Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 La llamada
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La llamada

Adrián ajustó su Beretta con la precisión ritual de quien lleva años haciendo lo mismo y disparó cinco veces consecutivas.

Creyó que eran certeros. Donaire, sin dar señales de presión, vació su cargador con la calma de una tiradora olímpica.

Trece de sus quince disparos fueron al blanco.

Todo mientras mantenía esa sonrisa entre burlona y confiada que siempre desarmaba a Adrián.

—¡De dónde coño habrás sacado esa habilidad, Donaire!

—Del mismo sitio en el que tú has sacado tu torpeza.

Adrián no pudo evitar reírse, aunque fuera a costa de sí mismo. Apretó el botón que acercaba la diana y la inspeccionó con una mezcla de resignación y desdén. Dos impactos de cinco. Lo peor no era fallar, sino darle a Silvia más razones para sus bromas.

—Bueno, la verdad es que este no está mal —se burló Donaire señalando un disparo que había incidido en la línea que separa el hombro del blanco en la silueta humana de la diana—. Lo hubiera desarmado si el tipo está fuerte.

—Estás graciosa tú hoy.

Silvia le sacó la lengua. Se quitó las gafas y los cascos con movimientos decididos, como si acabara de terminar una obra de arte en lugar de vaciar un cargador, e invitó al compañero a largarse de allí.

Después de pasar por los vestuarios, se dirigieron a la cantina del complejo policial. El lugar era un refugio incómodo: mesas de fórmica, sillas cojas y olor a café requemado, pero les quedaba cercano y podrían charlar de sus cosas.

—¿Cómo lo llevas?

—Colgando y hacia un lado.

La subteniente se atragantó con el trago de cerveza que se acababa de tomar.

—Gilipollas, eso ya lo sé, la tengo muy vista.

—Joder, hasta las bromas las encajas bien hoy, ya te digo que estás que te sales.

—Por tu soez respuesta deduzco que andas algo mejor.

—Deduces bien.

Silvia se lo quedó mirando expectante. Entendió que el cabo había recibido alguna noticia.

—¿Hay algo que debo saber?

—Me llamó mi contacto.

—La chica no es…

—No.

Le dedicó una mirada compasiva y le tomó de las manos. Adrián sintió una descarga, y no metafórica.

—Joder, Silvia, estás que echas chispas.

—Al final no va a ser mi ingenio, sino la electricidad estática la que me tiene tan chisposa.

Ambos compartieron una carcajada. Después se miraron y justo cuando Adrián le iba a proponer algo, sonaron los móviles de los dos. Donaire fue la primera en maldecir.

—Vamos, no me jodas.

Adrián, sin mediar palabra, se bajó del taburete de un salto, como si ese gesto pudiera borrar el cansancio acumulado. Debían presentarse en comandancia lo antes posible.

—El pibe lleva desaparecido día y medio —comentó el comandante Rubio, jefe del puesto de Adeje, con la voz grave que empleaba cuando las cosas pintaban feas.

Adrián intentaba calmar la temblina en las piernas golpeándose disimuladamente los muslos con las manos.

Fantaseó, incluso, con volver a la sala de tiro y merendarse un par de cargadores, tres si hacía falta, solo para no pensar.

Estaba convencido de que, con esa adrenalina, hasta superaría la puntería de Donaire.

—¿Qué debemos hacer, mi comandante? —preguntó la subteniente.

—Me van a interrogar a todo el entorno del muchacho, desde los compañeros de instituto, hasta los vecinos y, ya sabe…

—La familia —completó Adrián, mordiéndose el labio al terminar la palabra.

El comandante tan solo asintió y les dio las directrices pertinentes.

Ellos no eran investigadores, pero en las primeras hora se encargarían del caso, junto a otros cuatro compañeros que ya estaban en la zona recabando información y realizando una primera batida con amigos y vecinos del pibe desaparecido.

El chico en cuestión tenía doce años y vivía con sus abuelos en el campo; los padres estaban trabajando en otra isla y ya venían de camino, retrasados porque el día anterior no habían conseguido barco ni vuelo.

Cuando llegaron al lugar, una finca apartada en la zona de Guía de Isora, los dos guardias sintieron un estremecimiento que no verbalizaron y que, sin duda, compartieron.

Aparcaron junto a una verja verde un tanto desvencijada, que daba paso a un terreno igual de desolado en el que hacía tiempo que nadie ponía orden. Una mujer mayor, de edad indeterminada, delgada como las ramas de los olivos de su finca, salió recibirlos.

—Buenos días, señora, soy la subteniente Donaire y este es mi compañero el cabo Trovado. Venimos…

—Mi Jorgito, se me lo han llevao…

Ambos guardias se miraron y suspiraron.

—¿Podemos sentarnos dentro y conversamos un poquito? —dijo Silvia.

La mujer asintió al mismo tiempo que un par de lagrimones se le caían por cada mejilla.

Cuando entraron, un tufo a lejía intentaba, sin éxito, enmascarar otro olor si cabe más desagradable: el de la muerte.

—Me van a perdonar, pero mi Anselmo está muy malito y no podrá recibirles.

El marido, al parecer, estaba en cama, convaleciente por alguna enfermedad de la que no había que ser un genio para diagnosticar de cuál se trataba.

Los dos agentes se sentaron en unos tresillos tan viejos como resistentes, y la mujer lo hizo en una silla de madera. El hogar, humilde a más no poder, parecía más propio de una serie de televisión de los años setenta. Quizá allí se había rodado Cuéntame.

La mujer, que se llamaba Puri, les explicó que el día anterior el niño no volvió del instituto como todos los días.

No le dio importancia porque varias veces se había ido a almorzar a casa de un amigo y regresaba bien entrada la tarde o por la noche después de jugar al fútbol o de cometer qué sabe Dios qué travesuras por ahí.

—Pero anoche no regresó. Y yo no sabía qué hacer.

Yo no tengo móvil de esos, y llamé por teléfono a una madre de un amigo suyo, que es el único número que tengo.

Me dijo que su hijo andaba por ahí porque era el entrenamiento de los mayores o no sé qué, y que no me preocupara que llegaría seguro —Puri tomó aire en un hipido en el que se le salieron otras dos lágrimas—.

Me acosté con desazón, pero con las pastillas que me tomo caigo frita, pero esta mañana tampoco estaba en su cama, y…

La mujer se detuvo a llorar.

—No se apure… —cabeceó Silvia—. Necesitamos que nos dé una lista de todos los amigos y conocidos de Jorge. Teléfonos, direcciones…

—Pues yo solo tengo el teléfono de esta mujer, que se llama María, de los demás ni idea.

—¿Ni de sus familiares?

La mujer se levantó y se acercó hasta un mueble aparador en el que descansaba un viejo teléfono de teclas. Allí tomó una libreta y se la entregó a los guardias. Les pidió que no se la llevasen.

Adrián copió en su teléfono todos los números, y nombres, y preguntó a la mujer por cada uno de ellos. Ella fue capaz de indicar quiénes eran unos, pero de otros ni se acordaba. Se largaron de allí, sin embargo, Silvia pensó que algo se le escapaba. No le comentó nada a Adrián.

Durante los días posteriores, y en colaboración con otros agentes, se entrevistaron con todas las personas del entorno del pibe.

En el instituto se organizaron batidas para buscarlo, encabezadas por Tomás, el chiquillo en el que se quedaba a comer a veces y que fue el último que lo vio antes de su desaparición.

Los padres también llegaron, devastados, a la isla y se pusieron a colaborar. Nada de lo que los guardias indagaron en ellos les hizo sospechar. Parecían dos muertos en vida.

Después de tres días de búsqueda, el desenlace no se vislumbraba halagüeño.

Sin embargo, algo dio un giro radical a las investigaciones. Una zapatilla del muchacho apareció en la parcela de los abuelos en uno de los posteriores registros que se hicieron. Una zapatilla que, según Tomás, era la misma que llevaba el día de su desaparición.

El comandante Rubio estaba por solicitar ayuda a la UCO central, pero Donaire le pidió una última oportunidad. Esa misma tarde se acercó con Adrián a la finca de los abuelos.

Cuando estaban llegando, Adrián recibió una llamada de teléfono. El remitente era, otra vez, un número no identificado con prefijo extranjero.

—¿Sí?

Esa llamada no era una llamada más. Era la llamada más importante que el cabo Trovado habría de recibir hasta ese momento de su vida.

—¡¿Que eres quién?!