La pesca
Luz Marina y su amiga cuchicheaban a la salida de clases. Debatían cuándo sería su próxima escapada, y Mariana le preguntaba si tenía ganas de ver al pinche gonorrea que les invitó a media cerveza.
—Pues no me importaría, la verdad.
—Ay, Lunita, andas ya bien caliente para lo chica que eres.
—Anda que usted, que le miras el culo al profe de gimnasia.
Mariana le pegó un pequeño empujón, avergonzada, y Luzma rio.
Cuando la chica vio a Dionisio, se le borraron las ganas de reírse.
El sábado anterior la tuvo con él, y es que los dos disparos que el buen hombre creyó escuchar no eran más que dos petardazos de una vieja motocicleta de un motero que se estaba dando un paseo por el cerro.
Y claro, la niña se tuvo que subir a la moto y el tipo, que se puso nervioso porque Álex vino a ladrarlo, patinó y se fueron los dos al suelo.
¿Resultado?
El perro mordiendo al sujeto; Luz Marina quejándose en el suelo; su madre tratando de levantarla y Luzma sin saber ni dónde meterse.
En ese día, en las inmediaciones del Instituto Colombo, Dionisio esperaba a la niña con las manos cruzadas en la espalda y el ceño fruncido.
Su expresión severa no era para menos: llevaba días diciéndole que no anduviera tan desprevenida, que Medellín no era un lugar para confiarse.
Luz Marina apretó los labios, pensando que la regañina sería inevitable, pero, justo cuando estaba a punto de abrir la boca, un ruido a su derecha le distrajo.
—¡Eh, don, una pregunta! —gritó una muchacha delgada, con el cabello recogido y un uniforme de colegio que no le quedaba del todo bien.
Dionisio, desconfiado, miró a la joven con ojos entrecerrados. No le gustaba que lo abordaran de forma tan repentina, pero la educación de antaño le ganó.
—¿Qué pasa, niña? —preguntó, avanzando un par de pasos.
Xixa sonrió con timidez, un movimiento perfectamente ensayado.
—Es que no sé qué bus tengo que coger para ir al Parque de Bolívar.
Dionisio comenzó a explicar, haciendo un gesto con la mano, mientras Luz Marina miraba a la joven con cierto interés. Xixa parecía genuinamente perdida, pero algo en su mirada le hizo sentir incómoda.
Antes de que pudiera analizarlo más, ocurrió todo tan rápido como si fuera un time-lapse.
Desde detrás de un poste, Guarapo apareció con un palo grueso en las manos. El golpe resonó en la cabeza de Dionisio, quien apenas alcanzó a lanzar un gruñido antes de desplomarse al suelo.
—¡Pero qué…! —gritó Luz Marina, intentando correr hacia él.
No tuvo éxito porque un brazo la atrapó por detrás. Era Tibu, el más joven del grupo, que la inmovilizó con sorprendente fuerza para su tamaño.
—¡Cállese, mija, o le va peor! —espetó el guerrillero mientras Xixa recogía la mochila de Luz Marina del suelo.
Una Luz Marina que forcejeó con todas sus fuerzas, aunque solo consiguió perder energías. La cubrieron la cabeza con un saco viejo y amarraron sus manos a la espalda con la destreza del que ha perpetrado cien pescas. Jona apareció con la furgoneta aparcada en esa misma calle unos metros atrás.
—¡Rápido! —ordenó Jona desde la ventana.
Tibu y Guarapo cargaron a Luzma como si fuera un saco de patatas y la arrojaron dentro de la van. Dionisio, inconsciente en el suelo, quedó tendido mientras la furgoneta arrancaba con un rechinar de llantas.
La niña intentó gritar, pero Xixa levantó el saco y le tapó la boca con un pañuelo que olía a gasolina y sudor.
—Tranquilita, que nadie le va a hacer nada si no se pone de necia —exigió la muchacha, con una autoridad impropia de su edad.
La furgoneta escapó veloz por las calles aledañas al instituto, y se perdió entre el tráfico caótico de Medellín.
Luz Marina, acurrucada en un rincón, sintió que el corazón superaba las pulsaciones recomendadas por un cardiólogo.
Juraría que el desgraciado que le había dado un palazo a Dioni en la cabeza era el muchacho que conocieron la semana anterior en el parque, pero no podía ser.
¿Cómo? Poco a poco se dio cuenta de que tenía toda la razón de ser del mundo.
El muy pendejo las había estado siguiendo y ahora ella estaba allí, tirada en el piso de una furgoneta sucia.
No sabía a dónde la llevaban, pero una cosa era segura: Dionisio no estaría allí para protegerla esta vez.