Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Polas
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Polas

Guarapo aparcó la moto en medio de un millar de ciclomotores que se peleaban por encontrar un hueco en la concurrida Plaza de los gordos, en el corazón de Medellín, cerca del Museo de Antioquia.

El lugar estaba plagado de turistas, más o menos despistados, que se mezclaban con los artistas de la calle y con las orondas estatuas de Fernando Botero que daban nombre al lugar.

Aquello parecía un caos, pero para Guarapo no era nada nuevo.

Las motos competían por cada espacio libre, como si el pavimento fuera una pista de carreras.

La ciudad nunca descansaba, y menos en una ubicación tan emblemática.

La plaza siempre estaba viva, con una mezcla de viajeros haciendo fotos y locales que, como él, preferían ignorar el bullicio mientras cumplían con su deber.

Le había costado horrores seguir al maldito autobús que llevaba a las dos chicas.

Estuvo cerca de chocarse con una furgoneta que no supo de dónde carajo salió, y también tuvo unas palabras con una moto amarilla de reparto de comida a domicilio porque se le puso delante en un semáforo.

Si hubiera tenido a mano su hierro, le hubiera dado su merecido al gonorrea ese de mierda.

Sin embargo, consiguió mantener la calma y cumplir con su deber, que era el de perseguir al objetivo todo el tiempo que pudiera.

Le extrañó que la muchacha se escapase del colegio con su amiga.

Le extrañó y le molestó porque él esperaba una mañana tranquila merodeando por las inmediaciones de aquella escuela para pendejos con plata.

Echarse un cigarro a cada ratico y quizá tomarse un refresco después del recreo en el que los jóvenes más grandes salían a comprar comida a las dos tiendas próximas al Colegio Colombo, el instituto británico al que asistían.

Y es que esperaba que la muchacha saliera algún día con sus compañeros, ya que en las dos semanas que llevaba de vigilancia, no lo había hecho y él no se explicaba el motivo por el cual no lo hacía.

Era arriesgado pescarla durante el recreo, aunque lo era más a la salida del colegio cuando el viejo la recogía en la puerta y la llevaba al coche como si fuera un guardaespaldas.

Ahora, sin rastro de la madre ni del viejo era la oportunidad que estaban esperando, y se maldijo de no haber podido contactar con el comando en todo el trayecto desde el instituto al centro.

Detenerse a hacer una llamada hubiera supuesto perder de vista al autobús, que pudo reconocer entre el resto de los que se cruzó por su gran cartel en el que se anunciaba la nueva película de su actor favorito: Pedro Pascal.

No le había gustado nada el papel del mexicano en la conocida serie de Netflix, porque él, en el fondo, idolatraba al de la plata o el plomo, aunque eso nunca lo había confesado entre sus compañeros de armas, porque profesar adoración al ídolo del pueblo de Medellín era una condena a muerte segura.

El fin justifica los medios, opinaba.

Lo que le gustaba de Pascal era que muchos le decían que se parecía a él.

Porque Guarapo, para sus escasos diecisiete años era un muchacho apuesto, un chico que aparentaba algunos más por su barba y su mirada de ojos pequeños y tristes.

Era un chico con cierto éxito con las mujeres, y que si bien no era la alegría de la fiesta, le costaba poco charlar con las monas y las morochas en cuanto tenía ocasión.

Y en muchas de esas ocasiones acababa llevándoselas al callejón más oscuro, o al coche de algún amigo del barrio a hacer cosas de hombres y mujeres, como su madre decía.

Localizó a las dos, la mona y la morocha junto a una de las estatuas de Botero.

Allí se hacían fotos con el teléfono y Guarapo se lamentó de no tener uno de esos cacharros para sí.

La organización se lo prohibía a los soldados, y solo les cedían unos viejos móviles, de los de tapa y números grandes, en las acciones militares, para poder comunicarse si era necesario con otros miembros del comando.

Como la acción de ese día solo implicaba vigilancia en el entorno del colegio, el comandante decidió que no era necesario prescindir de un teléfono que él quizá necesitara.

Ahora ese pendejo se iba a arrepentir, porque de llevarlo podría haberlos avisado y convertir aquella pesca en algo tan fácil como quitarle un dulce a un niño.

Y es que las dos muchachas se pararon delante de un puesto de buñuelos y se habían echado al gaznate unas buenas porciones de azúcar que él tanto echaba de menos allá en las montañas o en los bosques donde llevaba haciendo su instrucción durante los últimos diez meses.

Se había fijado como objetivo no perderlas de vista ni un momento, y en el caso de encontrar un teléfono cerca, llamar al piso franco para avisar al comando y que vinieran a rematar la acción. Y entonces él se ganaría las felicitaciones del comandante y, posiblemente, el ascenso.

Durante la primera hora de vigilancia no hubo suerte.

Las chicas visitaron un par de tiendas de una ropa que él nunca había visto vestir a su hermana, ni podría verla vestir nunca de ahora en adelante.

Porque tenía claro que si cometía una acción como una pesca, su futuro quedaría marcado para siempre y no podría volver a su vida anterior.

Se desesperó durante la hora siguiente porque no hallaba una cabina telefónica cerca de donde quiera que parasen las muchachas: más tiendas, tanto de ropa como de electrónica repletas de móviles que él no podía usar para lo que necesitaba;

también se pararon a comprarse unas latas en una tienda atestada de turistas y se camelaron al dependiente para que no les pusiera pegas por su edad a la hora de venderles cerveza.

Cuando estaba por desistir, le llegó el golpe de suerte: las adolescentes se sentaron en el banco del Parque Berrío a beberse las cervezas, y en las inmediaciones se fijó en una destartalada cabina desde la que haría su llamada triunfal.

Hasta allí se acercó sin perder de vista a las muchachas y marcó el número aprendido de memoria y que olvidaría al terminar aquella acción.

Al otro lado del aparato no le quisieron creer, y él se encabronó mucho hasta que le pasaron con el comandante.

Y Guarapo se lo juró por su madre, por su hermana y hasta por su viejito muerto allá en el cielo.

Y el comandante le encargó la peor de las tareas que le podía encargar: camelarse a las jóvenes hasta que llegaran, porque llegar a la Plaza de los Gordos desde los suburbios, con una desvencijada van, les llevaría al menos media hora.

Se armó de valor y se acercó a uno de los puestos que vendían bebidas frías a turistas.

Él tampoco era mayor de edad, pero por su aspecto no le pusieron pegas.

Ya se había gastado parte del presupuesto del día en hacer la llamada, y ahora se gastaría otra parte en comprar dos cervezas.

No le llegaba para tres y convidar a las dos muchachas. Pero tenía un plan.

—Hola —dijo cuando se acercó a ellas.

Las chicas interrumpieron su plática y lo miraron, primero sorprendidas y distantes, y después, al darse cuenta de que el muchacho se parecía a un actor de cine pero mucho más flaco, sonrieron.

—Hola —dijo Luz Marina, la más atrevida de las dos.

—Están tomando unas polas, veo.

—Sí, ¿eres policía o qué?

Al muchacho le sorprendió, no el desparpajo de la fémina, sino su acento.

Por un momento pensó si se había confundido, ya que aquellas chicas no llevaban aspecto de colegialas y sí de turistas.

En el acto recordó haberlas visto cambiarse entre los coches cercanos al colegio, y se dio cuenta de que el posible motivo de la pesca era porque, precisamente, ella no era paisa.

—Sí, y las voy a llevar presas —Mariana, la amiga de Luz Marina dejó de sonreír—. Pero antes quería invitarles a otra.

Guarapo sacó de su bolsillo una de las dos cervezas que había comprado y Luz Marina sonrió.

—Solo tienes una.

—Tengo dos, pero es que no me alcanzó la plata pa’tres. Podemos compartirlas.

Luz Marina soltó una carcajada. El tipo, pobre, pero guapo y simpático, le parecía una combinación interesante. Bisbiseó algo al oído de Mariana, que al principio dudó, pero terminó aceptando. Las chicas repartieron las cervezas entre las latas que ya estaban apurando.

—No se vayan a poner muy jinchas.

—No te vayas a poner tú —replicó Luz Marina que levantó la lata para brindar, primero con el chico, y luego con su amiga.

Charlaron sobre banalidades acerca del tiempo, y de por qué andaban ellas ahí en lugar de estar en la escuela. A lo que la amiga replicó lo mismo y él usó una mentira de que ya tenía edad para trabajar y estaba por la zona buscando camello.

—Pero ya tomas drogas? —Preguntó Luz Marina, seria.

—¿Yo? No, ¿por qué?

—Por lo de que buscas camello…

—Camello, trabajo, laburo…

La chica se rio a carcajadas al ver a Guarapo tan apurado. Él las pidió que no se rieran de él.

—Nosotras nos hemos tomado el día libre porque acabamos bien los exámenes —dijo Luz Marina.

El muchacho la sonrió y ella le correspondió con la sonrisa de dentadura más blanca que él había visto en su vida.

Charlaron unos quince minutos más en los que Guarapo no paraba de mover los pies y abrir y cerrar las piernas.

—¿Qué te pasa que estás tan nervioso? No te vamos a comer. ¿Verdad, Mariana?

—Yo no, usted no sé.

Rieron y Guarapo se sintió indefenso ante dos chicas mucho más jóvenes que él. Volvió a pensar en su cacharra y en que aquellas dos pendejas no se reirían de él si la tuviera cerca.

—No se burlen —pidió otra vez, para no resultar antipático.

—No lo hacemos.

Volvió a cruzar miradas con la chica y ella se le acercó mucho con la intención de inspeccionar sus facciones y de, quizá, olerle. En ese momento recibió una palmotada en el brazo.

—Luna, que se nos tenemos que ir, mire que tarde es.

Mariana le enseñó la hora en el celular, y Luz Marina se llevó un susto de muerte. Solo disponían de cincuenta minutos para llegar al instituto y hacer el paripé de que habían pasado allí la mañana entera.

—Bueno, gracias por la pola. Nos vemos otro día —dijo Luz Marina al tiempo que se largaban de allí.

—Pero no se pueden ir así.

La chica se giró, se encogió de hombros y alzó la mano a modo de despedida. Guarapo salió corriendo detrás de ella. No debería quedar mucho para que la van llegase y pudieran hacer una pesca fácil. Si era necesario también se llevarían a la amiga y ya el comandante decidiría qué hacer con ella.

Se interpuso en su camino justo en la salida del parque. Miró hacia los dos lados de la Avenida Carabobo y se dirigió a las chicas.

—Díganme al menos su teléfono, pa’poder verlas otro día.

Mariana le hizo un gesto con el dedo para decirle que:

—Ni modo, no seas forro.

Luz Marina se encogió de hombros antes de decir:

—Nos vemos aquí el mes que viene, después de los exámenes.

Intentó cogerle la mano, pero Mariana la jaló y las dos echaron a correr, dejando atrás risas nerviosas y gritos porque ya iban tarde para tomar el bus.

Guarapo se quedó de pie, mirando cómo desaparecían entre la multitud.

Sabía que no podía perseguirlas más; había demasiada gente alrededor.

Si alguien malinterpretaba sus intenciones, podría acabar en problemas.

Lo único que pudo hacer fue maldecir su suerte, sobre todo porque a los cinco minutos llegó la van con el comandante al frente.

Cuando se fijó en la cara del muchacho, a este se le encogió el mundo porque su rostro decía que había fracasado en su misión.

Y no hay nada peor que fracasar para un soldado.