La Glock
Laura aporreó la puerta de la caseta en la que vivía Dionisio.
El hombre abrió con rapidez, casi como si estuviera esperando la llamada.
Su aspecto era el mismo del que se pasa tres días en Las Vegas con una tarjeta robada con crédito ilimitado y con las manos vacías, aunque sin haber disfrutado ni un minuto de esa libertad de papel.
La herida en la cabeza ya no sangraba; él siempre lo decía: soy de plaquetas fuertes, un estilo a Lobezno.
—¿Lo tienes todo listo?
—Casi.
Dionisio la invitó a chequear ella misma la mochila que había preparado. Laura rebuscó en el interior, quería verificar que al viejo no se le olvidaba nada. Cuando terminó, y sin levantarse, lo miró a los ojos.
—¿Y la Glock?
El hombre se encogió de hombros y le dio la espalda. Sin necesidad de pronunciar una sola palabra, Dionisio dio a entender que no quería que su amiga se metiera en más problemas.
—La necesito, Dioni.
Dionisio bufó.
—¿Para qué? ¿Para que te maten en cuanto te huelan la pólvora? Esto no son maderos españoles por muy corruptos que fueran los que tú y yo sabemos; esta gente tiene el gatillo demasiado fácil.
—Yo también lo tengo. Y mucha puntería. Así que haz el favor…
—No te voy a dar la pipa, Laura. Si quieres, la llevaré yo.
—Tú no vas a ningún lado.
—Entonces el hierro se queda.
Laura apretó los puños y se incorporó de un brinco, y de dos pasos se plantó delante de su amigo, mirando hacia arriba. Porque Dioni le sacaba más de media cabeza y más de un par de décadas. Y, precisamente por esto, el viejo no se inmutó.
—Si me vas a dar un golpe de esos tuyos, procura que me haga expulsar aire con la combinación del cofre donde está guardada la Glock.
—No me jodas, Dioni, no me jodas.
Laura no se movió ni un milímetro de su posición. Le tenía acorralado contra una esquina de la caseta y, si el hombre pretendía salir de allí, debía apartarla a un lado.
—Querida Laura, estás invadiendo mi espacio personal.
—Déjate de gilipolleces, Dionisio.
El hombre puso sus manos en las caderas y recostó la espalda sobre la pared.
—La pipa la llevo yo, si quieres pipa, yo voy.
—¡Maldito…!
Laura levantó un puño y Dioni tan solo se agachó un poco y hundió la barbilla en el cuello, preparándose para recibir un impacto que dolería seguro.
La mujer lanzó el canto de su puño contra la pared, no era plan de destrozarse los nudillos.
La rabia era algo que Laura podía llegar a sentir con cierta frecuencia, sin embargo, en aquella situación con un hombre al que quería tanto, supo controlarse.
Unos dicen que el amor agudiza el ingenio, otros dicen que lo amodorra. Laura amaba profundamente a su hija, y pudo controlar su rabia y usar su ingenio para camelarse al viejo y conseguir lo que quería.
—Te vienes si me acompañas a ver al patrón.
—No me jodas, Laura.
—Es lo que hay, lo tomas o lo dejas.
La mujer se separó del hombre y este aprovechó para levantar la mano y hacer una especie de garra con ella, como si tuviera la intención de estrujar la cabeza de su amiga.
Esa cabeza dura que tantos problemas —y tantas satisfacciones— le había dado desde que se conocieron en un club de alterne años atrás.
Dionisio fue el encargado de llamar a la puerta del patrón.
—Adelante —se escuchó desde el interior de la casa colonial en la que Ramón Restrepo, el padre de Luzma, vivía la mayor parte del tiempo.
—Buenos días, Ramón —dijo Dionisio.
—Dionisio, malparido —replicó Ramón sin levantar la cabeza del ordenador—. ¿Cómo tú por aquí a esta hora?
—Pues, la verdad…
El patrón siguió tecleando. A su lado y de pie, Luzma le indicaba algo en la pantalla. Las ojeras de la mujer eran dignas de una película de Tim Burton. Ramón, por su parte, tampoco tenía un aspecto apropiado para entrevistarse con un señor de clase acomodada de Medellín.
—¿Qué se le ofrece, pues?
—Laura… —dijo Luzma, y se acercó hasta ella.
Solo en ese instante el patrón se dignó a levantar la cabeza de su tarea. Y maldita la hora en la que lo hizo porque observó una de esas escenas que no le gustaba observar. Su hija abrazó con la fuerza de la que se acaba de enterar de la muerte de un ser querido a su pareja.
—¿Has hablado con él? —bisbiseó Laura y Luzma miró hacia el suelo—. Por Dios, Luz Marina.
La mujer levantó la vista en el acto. Nunca la llamaba así, esa era la forma en la que Laura se dirigía a su hija.
Cuando la colombiana se enteró del nombre de la niña, tuvo sentimientos enfrentados.
Por una parte, se sintió contenta por el hecho de que su gran amor bautizase así a la persona más importante de su vida.
Por otra parte, esa niña era algo que se interponía entre ellas; porque a Luz Marina Restrepo le hubiese encantado tener descendencia con Laura María García.
—Lo iba a hacer, pero no me atrevo —susurró al oído de su pareja.
—No hables en voz baja, tiene que saberlo.
—¿Qué es lo que tengo que saber? —dijo Ramón desde su escritorio sin apenas inmutarse.
Laura tomó aire, Luzma le agarró fuerte del brazo, como si quisiera retenerla; decidió aflojar en el último segundo porque estaba convencida de que nada podría detener a una madre que busca a su hija. Más, tratándose de Laura.
—Ramón —dijo con voz firme y apoyándose en el escritorio del patrón—. Necesito que me preste cien mil dólares.
Restrepo dejó de teclear en el ordenador y levantó la mirada por encima de sus gafas de media luna.
El tipo, con el clásico bigote cafetero, apenas se dirigía a Laura.
Era el típico suegro distante. Abrió los ojos como si fuera un sapo y se quitó las gafas para que nada se interpusiera entre sus ojos y los de la pareja de su hija.
—Yo no dispongo de tanta plata ahorita, Laura.
—Pues va a ser que tendrá que buscarla, querido suegro.
Nada molestaba más a un hombre tradicional como Ramón Restrepo que el hecho de que una mujer lo considerase su suegro.
Laura no midió las consecuencias de su desafío al patrón y cabía la posibilidad de que lo tuviera que pagar caro.