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Capaz de matar

Laura marcó de nuevo el teléfono de Adrián. Por suerte, su marido conservaba el mismo número y no le hizo falta buscar algún intermediario para conseguirlo. Aunque nadie respondió en esa segunda ocasión.

A su lado, Luzma, caminaba de un lado a otro de su apartamento en Medellín como una sombra que rebota contra las paredes.

Dos horas antes habían recibido una llamada que nadie espera recibir: la que anuncia un secuestro.

El secuestro de la carne de tu carne. Un secuestro en Colombia.

Un secuestro en una región que parece que Dios o Gea la fabricaran para esconder a personas en contra de su voluntad; un lugar con millones de kilómetros cuadrados de bosque, selva y montaña para ocultar al secuestrado.

—Tienes que llamar a tu padre, Luz…

—¿Y cómo le explico esto?

—Pues explicándoselo. Que me la matan, que me la matan, ya te lo he dicho.

La pareja de Laura parecía que iba a comerse los dedos en lugar de las uñas, como si ello le alimentase de alguna forma para mitigar el miedo que sentía.

Laura ya le había contado los dos problemas anteriores con la niña: el primero frustrado en el último momento; el segundo, salvada por su propia madre poco antes de que acabase mal.

Y luego estaba Alberto. Su primer marido.

El hombre al que señaló con el dedo como responsable del primer intento de secuestro de Luzma, y cuya culpa nunca llegó a probarse.

Y Adrián. El padre de Luzma. El hombre a quien culpó del segundo secuestro, el que destrozó su matrimonio.

Ahora, cinco años después, necesitaba de él como el aire que respira.

Ella sabía que Adrián la odiaba, pero también que no se negaría a ayudarla para recuperar con vida a su hija. A la hija de los dos.

El móvil vibró y, de los nervios, a punto estuvo de resbalarse de las sudorosas manos de Laura.

—Adrián.

—Como le pase algo a la niña, primero mato a los que le hagan daño, y después a ti. ¿Me has entendido?

La mujer estaba preparada para cualquier tipo de violencia, tanto física como verbal por parte de su todavía marido. No era el momento para sumir todo en una serie de reproches que solo les conducirían al caos.

—Sí, ya sé que eres capaz de matar. Vi las noticias —dijo Laura con mala baba—. Pero lo que nos pase a ti o a mí no es relevante, lo que importa es nuestra hija.

Al otro lado del aparato, el cabo Trovado apretaba las mandíbulas con unos músculos maseteros tan desarrollados que podrían superar la mordida de un Rottweiller.

—Antes de perder la cabeza y mi carrera, tengo que hacer una visita a quien tú ya sabes —dijo el guardia.

—Olvídalo, por una vez es imposible que él esté detrás de esto.

—¿Cómo estás tan segura?

—No me dirás que ha salido de la cárcel —Por un momento a Laura le entró un vacío en el estómago. Después de cinco años desde que se marchó de España no tenía controlado el tema de los permisos penitenciarios que podría obtener Alberto De Miguel.

—Por eso digo que tendría que hacerle una visita.

—¿No puedes comprobarlo por teléfono? ¿Con algunos de tus excompañeros o pidiendo un favor en los de ahora en la Guardia Civil?

Laura, por su madre, sabía que Adrián era picoleto, y eso no le hacía ninguna gracia al cabo.

—Te preguntaría cómo coño sabes qué hago ahora, pero no puedo permitirme perder energías.

—¿Cuándo vas a venir? —Se produjo el silencio. Un murmullo a espaldas del cabo llamó la atención de Laura—. ¿Con quién estás?

—Eso no importa.

—¡¿Cuándo coño vas a venir?!

—¿Tú te crees que estás en disposición de exigirme nada?

—¡Es por tu hija!

—Por la misma hija de la que me has separado durante estos casi seis años. ¿De esa hija hablas?

—Tú no tienes ni idea…

—¿Y tú sí? ¿Por eso la han vuelto a secuestrar? Porque tú lo sabes todo. ¿No?

Laura encajó el golpe bajo como mejor pudo.

—Ódiame lo que quieras cuando esto acabe. Me metes en la cárcel a mí también si es lo que deseas, pero ayúdame a salvar a nuestra hija o muérete ahora mismo.

—¿Qué me mu…? —Adrián no pudo terminar la frase.

—Coge el puto próximo vuelo a Madrid que haya y desde allí el primero que te traiga hasta Medellín.

El guardia bufó ante las exigencias.

—Mira, voy a ir a Madrid y luego voy a ir a ver al que tú ya sabes. Y voy a hacer unas llamadas. Y luego decidiré qué hago. ¿Tú qué coño harás mientras?

—Intentar reunir todo el dinero que nos exigen.