Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 El periódico
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El periódico

El correo electrónico apareció en la bandeja de borradores puntual como un amanecer.

Laura sintió un latigazo en el pecho, algo parecido a la taquicardia, mientras descargaba el archivo adjunto.

Le habían facilitado una dirección de correo electrónico y una clave de acceso; un sistema rudimentario pero infalible: nadie mandaba ni recibía mensajes, solo se visitaban los borradores, se leían y se eliminaban sin dejar rastro.

La probabilidad de que alguien interceptara las comunicaciones entre extorsionador y extorsionada era, si no imposible, al menos, improbable.

La niña salía en primer plano, con un aspecto desaliñado, aunque saludable.

Sostenía un diario de tirada nacional y señalaba la fecha, la cual requería visión de águila para descifrarla.

En la portada se veía al presidente del Gobierno en una foto junto a otros dirigentes.

Luz Marina comenzó a leer, primero el nombre del periódico, luego la fecha, y para finalizar la entradilla de la noticia titular.

Laura se llevó las manos a la boca ahogando un sollozo, como si su garganta fuera un dique que a duras penas contenía el desbordamiento. Luzma llegó al escuchar el grito que no pudo evitar.

—¿Qué pasó, mi amor?

La mujer solo señaló la pantalla y Luzma tuvo que pulsar el botón de play.

Al finalizar la lectura, se llevaron a la adolescente fuera del ángulo de grabación y un guerrillero encapuchado insistía en el cumplimiento del plazo, y en el borrado del email así como del vídeo.

De lo contrario, habría graves consecuencias para Luz Marina.

—¿Voy a comprobar lo del periódico? —preguntó Luzma

—Solo ha pasado un día, y quieren el dinero —respondió Laura.

—¿Eso es que la niña está bien?

—Eso es que necesitamos el dinero.

Laura se giró y buscó en Luzma los ojos de su padre. Tenían cierto parecido: un marrón claro con estrías más oscuras en un iris pequeño y tapado en gran parte por el párpado superior.

—Ya te dijo que no lo tiene.

—Bueno, eso dice, pero yo no me lo creo…

—¿Tú te piensas que no te lo daría si lo tuviese?

—Lo que no me creo es que no pueda conseguirlo.

—Que sí, pero no en dos días. Necesita más tiempo.

—No tenemos más tiempo, Luzma.

Laura se levantó del asiento y se situó a la altura de los ojos de su compañera, la sacaba media cabeza y tuvo que mirar ligeramente hacia abajo.

La tomó de los brazos que notó más fríos que cuando compartían cama y piel.

La colombiana no le aguantó la mirada y, para compensar la diferencia de altura y de estado de ánimo, se pegó a ella y la aferró con fuerza.

—Vendemos el carro y el apartamento si quieres, pero necesitamos más tiempo. Suplícales más tiempo.

La española suspiró y miró por la ventana.

A lo lejos, una de las torres de la ciudad se elevaba con arrogancia contra el cielo gris.

Quizá allí, pensó, estuviera la sede de un banco que ella no dudaría en atracar si con eso conseguía salvar a su hija.

Calculó mentalmente, aunque las cifras nunca habían sido su fuerte.

—Tu padre dijo que podía prestarnos solo treinta mil dólares.

Que necesitaba una semana para conseguir otros cuarenta.

Si vendemos el coche pueden darnos como mucho otros quince mil.

Solo llegamos a ochenta y cinco. Necesitamos al menos noventa.

¿Tienes algo ahorrado? Porque yo apenas cuento con seiscientos dólares.

Luzma se separó un poco y la miró a los ojos.

—Tengo unos dos mil ahorrados. Tienen que aceptar. Son casi noventa mil. Es mucha plata.

—Voy a intentar convencerlos de que acepten un primer pago de cuarenta. Hay que vender el coche hoy mismo.

—¿Qué pretendes, pagar un secuestro a plazos? —gritó una voz desde su espalda.

Dionisio, apoyado en el vano de la puerta, mascullaba algo.

—¿Tú que vienes, a dar por culo? —replicó Laura.

—Niña, ¿todavía no me conoces o qué?

Las mujeres se miraron y se encogieron de hombros.

—A ver, que yo tengo algo más ahorrado, coño, que hay que explicarlo todo.

—¿Cuánto? —preguntó Luzma.

—Te lo diré si eres capaz de sacar a tu padre algo más de platica, como decís acá.

Dionisio se mostró mordaz con la colombiana porque la situación así lo requería.

Esta lo miró, una vez más, con desdén. No es que lo tratara mal ni dejara de fiarse de él, pero siempre lo había considerado un intruso que se metía más de lo debido en la relación que ella mantenía con Laura.

Por mucho que esta le explicara toda la ayuda que le había prestado el viejo, a Luzma le costaba soportar ciertas actitudes de Dionisio.

Por ejemplo, que le exigiera algo que quedaba fuera de su alcance.

—Usted parece que no conoce a mi papá…

—Claro que lo conozco, por eso sé que, si quieres, puedes sacarle toda la plata que necesitamos.

La mujer se cuadró como si le hubieran clavado un alfiler en el culo. Esa acotación «si quieres» era punzante, agresiva, de las que dicen poco y callan mucho.

—No sé qué habla, Dionisio.

El hombre se volvió hacia Laura, buscando refuerzos. Ella asintió, con gesto de soldado vencido. Puso una mano en el hombro de Luzma, con delicadeza.

—Pídele a tu padre que venda también uno de sus dos carros.

Luzma la miró de una forma que ella no conocía hasta ahora. Y que le recordó mucho a alguien del pasado.