Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Capar clase
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Capar clase

Laura conducía despacio por la Avenida del Poblado, con la calma de quien sabe que no tiene prisa.

Iba con tiempo de sobra, como casi siempre, disfrutando del vaivén de la gente, las piernas apresuradas, los paraguas que no alcanzaban a proteger del todo, las capas de agua que se acumulaban en la calzada.

La lluvia de marzo parecía una condena inquebrantable.

Llevaban dos días seguidos con el cielo lloviendo sin piedad, y el día anterior Laura había decidido que Luz Marina se quedara en casa.

La niña no iba a tolerar un segundo día sin ir al instituto.

A ella le gustaba estudiar, le gustaba sobre todo la clase de lengua española y quería ser escritora como su madre.

Esa semana estaban estudiando a Shakespeare y, cómo no, Romeo y Julieta.

Ella misma le había propuesto al profesor, Claudio, un español de no más de treinta años, alto y con cara de cantante de moda, que representaran la obra como parte de las actividades de fin de curso.

El profesor, un tanto bohemio, se lo estaba pensando.

El tipo llamaba la atención de las féminas de clase, entre ellas Luz Marina, que veía en el maestro el típico enamoramiento alumna-profesor de poesía.

Y es que la niña, a pesar de contar con tan solo quince años, era más madura de lo que su edad predecía.

Sí, le gustaba el profesor, pero tenía asumido que aquello no era viable.

Quizá tantas experiencias negativas en su vida le habían dotado de ese punto distinto, de esa picardía que no encontraba en sus compañeras de clase, de la ausencia de ese pavo que se le presuponía a toda quinceañera.

—Te recoge Dioni como siempre.

—Ya lo sé, no hace falta que lo digas todos los viernes.

—Ay, hija, y tú no hace falta que seas tan borde.

Aunque iba sobrada de madurez, de rebeldía también.

Una cosa no quita la otra. Y es que Laura pensaba que su hija estaba siempre cabreada.

En parte la entendía y tenía demasiada paciencia con ella.

Casi un año viajando de pensión en pensión por Europa, otro año en una aldea remota de Serbia y casi tres en Medellín, lejísimos de donde había nacido y tenía al resto de sus seres queridos.

Seres queridos que ya se le iban difuminando en la memoria, como esas imágenes que uno mira sin prestar atención y que se vuelven borrosas hasta que dejan de existir.

Su abuela apenas hablaba con ella porque no se entendía bien con el teléfono inteligente y las videollamadas.

Sobre todo porque Laura la videollamaba desde diferentes números de teléfono y con las ips ocultas.

¿Por qué? Era más que probable que la tuvieran monitorizada.

Y tenía razón en ello, por eso durante los dos primeros años solo la mandó cartas sin remite.

Luz Marina se bajó del coche a pocos metros de la puerta del instituto, y Laura no se marchó hasta que la vio perderse por entre las rejas del acceso al recinto.

A veces la niña esperaba en la puerta a alguna amiga y refunfuñaba porque la madre estaba ahí, como la típica madre pesada y sobreprotectora.

Y es que de tanto insistir durante esos años que tenían que estar alerta y con ojos no solo en la espalda, sino también en los pies (para salir corriendo a la mínima), la niña había generado un rechazo a tanta sobreprotección.

Más de una discusión y más de dos tuvieron una vez cruzado el charco: «Si se habían ido tan lejos, ¿para qué andar preocupándose tanto si allí no la conocía nadie?» .

Aunque lo que peor llevaba la adolescente es que allí no se podía llamar ni por su verdadero nombre: allí era Luna. Fue el nombre que Laura (que por supuesto tampoco se hacía llamar Laura) eligió por ser el más parecido. A la niña le pareció cursi y sobredimensionado.

«—Te tenía que haber puesto Luisa.» Replicó Laura un día que le hinchó las narices más de la cuenta.

Ese día la chica no esperó a nadie, lloviznaba aún y Laura se pudo ir de inmediato.

Lo que no sabía es que Luz Marina había decidido escaparse del instituto.

Le gustaba tanto estudiar como hacerse la rebelde, y casi tanto como ir de tiendas.

Había acordado «capar clase» con una amiga que la esperaba en una calle adyacente y se irían a recorrer la ciudad las dos solas.

Ambas llevaban ropa de repuesto en las mochilas, que se cambiaron entre dos coches del lugar donde Dionisio aparcaba siempre que la iba a recoger.

Había dejado de llover en cuestión de minutos y, una vez vestidas de calle, cogieron el autobús 75 que las llevaba al centro turístico de la capital donde habrían de pasar un día genial de tiendas, paseos por los parques y, por qué no,

tomarse algunas polas en los comercios que no pedían identificación porque no tenían tiempo para ello en las horas punta de afluencia de público.

Lo que no sabían ninguna de las dos niñas, ilusionadas con su día de asueto, es que una moto seguía al autobús en el que se acababan de montar.