poco justos de tiempo.
Por una extraña circunstancia, la que estaba más nerviosa era Silvia, mientras que a Adrián no le temblaban las piernas ni se mostraba ansioso.
—Ahora sí que te pido que me esperes fuera, Silvia. Esto tengo que hacerlo yo solo.
Ella le miró con un mohín de niño pequeño. No sirvió para nada porque, en parte, la guardia entendió sus motivos.
—Me voy a dar cuenta si me omites algún detalle. Soy capaz de preguntar al compañero que guarda la sala de los teléfonos.
Él bajó los ojos a modo de respuesta, y ella asumió que tendría que conformarse con lo que le contara, fuera toda la verdad o la verdad a medias.
Se dieron un ligero abrazo a un solo hombro y Adrián se giró para enfilar por el pasillo que habría de llevarle a la sala de los encuentros por telefono.
Esperó algo más de treinta minutos y ese retraso arruinó toda la tranquilidad que se había infundido a sí mismo.
Tenían que llegar a Madrid como muy tarde a las ocho, ya que su vuelo partía a las diez de la noche.
Y en los vuelos internacionales ya se sabe.
De momento contaban con un margen de más de hora y media, pero en un viaje de esas características los imprevistos son rutina.
Poco después de las tres de la tarde apareció acompañado de un funcionario de prisiones delgado y melenudo. Era como si los papeles se hubieran invertido, porque el doctor De Miguel conservaba el buen aspecto de siempre y el funcionario tenía más pintas de presidiario que él.
Alberto De Miguel esbozó una sonrisa que pretendió ofender al cabo en lo más profundo de su ser.
Se sentó en la silla a cámara lenta y, antes de coger el telefonillo, miró a Adrián a los ojos durante diez segundos que parecieron diez horas.
No se habían vuelto a ver desde el día en el que el médico estableció un paralelismo entre los dos.
Un paralelismo que, al principio, le pareció válido al guardia.
—¿Cómo está nuestra enemiga en común? —preguntó el médico una vez que se decidió a tomar el telefonillo—. Si vienes a verme, algo debe de ocurrir. Lo que no sé es si es bueno o malo…
—No te vengas arriba con lo de la enemiga en común, que eso lo dijiste en un momento complicado para mí.
Ese paralelismo, ese nexo entre dos tipos presuntamente agraviados por la misma mujer era a lo que el médico se había aferrado estos años.
—Intenté comunicarme contigo más de cinco veces.
Adrián nunca acudió a ese vis a vis que el médico le solicitó.
—¿Qué quieres que te diga? Me fui de la península.
Alberto abrió los ojos.
—¿Baleares o Canarias?
—Eso no importa. Estoy aquí por lo mismo de la otra vez.
Entonces el médico hizo un gesto que molestó tanto al cabo que a punto estuvo de golpear el cristal que los separaba. Se rio con una carcajada muda. Quizá porque sabía que allí debía guardar las formas, quizá para no ofender, demasiado, a su interlocutor.
—Pero ¿qué os pasa a vosotros con esa muchacha?
—No me toques los cojones, De Miguel, que no tengo tiempo para gilipolleces.
—Relájate, hombre. Vamos a ver, viniste hará unos cinco años porque alguien se había llevado a vuestra hija y me dices que ahora otra vez. Y después de lo que ocurrió en el parque aquel… Tenéis un problema y no sé por qué cada vez que os pasa algo así me echáis las culpas…
—¿Porque intentaste liquidarnos y juraste venganza?
El médico se encogió de hombros y resopló.
—Mira, Trovado, llevo aquí más de quince años y mi intención es largarme en menos de dos. No me voy a complicar la vida por vengarme de algo que ya casi ni recuerdo.
—¿Ahora no lo recuerdas?
—No, para mí es pasado. Sí, se me fue la cabeza.
La cagué de una forma que me avergüenzo y que jamás podré olvidar.
Sé de sobra que lo que hice está mal. Dicen que soy un psicópata, yo creo que no, que simplemente perdí la noción del bien y del mal porque me dejé arrastrar por una vida de mierda que idealicé cuando mi padre me habló de las maravillas de ser médico y todo eso.
—¿Así que el talego te ha rehabilitado? Me alegro de que funcione el sistema —replicó Adrián irónico.
—No sé si funciona o no, pero te aseguro que quince años aquí dan para mucho que pensar.
Es que no sé qué malditas películas os montáis tú y tu mujercita para ni siquiera imaginar que yo puedo mover algún tipo de hilo desde aquí con el que pueda secuestrar niñas.
Vamos, ni que yo fuera Al Capone o Charles Manson.
Adrián se retiró el telefonillo de la oreja y agachó la cabeza. O aquel tipo era un actor digno de Óscar o había hecho aquel viaje para nada. Y lo peor era que tenía que dar la razón a Laura.
—Cuando te dije lo de la enemiga en común, lo de que vinieras a verme y charlar fue para molestarte, lo reconozco. Para que la odiáramos un poco más entre los dos. Creo que odiar en compañía se lleva mejor que haciéndolo solo.
—Sí que eres un psicópata —replicó Adrián—. Mi hija estaba por ahí en manos de unos desgraciados…
—Que me da igual tu hija. Que no te das cuenta de que si yo hubiera tenido la oportunidad de hacer daño a alguien sería a Laura.
Porque en aquellos momentos sentí que necesitaba una venganza que ahora resulta ridícula.
¿Vengarme de qué? ¿De que la maltraté y me disteis lo que me merecía entre los dos?
Dejadme en paz ya, por favor. Cuando salga de aquí espero que me pongan una orden de alejamiento que no me permita acercarme a vosotros a menos de mil kilómetros.
—Adiós, doctor —Adrián se dispuso a colgar el telefonillo sin dejarle tiempo a responder, pero Alberto puso la mano con violencia en la mampara. Un gesto que podía acarrearle una sanción y que el funcionario se encargó de recriminar.
—El problema es que os pensáis que todo gira en torno a vosotros. A que se han llevado otra vez a vuestra hija por algo que habéis hecho. Pues lo mismo no es por eso. A lo mejor esa niña se ha ido de casa porque no aguanta a su madre y ha simulado un secuestro.
Adrián colgó el telefonillo y se largó de allí sin girarse. Creyó escuchar a su espalda un «no vuelvas más, hijo de puta».