Mariposa
En el Teide, al caer la noche, el frío no pregunta ni perdona. Da igual si es verano, invierno o cualquier híbrido de estación que las islas hayan decidido inventar. El frío llega, se instala y se te mete hasta el sentido.
Eso pensaba Adrián mientras sorbía el café, ya templado, en un vaso de plástico, junto a su compañera Silvia.
El patrulla estaba aparcado en la explanada de la base del teleférico, ese que subía a los turistas hasta la cima de la montaña más alta de España.
Había algo solemne en aquel lugar a esas horas: el aire helado, el eco apagado de los guijarros bajo sus pies, la luz mortecina del edificio que albergaba el inicio del teleférico.
Silvia llevaba consigo el habitual termo lleno de café con leche de arroz, un hábito que Adrián no perdía ocasión de criticar. «Eso no es leche ni es nada, mujer», le decía, aunque nunca rechazaba un sorbo cuando el frío le atacaba.
Les habían requerido allí hasta que cerrase la atracción porque en la última semana se produjeron disturbios de activistas que protestaban contra el turismo masivo.
Unos perroflautas como los definió el comandante del puesto de Adeje.
Las instalaciones ya habían cerrado hacía media hora, sin embargo, la subteniente Donaire solicitó al cabo Trovado que aguantase un poco allí.
No eran requeridos en ningún otro lugar, y les quedaban aún dos horas para terminar el turno.
—Hacía tiempo que no veía un cielo tan claro y me gusta ver las estrellas desde aquí.
—Las putas estrellas… —dijo Adrián.
—Ya está el protestón —bufó Silvia.
—Que no mujer, si es una canción de un grupo de estos de música indie que se me ha venido a la cabeza.
—¿De cuál?
—No sé qué de Bogotá.
—¿Son colombianos?
—Ni idea, le gustan a Andrade, que está todo el día de festivales y conciertos, y me la puso un día en el Spotify.
La subteniente indagó en su teléfono móvil y encontró el resultado a la primera.
—Escorpio y sagitario de Arde Bogotá…
—Eso, Arde Bogotá.
Silvia playeó la canción y Adrián se golpeó la mano que tenía libre contra su pierna, al ritmo de la melodía. Al poco, ella se puso a mover la cabeza abajo y arriba cual roquera en un concierto.
—Pues no está mal, ¿no? —comentó el cabo.
—Demasiados tacos para mi gusto, pero no está mal, no.
Mientras el cielo se teñía de negro escucharon la canción con más palabrotas de sus vidas y contemplaron unas estrellas de las que nunca sabrían reconocer sus constelaciones.
—¿Y tú, no vas a conciertos? —preguntó Silvia.
—Desde el último que fuimos juntos, no.
Él la miró mientras ella hundía sus ojos en la ventanilla con la cabeza inclinada hacia arriba buscando una de esas estrellas.
—Lo pasamos bien —concedió.
—Sobre todo después…
Silvia giró su cuello en dirección a su compañero, que sonreía como solo él era capaz de sonreír.
—Déjate de tonterías y vámonos, que empieza a hacer frío.
—Eso te lo he dicho yo ya hace un buen rato.
Arrancaron el todoterreno y comenzaron a descender por la carretera TF-21, una serpiente de asfalto que se enrosca sobre las faldas del Teide.
Los faros cortaban la oscuridad, iluminando fugazmente las retamas del desierto de alta montaña, que se extendían entre las rocas volcánicas.
A esa altura, el aire frío de la noche, cargado de un aroma seco y mineral, se colaba por las pequeñas rendijas de las ventanas, y el ronroneo del motor era el único sonido que acompañaba la bajada.
El paisaje se transformaba a medida que dejaban atrás la altitud: las formas lunares de Las Cañadas daban paso a los primeros pinares dispersos, con sus copas moviéndose apenas en la brisa nocturna.
Silvia miraba por la ventanilla, pero sus pensamientos parecían estar a kilómetros de distancia.
Adrián, al volante, tampoco dijo nada. El silencio entre ellos no era incómodo, sino casi un acuerdo tácito: a esas horas, después de tantas guardias, las palabras sobraban.
Cuando estaban cerca de llegar al puesto de Adeje, un comunicado por transmisiones les estropeó el momento. Adrián golpeó el volante con la palma de la mano, mientras Silvia suspiraba con resignación.
En el puesto les confirmaron la noticia: no podían regresar a casa.
Se había producido un altercado en el centro comercial Plaza del Duque.
Según los primeros informes, un individuo lanzó botellas de cerveza contra los comensales de un restaurante, y desató una pelea multitudinaria.
La situación había escalado rápidamente, y varias personas estaban heridas, algunas por arma blanca.
Uno de los agresores, señalado como el principal responsable del caos, se hallaba en busca y captura.
Se habían movilizado refuerzos de la Policía Local, Nacional y Guardia Civil.
—Os tenéis que acercar para dar cobertura a los nacionales.
Los dos compañeros se miraron y resoplaron. Si había algo que no les gustaba era un tipo borracho armado. Aunque no sería el primero al que reducían.
Se echaron mano a las cacharras, las cuales esperaban no tener que sacar a relucir, y se montaron de nuevo en el todoterreno que los habría de llevar a las inmediaciones del centro comercial.
Una vez allí, un oficial de la Policía Nacional les pidió que cortaran la Avenida de Guadalupe a la altura del barranco del Agua. Los dos se quejaron porque eso les alejaba de la zona de conflicto y se habían dado cuenta de que los querían nada más que para vigilar el tráfico.
—Y me paráis, por favor, a todo vehículo que quiera salir. A todos.
Adrián abrió la boca y Silvia lo atajó.
—Venga, tira y déjate de aventuras —conminó la subteniente al cabo, que estaba por saltarle al oficial.
Se fueron al lugar indicado y detuvieron a todos los vehículos, como les habían pedido por favor. Y durante dos horas, una más de lo que les correspondía por turno, así obraron. Cuando les iba a llegar el relevo, sucedió.
Un ciclomotor, un tipo sin casco que, nada más advertir su presencia, se desvió por donde no debía desviarse: por un lateral de la carretera, justo antes de cruzar el puente sobre el barranco, y adentrándose en el mismo en dirección a la playa.
—La madre que lo parió, tira, Adri, tira.
Adrián no se subió al patrulla, sino que se puso a correr.
Él conocía el terreno y estaba seguro de lo que iba a ocurrir.
Silvia, por su parte, sí que maniobró con el 4x4 y se introdujo en el estrecho camino de tierra que serpenteaba entre los matorrales de tabaibas y cardones.
El cabo corría como entrenaba, es decir, a más de doce kilómetros por hora, un ritmo que podía aguantar durante al menos quince minutos sin desfallecer, un ritmo que le había hecho ganar varias carreras urbanas de corta y media distancia, un ritmo que, aunque inferior al ciclomotor al principio,
lo igualó poco después de que las rocas complicaran el camino y, sobre todo, después de que el sujeto se pegase la hostia de su vida.
A pesar del tremendo tropezón y caída, el individuo se levantó con la intención de huir.
Lo que pasó es que duró menos de cincuenta metros porque el cabo Trovado le agarró de la camiseta por detrás y lo derribó.
Con la mala suerte de que las piernas del perseguido se trastabillaron con las del perseguidor y fueron los dos al suelo.
El de la moto se incorporó de un brinco y sacó una navaja mariposa, que con habilidad de pandillero maniobró para abrir y lanzar un rejonazo que cortó la chaqueta de Adrián (para que luego digan que se trabaja menos que la chaqueta de un guardia).
El cabo no quiso tirar de cacharra, y le conminó a dejar de hacer tonterías y entregarse, que le pondrían un abogado y con un poco de suerte en un par de meses estaría libre, pero si se le ocurría agredir a un agente de la autoridad le podían caer dos años.
El sujeto, encendido por la adrenalina, las drogas o el alcohol (o una suma de todo) no hizo ni puñetero caso. Siguió amenazando y tirando navajazos al aire que el guardia esquivó con destreza.
Al poco se escuchó el ruido de un frenazo y una sirena.
—¡Suelta la navaja, me cago en tu puta madre! —gritó Donaire con el hierro en la mano
El tipo se giró y, deslumbrado por los faros del todoterreno, no tuvo tiempo de reaccionar. Trovado se le abalanzó por detrás y le luxó la mano para liberar el arma.
El sujeto aulló cuando se vio con la cara apretada contra la grava y el brazo retorcido en un dolor que no recordaba haber sentido nunca en su vida. Con las esposas puestas y la dignidad aplastada, lo subieron al todoterreno rumbo al cuartelillo
Silvia y Adrián se pegaron un abrazo. La cosa había resultado bien. El turno, casi perfecto: tranquilidad inicial y agitación posterior, con la satisfacción del deber cumplido.
Sin embargo, la sensación de victoria se diluyó en cuanto Adrián, aún con los brazos alrededor de su compañera, sintió el zumbido de su móvil en el bolsillo. Al mirar la pantalla, vio un número con prefijo extranjero. Esa llamada iba a arruinarle la noche.