Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 La estación
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La estación

Luz Marina estaba atada en una esquina de un viejo edificio aledaño a un apeadero de trenes.

Un caserón ruinoso que servía como uno más de los múltiples refugios que el comando ocupaba para pasar las largas noches de instrucción.

Aunque, en rigor, la instrucción ya podía darse por finiquitada porque estaban metidos de lleno en su primera misión operativa.

Lúgubre se quedaba corto para definir al viejo caserón: el lugar parecía gemir con cada ráfaga de viento que se colaba por las ventanas rotas, mientras el musgo crecía con indiferencia sobre las paredes, el suelo y hasta el techo.

Cada gotera era un lamento, cada grieta un testimonio de abandono.

Pero lo peor no era el estado del edificio, sino el frío: un frío punzante, transversal, que se filtraba por los sentidos y se alojaba en los huesos.

Para una niña enclenque y carente de grasa corporal como Luz Marina, aquella era una tortura que solo podía conducir a temblores y castañeteo de dientes.

—¡Estoy congelada! —gritó.

El sol ya había caído y la temperatura bajado unos seis o siete grados más.

—Ay, ya cállese, gonorrea —protestó Xixa, cansada de los sollozos de la niña de bien.

Esa mocosa no sabía lo que era el frío. No sabía lo que era que las casas en las que acaba la infancia al mismo tiempo que se deja de tomar el pecho hace igual de frío que allá o más.

No sabía lo que era compartir una manta deshilachada entre tres hermanas y un bebé.

No sabía lo que era ducharse con agua gélida en enero y ardiendo en agosto.

Sin embargo, Guarapo, más pragmático quizá, le puso una manta en los pies a la muchacha, que la cogió como si fuera de oro y se la echó por encima sin calibrar si tenía chinches, cucarachas o cualquier otro tipo de insecto de los muchos que pululaban por las tierras de aquellos bosques.

—Nuestra misión es mantener al pescado sano y salvo, pendeja —dijo al mismo tiempo que le pegó un tirón de pelo a Xixa, que se revolvió y le lanzó un manotazo que Guarapo esquivó con destreza de espadachín.

—¡Se me calmen ya, soldados! —gruñó Jona desde el otro lado de la estancia, pegado a una radio con la que trataba de comunicarse con alguien o con algo.

A su lado Tibu, el benjamín, sacaba lustre al AK-47 como si acariciase a su novia: con una delicadeza propia de un recién enamorado. Cuando terminó, cogió el cargador y lo encajó con un clic que sonó a promesa de muerte. Se levantó y se acercó hasta los dos soldados en disputa.

—Tienen que tratar bien a la pelada. Ya han oído al comandante —alzó poco a poco el arma apuntando a los dos—. Nadie acá quiere un accidente sin antes cobrar la plata.

—Baja la metralla, Tibu, no seas jincho —exigió Guarapo—. Yo claro que trato bien a la pelada.

Tibu no bajó el Kalashnikov y tampoco bajó los ojos que cruzaba con Guarapo que le aguantó la mirada.

—Claro que sí, mijo, la trata demasiado bien.

Xixa se levantó y se fue al lado de Jona; le puso una mano en el hombro y le indicó el conflicto.

—¡Soldado! —gritó—. ¡Baje el arma!

Tibu aguantó unos segundos más el desafío con su compañero.

Después bajó la ametralladora, desenroscó el cargador y se lo enseñó a Guarapo.

Estaba vacío. El soldado amenazado le dedicó una mirada de odio y se dio la vuelta para encontrarse con Luz Marina, que presenciaba la escena expectante.

Quizá pensando que a ver si se mataban entre ellos y podía largarse de allí.

Guarapo se acercó de nuevo hasta ella, se agachó y le preguntó si tenía hambre.

—No pendejo, lo que tengo es sed, tráeme una pola de esas que tú sabes. Aunque sea a medias.

Guarapo hizo el amago de sonreír. Quizá interpretó que la muchacha le había gastado una broma, sin embargo, al momento se dio cuenta de su idiotez.

La chica no estaba bromeando, sino dejándolo en evidencia.

El guerrillero tuvo la tentación de quitarle la manta de golpe, para que aprendiera que un rehén no debe burlarse nunca de su captor.

Decidió dejarlo estar y volverse a la mesa donde Jona y los otros dos soldados escuchaban una transmisión.

—Comando 14, ¿tienen ya al pescado?

—Afirmativo, mi teniente. Contactamos con la familia y dimos el plazo de tres días para reunir la plata, como nos pidieron.

La conversación continuó, plagada de códigos y órdenes: respetar los plazos, seguir las indicaciones y estar listos para mover al pescado, y al comando, si fuera necesario.

Luz Marina escuchaba con atención cada palabra. Aunque gran parte del diálogo se enmascaraba con un lenguaje cifrado, logró captar algunos nombres de lugares. Uno de ellos le resultó vagamente familiar: el río Magdalena.