La niebla
Ese fin de semana aprovecharon para tomárselo tranquilo. Dioni también, y, por supuesto, Álex, que movió mucho la cola, quizá agradecido de no tener que pegarse otra agotadora caminata como el fin de semana anterior.
Aunque, al final, de caminar no se libraron.
Se escaparon a la finca del padre de Luzma, como solían hacer los fines de semana que no tenían planes.
Y, sobre todo, los fines de semana que no estaba el propio padre, quién últimamente se mostraba parco en palabras hacia la familia impostada por su hija tres años atrás.
Había aceptado a las dos extrañas, más a la niña que a la madre, pero la relación nunca pasó de la cortesía básica.
—Despierta, perrusa —dijo Laura a su hija al mismo tiempo que Álex saltaba ágil a la cama.
La adolescente abrazó al perro y pidió que él se quedara a perrusear con ella como su propia naturaleza le propiciaba.
La madre sonrió y se tiró también en la cama.
Álex comenzó a ladrar y Laura le hizo cosquillas a Luz Marina.
A pesar de ser ya más mujer que niña, a la madre no se le quitaban las ganas de tratarla como lo segundo y a la chica, a veces, le gustaba ese trato.
Estaba contenta porque el día anterior nadie advirtió su ausencia en el instituto, ya que llegaron justo a tiempo de hacer el paripé.
Dionisio ni se dio cuenta y ella misma había mandado un mensaje desde el correo de su madre para indicar la ausencia por enfermedad.
La niña padecía de unas menstruaciones un tanto dolorosas y en otras ocasiones las faltas sí se habían producido por causas justificadas.
Con lo cual, en el centro educativo no le dieron mayor importancia.
Luzma apareció en la habitación e intentó sumarse a la fiesta, momento en el que aprovechó la adolescente para escabullirse al cuarto de baño aludiendo una urgencia urinaria, que si bien en parte era real, también era excusa para evitar el más mínimo contacto con la pareja de su madre.
Esta lo advirtió, aunque no le quiso dar importancia y aprovechó para hacer cosquillas a su vez a Laura, que le dio un beso y la apremió para desayunar todos juntos.
En el desayuno se incorporó Dionisio, que vivía en una caseta en la misma finca. El motivo por el cual residía allí era porque trabajaba para el padre de Luzma. Dionisio, a pesar de su edad, era un gran activo y con sus habilidades contribuía a tener aquella finca en perfecto estado.
El lugar contaba con un huerto de medianas dimensiones, un criadero de gallinas y unas dos hectáreas de olivos.
Nada con lo que comerciar, pero algo que valoraba el gran padrino era disponer de productos hortícolas de primera necesidad al alcance de su mano.
Eso de levantarse una mañana cualquiera, acercarse a las tomateras y recoger un par de tomates que usaba para untar el pan de las arepas, no tenía precio, según él.
Después de un desayuno a base de café, crepes con caramelo (que para eso era sábado) y fruta fresca, salieron a pasear por las inmediaciones de la finca.
Estaba ubicada en la zona de Santa Elena, rodeada por abundante vegetación y varios senderos, muchos de los cuales conducían a lo que llamaban mirador de Santa Elena, que ni era mirador ni era nada, sino un promontorio desde donde se observaba Medellín en toda su extensión,
envuelta a menudo en una bruma suave que parecía flotar sobre la ciudad como un manto.
El día amaneció nublado y a Álex parecía agradarle transitar por el vapor de agua porque no paraba de ladrar y dirigir su hocico a una nube un poco más arriba del mirador. La cuadrilla decidió que era pronto y que podría pasear un tanto más.
—¿Qué tal la semana en el insti? —preguntó Luzma a Luz Marina apropiándose de una palabra de los jóvenes españoles que habría escuchado o visto en algún recoveco de internet, ya que la niña no llegó a pisar un instituto español.
La chica contestó un simple «bien» y se alejó con la excusa de alcanzar a Álex al que Dioni le había liberado de su correa. La mujer volvió a arrugar el gesto y Laura le abrazó por la cintura.
—Solo le quedan unos cuatro o cinco años de tontería…
Luzma resopló. Aunque Laura le dio un beso en la mejilla y un suave azote en el trasero, no logró hacerla sonreír.
—Vamos a por el perro.
Ambas corrieron tras Álex, que había atravesado una zona de niebla espesa junto a Luz Marina. La silueta de la adolescente desapareció entre las nubes, y el corazón de Laura dio un vuelco. Intentó llamarla, pero la voz se desvanecía en la humedad del aire.
La tensión escaló cuando se escucharon dos detonaciones, secas y próximas, que rompieron la calma de la mañana. Dioni llegó corriendo al encuentro de las mujeres, y cuando las alcanzó casi se le detiene el corazón.