Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 El plan
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El plan

Jona jugaba con un trocito de madera, una ramita de guayabo que él mismo había afilado con su cuchillo de caza hasta convertirla en algo que pretendía ser un palillo.

No lo usaba tanto para quitarse la mugre de los dientes como para calmar los nervios; un entretenimiento mientras organizaba sus ideas.

Siempre decía que masticar madera le ayudaba a preparar los discursos, y el que estaba a punto de soltar no era cualquier discurso: era el más trascendente desde que se le había encargado liderar el comando.

—Soldados, tenemos pesca en los próximos días.

El grupo de jóvenes, que con optimismo podían llamarse guerrilleros, lo miró con ojos entre sorprendidos y tensos.

Para todos, excepto para Jona, esta sería su primera acción.

Guarapo, el mayor después de él, apenas tenía diecisiete años, un rostro curtido prematuramente por el sol, el monte y las malas noches.

Luego estaba Xixa, la única mujer, con dieciséis años y una mirada de acero que intentaba ocultar su fragilidad.

Por último, Tibu, el más pequeño, un pelado con tanta cara de niño como gusto por la metralla y por el cortante, como él llamaba a su cuchillo de caza.

Jona les contó el plan y la teoría pintaba muy fácil: seguir a la morocha cuando el viejo la recogía los viernes de sus clases en el instituto, darle un estacazo al tipo antes de subir al carro y llevársela en la van que les prestaba la organización.

—¿Y dónde nos la traemos, comandante? —preguntó Guarapo.

—Eso lo sabremos prontito, soldado.

Jona no quería dar muchos detalles de la operación, era mejor para todos.

Ellos estaban apostados en un campamento en una estación del antiguo ferrocarril de Antioquia.

Se hacían pasar por okupas y no solían vestir la indumentaria militar más que cuando tenían que realizar alguna acción de entrenamiento.

No corrían tiempos en Colombia para presumir de ser un guerrillero.

La consigna ahora era sigilo, infiltrarse entre los civiles y sobrevivir.

Aunque esto último siempre había estado sobre la mesa.

Jona creía que los mandarían a la montaña, a una de las cuevas controladas por la organización.

Y supuso que la cosa no les haría gracia a los pelados, a pesar de que ya entrenaron el hecho de dormir al raso, de calarse hasta los huesos y de pasar más frío que un recién nacido.

Era su primer comando y debía encontrar el equilibrio entre mantenerse firme y la mano izquierda.

—Mis queridos soldados, tenemos que actuar de incógnito y adentrarnos en Medellín. Tú, mi Xixa, serás la que tenga el papel principal en esta pesca.

Xixa bajó los ojos, quizá pensando que no le apetecía volver a Medellín después de lo que ocurrió en casa.

Era una ciudad grande, y sería difícil cruzarse con su padre, y sería difícil que él la reconociese con su nuevo aspecto.

No obstante, y a pesar del Kalashnikov que colgaba de su brazo, el mundo se le hizo pequeño y una congoja como si fuera un hambre de días se le apropió del estómago.

—Tienes que despistar al viejo.

No era una propuesta, era una orden y ella ya sabía cómo tenía que cumplir su cometido: mostrando escote y piernas y quizá, incluso, llegando a tocarle.

Se cuadró y taconeó antes de contestar.

—Sí, mi comandante.

Jona desfilaba de un lado a otro de la ridícula fila que formaban los tres integrantes del comando.

Era mucho más bajito que ellos, apenas medía un metro sesenta, mientras que Guarapo rondaba el metro ochenta.

Xixa y Tibu no eran tan altos, aunque el que menos le sacaba media cabeza al comandante del grupo.

Jona hacía como que no le importaba, sin embargo, en su interior, tenía ese complejo de bajito que le habría de acompañar toda la vida.

Y eso, para un tipo que era jefe y que portaba metralletas, cañones lanzagranadas y era capaz de cebar minas antipersona, no era algo bueno.

El líder del grupo les pidió que lo siguieran al interior de la estación. Allí, sobre una mesa destartalada y algo húmeda por una gotera cercana, desplegó un plano de la ciudad de Medellín.

—Guarapo y Tibu, ustedes me vigilan esta calle, que es donde suele estacionar el viejo. Si ese día no deja el carro ahí, abortamos hasta el siguiente. Porque en algún momento volverá.

—¿Por qué esa calle, mi comandante? —preguntó Xixa.

—Hay poca gente, mi soldado. Será más discreto.

La muchacha se cuadró a modo de respuesta.

—¿Y nosotros qué hacemos cuando el viejo llegue? —preguntó Tibu.

—Dan aviso por radio y yo mandaré a Xixa para allá.

Ustedes desaparecen del lugar para no levantar sospechas y solo cuando la soldado tenga engatusado al viejo, aparecen y le dan un porrazo.

El otro me agarra a la niña y la tapan la boca, y si se resiste le siguen dando hasta que llegue yo con la van y la metemos y salimos quemando ruedas de allá.

—¿Y si nos ve la policía o alguna vecina grita?

Jona esperaba esa pregunta.

—Toda pesca tiene sus riesgos, soldado. Por eso hemos estudiado sus movimientos y el lugar donde será menos difícil.

Podríamos esperar a un día de lluvia donde la gente anda metidita en sus asuntos.

Pero los superiores me ha dado una semana de plazo para la acción.

Si la semana que viene no llueve, lo haremos de cualquier forma y lo haremos bien para que no nos cace nadie. ¿Entendido?

Los tres se cuadraron con el consiguiente taconeo.

—Bueno mis parses, ahorita les he traído una sorpresa.

Jona sacó una botella de ron de su petate. La destapó y empezó a servir en unos pocillos de plástico. A pesar de su corta edad, los pelados bebieron con ansias y rieron entre ellos. El alcohol les calentó el cuerpo y les alivió un poco el miedo.

Esa noche, mientras compartían risas y abrazos, Jona creyó que los tenía en el bolsillo, que su lealtad estaba asegurada y que la misión sería un éxito. Aunque, en el fondo, algo le decía que la guerra, como el amor, no siempre juega limpio