Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Chantaje
66%

Chantaje

Adrián salió pitando de la finca de los abuelos de Jorge.

—¿Se puede saber dónde vas, cabo? —alzó la voz Silvia. —Ahí dentro hay un hombre que se muere.

—Ese hombre se va a morir igual, ya has avisado a los sanitarios, ¿no?

—Pero, Adrián….

El cabo siguió su camino hasta el patrulla.

Abrió la puerta y cuando estaba a punto de subirse, una mano lo atenazó del hombro.

Fue cuestión de reflejos o de instinto o de la suma de las dos cosas: en menos de un segundo, sujetó esa mano, retorció el brazo que la sostenía y empujó a su dueña contra el capó.

—¡Suéltame ahora mismo, gilipollas! —gritó la subteniente.

Adrián tardó en reaccionar. Para él, en ese momento, todo se había reducido a obstáculos: personas, cosas, el mundo entero. Y él no iba a permitir que nada le detuviera. Una patada en la tibia con el tacón de la bota de Silvia lo sacó del trance. Sobre todo por el dolor que le provocó.

Retrocedió, levantó las manos a modo de perdón con la boca abierta y los ojos perdidos en algún lugar del océano Atlántico.

Silvia se llevó la mano a la Beretta y levantó el automático.

No llegó a desenfundarla. Clavó sus ojos en los de su compañero, como si le preguntase si era necesario sacar la cacharra o no.

Adrián balbuceó, le pidió calma con las manos y poco a poco se fue haciendo pequeño hasta volver a caer al suelo.

Esta vez Silvia no le asistió, ni intentó levantarlo. Ella pretendía saber. Y lo único que se le ocurrió en ese instante fue dejarlo allí tirado. Para que reflexionase.

—Espérame en el coche, vuelvo en cinco minutos.

La subteniente conducía el patrulla de vuelta a la comandancia de Adeje. No era habitual que ella lo hiciera, pero la situación requería de máxima calma para su compañero.

—Me lo vas a repetir otra vez.

Adrián la miró, con furia, casi con ira. Se lo había contado dos veces y no era necesaria una tercera.

—No, mi subteniente. Tan solo voy a solicitar el permiso para poder escaparme una temporada del Cuerpo.

—¿Cómo de larga será esa temporada?

—No lo sé, pediré un mes, e iré viendo.

Silvia se calló. Meditaba una respuesta. Conocía la historia: la mujer de Adrián, Laura, se llevó por la fuerza a la hija que tienen en común, Luz Marina, después del incidente con la niña en el pueblo extremeño donde ella dirigía el puesto.

Se implicó, se implicó demasiado y a cambio se llevó una buena herida de bala y una sanción de las gordas.

Casi seis meses sin empleo y sueldo. También se llevó conocer a un tipo tan extraordinario como Adrián Trovado.

En esos seis meses le ayudó a ingresar en la Guardia Civil, y cuando consiguió entrar, gracias, en parte a sus enseñanzas, en parte a que el muchacho ya contaba con un pasado en la Policía Nacional, ambos pidieron el destino canario.

Y desde entonces había nacido entre ellos algo más fuerte que el amor o la amistad: la lealtad.

—¿Estás seguro de que vas a hacer esto?

—Joder, Silvia, ¡es mi hija!

Ella sabía que podía competir contra Laura por el corazón del cabo, pero jamás podría hacerlo contra su hija.

—Me voy contigo.

Adrián volvió a mirarla. La subteniente se acariciaba la parte del vientre que en su día perforó la bala que por suerte salió por la espalda sin afectar a ningún órgano vital. Una entre tropecientas posibilidades de que eso suceda.

—Ni de coña.

—O me voy contigo o moveré cielo y tierra para que no te den el permiso —dejó de mirar por unos segundos la carretera y se fijó en los ojos del cabo—; y sabes que soy tu superior.

El hombre le dio un golpe al lateral de la puerta.

Apretó la mandíbula. Y no aguantó la mirada de la mujer.

Eran lentejas. Se mordió el puño por no estrellar esos nudillos en el mentón de su compañera, amiga, amante y superior.

No pensaba ejercer violencia alguna sobre nadie que no se la mereciera, y tampoco debía de golpear el coche oficial, no fuera a ser que le causara desperfectos y encima tuviera que acoquinar de su paga las reparaciones pertinentes.

—También está la opción de que lo pongamos en conocimiento de los compañeros que están allí, y sean ellos los que se muevan. Que digo yo que es lo que deberíamos hacer si no quieres que nos metan un paquete de los buenos.

—¿Por qué hablas en plural? Esto es cosa mía.

Silvia bufó, dio un volantazo y aparcó en el arcén. Ya no podía seguir conduciendo en esas condiciones de rabia.

—Vamos a ver, cabo Trovado —Se giró en dirección a su compañero—.

Para que te quede bien clarito, porque siempre que te he ofrecido mi apoyo ha sido de manera desinteresada y con el máximo afecto que he podido.

Mucho más desde que tú y yo decidimos compartir, aunque sea de forma ocasional, cama y fluidos.

Esto no es solo cosa tuya desde que recibí un balazo por salvar tu culo y el de la madre de tu hija, porque por la niña lo hubiera recibido gustosa.

Ya sabes, lo de servir y todo ese rollo que nos meten en la cabeza cuando juramos bandera.

—Yo no te pedí que me ayudaras…

—¡Que te calles! Claro que lo hiciste, sin darte cuenta, pero lo hiciste; me manipulaste para meterme de lleno en el secuestro de tu hija.

Y joder, quiero pensar que colaboré un poco, porque si no llego a empotrarme contra aquel desgraciado te hubiera dejado seco de dos tiros.

A ti o a la madre de tu hija. Si hablo en plural es porque otra vez esa chiquilla está en peligro.

Yo no sé qué coño ha hecho la pobre para tener unos padres tan desastre, porque por mucho que lo niegues, por mucho que culpes a esa mujer de llevarse a Luz Marina, tuviste parte de culpa de que aquella tarada del pueblo la secuestrara y el marido la encubriera.

Y ahora, a saber qué ha hecho tu mujer o exmujer o como coño quieras llamarla para que la vuelvan a raptar.

¡Y encima en Colombia! No me fastidies, ¿tú te crees que yo no había visto nunca a tu hija?

Pues claro que la vi, si me conocía a casi todos los niños del pueblo de memoria.

¿Crees que no me afecta de forma personal ahora que tú y yo…

—¿Que tú y yo qué?

Silvia se quedó callada unos segundos.

—Lo que sea, que estoy implicada en el asunto y que no me digas que a mí no me afecta porque eso me pone de más mala hostia que el hecho de que te quieras largar en mitad de un caso importante.

—Silvia, si me fuerzas a acompañarme, si me haces este chantaje emocional o laboral, no te lo voy a perdonar.

—Podré vivir con ello.

Adrián le puso una mano en el brazo cuando la subteniente se disponía a retomar la marcha.

—No, no me refiero a eso. Como te pase algo por segunda vez, algo peor de lo que no te puedas recuperar… No te lo voy a perdonar ni a ti, ni a mí.

La mujer suspiró. No dijo nada y arrancó el patrulla.

Había salvado el primer escollo, el de su compañero. Ahora tocaba salvar el siguiente, el del comandante.

Y no era un tipo precisamente cordial.