Broma de mal gusto
Adrián sintió que se le doblaban las rodillas.
De hecho, tuvo que echar el pie a tierra porque un vértigo se le apoderó del estómago y se mareó. Su compañera, que presenciaba atónita la escena, acudió a su rescate.
—¡Adrián!
Le agarró de la axila con firmeza y trató de incorporarlo.
No lo hubiera logrado ni con dos como ella —y eso que la subteniente Donaire levanta cuarenta kilos de press banca—.
El cabo Trovado se encontraba abatido, destruido, casi inerte en el suelo.
La noticia que le acababan de dar le rompía los esquemas, la búsqueda, todo lo que le permitía levantarse cada mañana.
El teléfono seguía en su mano y se escuchaba alguien al otro lado. Silvia tomó el móvil de su compañero que apenas reaccionó cuando la compañera se lo arrebató de las manos.
—¿Quién es? —preguntó la guardia.
—¿Adrián? ¿Me has escuchado?
—Soy su compañera, la subteniente Donaire. Adrián no puede ni responder. ¿Quién es usted?
Al otro lado solo se escuchó silencio. Como si algo hubiera cortado la comunicación. Silvia, de hecho, comprobó si el llamante estaba todavía en línea.
—¿Hola?
—Necesito hablar con Adrián.
La subteniente se agachó hasta la altura de su compañero. Lo miró a los ojos y levantó la barbilla para preguntarle con los ojos. A los pocos segundos reaccionó y le arrebató el móvil con un gesto brusco. Se lo llevó a la oreja, se levantó y caminó unos pasos como si fuera un borracho.
—Me vas a repetir que eso no es verdad. Que no eres tú, y que me estás gastando una broma de mal gusto.
Un nuevo silencio marcó la conversación, silencio que fue interrumpido por un chillido propio de la madre a la que le han arrebatado una hija. Entre llantos y gritos, Laura insistió:
—¡Se han llevado a Luz Marina y nos piden mucho dinero para devolvérnosla! Tienes que venir, Adrián. ¡Tienes que venir a Medellín!
Silvia, que se había acercado, lo escuchó todo. Se puso a la altura de los ojos del compañero, que tenía la boca abierta y la mandíbula desencajada.
En ese instante alguien gritó en la casa de los abuelos de Jorge, el niño desaparecido.
—¡Ayuda, por favor! ¡Se me muere!