Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 El Diablo
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El Diablo

Adrián se bajó del coche con temblor en las piernas. Silvia, que lo veía venir, se le adelantó y, como si de un mayordomo se tratase, le terminó de abrir la puerta y le ofreció la mano para ayudarlo a salir.

—Venga, hombre.

El Barranco del Diablo, ese lugar que atraía a los turistas como si fuera el último vestigio de la naturaleza salvaje en la isla, parecía ahora más un túnel hacia otro mundo.

En los días lluviosos, nadie se atrevía a caminar por esos senderos resbaladizos.

Pero ellos, con su placa y la autorización que les permitía el acceso, pasaron sin que nadie los viera, sin que nadie les preguntara por qué estaban ahí.

Caminaron unos dos kilómetros más hasta llegar al lugar que andaban buscando.

—Es por aquí —dijo Silvia, que tiraba del alma en pena que suponía un pedazo de tío de metro ochenta de alto y ochenta y cinco kilos de músculo.

Llegaron al sitio en cuestión. Una lluvia fina de esas que te cala hasta el tuétano se apoderó de la atmósfera.

Por fortuna, ellos iban preparados porque la gruta donde tenían que adentrarse requería de protección contra el agua.

Dos chubasqueros de los de su trabajo habitual, y botas de montaña impermeables completaban la ropa de trekking con la que salían al campo de vez en cuando.

Esos días que el trabajo, las obligaciones, y las ganas de compañía les concedían.

—No sé si voy a poder…

—Claro que sí, ya lo hiciste el año pasado.

—Ya, pero ahora…

Adrián apenas podía moverse. Tenía una mano apoyada en una de las paredes de la gruta por la que acaban de adentrarse. El agua discurría despacio por entre sus dedos, como si de alguna forma quisiera meterse en su organismo y él sintiera que lo mantenía adherido a la pared.

Silvia puso su mano sobre la del compañero.

Lo miró a unos ojos que permanecían clavados en el suelo.

Lo iluminó con la linterna y ni el destello consiguió hacerlo reaccionar.

Entonces ella se aproximó a él, mucho. Lo abrazó, lo estrechó contra su cuerpo y lamentó que llevaran tantas prendas de vestir que separasen sus pieles.

El hombre empezó a reaccionar, como si el calor que desprendía su superior le transfiriera algún tipo de energía extraña.

—No está muerta, Adrián.

Silvia trató de tranquilizarlo mientras frotaba su mano sobre la espalda del compañero.

—¿Cómo lo sabes?

La mujer suspiró.

—Porque la persona que la protege moriría antes de que le pasase nada a tu hija. Y ya te han dicho que solo han encontrado el cuerpo de una chica, no de una adulta.

Un latigazo recorrió la sien del guardia civil.

Una verdad tan incómoda como inesperada por parte de la subteniente no la vio venir.

Se separó. La miró a los ojos y ella no le aguantó la mirada.

Tan solo le cogió de la mano y le adentró en la gruta un poco más, hasta el lugar al que iban cada vez que recibían una mala noticia de esas llamadas desde el extranjero.

—Aquí estaremos bien —dijo Silvia—. Saca la botella.

El cabo buscó en la mochila una botella de tequila añejo y se la entregó a la subteniente, después sacó dos vasos pequeños de plástico y los sujetó con ambas manos.

Donaire vertió un poco en cada uno de ellos.

Dejó la botella en el suelo, con cuidado de apoyarla en un lugar estable, y levantó el pequeño vaso al aire.

Adrián tardó en reaccionar, pero, al fin, imitó el gesto de su compañera y chocó el vaso.

Dado que el chinchín era imposible debido a la naturaleza de los recipientes, la mujer verbalizó la onomatopeya y, tras ello, ambos bebieron.

Y repitieron el ritual tres veces, como mandaba su tradición.

Bebieron durante un rato indeterminado que no supieron calcular por la embriaguez del alcohol, como cada vez que visitaban la cueva.

Y como cada vez que la visitaban, se fundían en abrazos, primero, y besos, después, que terminaban en algo parecido a un frotamiento que pretendía ser un acto sexual.

Acto sexual que reprimían desde que se acostaron un día en el que los dos estaban tristes como girasoles por la noche.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó ella.

—Lo de siempre, seguir esperando. No puedo hacer más.

Silvia le dio un beso en la comisura del labio.

—Va a aparecer tarde o temprano.

Le dio otro beso.

—¿Por qué venimos siempre aquí, Silvia?

—Lo decidiste tú, ya lo sabes. ¿Por qué lo preguntas ahora?

—No sé.

—¿Quieres que dejemos de venir?

—No lo sé.

Donaire se separó de él.

—Te afecta demasiado, quizá sí sea bueno.

—Es que ahora que lo pienso no encuentro sentido a meternos en una cueva donde violaban a niños a amargar mis penas en el alcohol cada vez que me dan la mala noticia de que nadie encuentra a mi hija.

Silvia hizo el amago de acercarse de nuevo, aunque desistió.

—Repito: tú lo decidiste, como una especie de homenaje.

—Por eso digo que ya no le veo sentido.

La subteniente se calló, le pidió la mochila y guardó los vasos y la botella.

—Vámonos.

—Todavía no, espera que se nos pase un poco el pedo.

—Se nos pasará de camino al coche.

—Silvia —La sujetó del brazo y le hizo mirarle a los ojos. Durante unos segundos ambos no pronunciaron palabra—. Gracias.

Ella miró al suelo y en ese momento él la abrazó de nuevo.

Adrián parecía un tipo duro, pero en el fondo era un hombre profundamente herido por la desaparición de su hija a manos de su propia mujer años atrás.

Ahora debería ser una adolescente que andaría perdida en algún lugar del mundo bajo la excusa de que su madre la protegía de una amenaza que excedía a la lógica.

A Adrián le había llamado su contacto de Interpol para notificarle el hallazgo del cuerpo de una adolescente con pasaporte español.

Una adolescente de quince años con el rostro desfigurado y con la foto del documento arrancada.

Estaban a la falta de la autopsia para discernir las causas del fallecimiento, pero todo apuntaba a muerte violenta.

Silvia tenía razón en que la madre la protegería con su vida y era extraño que, de ser esa chica su hija, no estuviera acompañada.

Aunque lo que a Adrián le reconcomía las tripas era: ¿y si su hija se había escapado de su madre?

¿Y si habían secuestrado a la madre? ¿O si la habían matado y tirado en otro lugar donde todavía no la hubieran encontrado?

Hasta que el compañero no le volviera a llamar para confirmarle la identidad de esa adolescente no dormiría tranquilo.

—Venga, larguémonos —dijo.

Silvia le agarró del brazo y le acompañó.

Salieron de la gruta y Adrián se dijo a sí mismo que sería la última vez que cumplían ese extraño ritual. Aunque quizá lo hizo para autoengañarse.