Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 El páramo
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El páramo

Solo la niebla podía esconder los frailejones.

Esa niebla densa y plateada como el humo de un café recién preparado parecía surgir de la misma tierra, engullendo todo a su paso.

A ratos, los frailejones emergían de ella como fantasmas: pequeñas palmeras cansadas de crecer, con sus hojas vellosas y sus troncos retorcidos.

Al principio eran una curiosidad que se comentaba entre risas, pero después de veinte kilómetros de ascensión, se volvían casi invisibles, parte del paisaje que se fundía con el cansancio.

Una niebla que a Álex le hizo dar media vuelta sin apenas mover el rabo en su intento de llegar el primero a la cima.

Llevaban caminando más de doce horas y estaban exhaustos. El perro también, aunque no quisiera dar muestras a sus madres humanas de ello. Ni a su hermana humana. Ni a su padre humano.

Álex era un labrador que contaba, hasta la fecha, con cinco años y muchos kilómetros de caminatas por el monte a cuestas.

Su padre humano, Dionisio, así lo crio desde que lo recogió de una casa en la que los estaban regalando porque, como era habitual, la camada había sido demasiado numerosa para lo que la economía de una familia de clase trabajadora de Medellín podía soportar.

Sus madres humanas, Laura y Luzma, lo acogieron con júbilo impostado, ya que la que realmente quería al perro era Luz Marina, la hija de Laura.

La muchacha que años atrás vivió un trauma que todavía llevaba tatuado en los huesos y que, en cierta medida, el perro había ayudado a mitigar.

Incluso allí, en la soledad del páramo, el animal nunca la perdía de vista, como si supiera que su deber era protegerla.

Y es que Álex nunca, o casi nunca, se separaba de la muchacha, que se había convertido en una adolescente resultona y sonriente a base del cariño incondicional de aquellos cuatro seres vivos que la acompañaban en una de las múltiples excursiones que organizaban con periodicidad espartana.

Dionisio, casi siempre, era el encargado de organizar la salida al campo.

Esta era la tercera vez que él subía al Páramo Frontino, mejor —y más grandilocuente—conocido como Páramo del Sol.

La primera vez había ascendido él solito, de eso haría poco más de un año.

Para llegar hasta allí condujo los poco más de ciento sesenta kilómetros que lo separaba de Medellín; quizá los peores ciento sesenta kilómetros que el cincuentón (casi sesentón) español habría de recorrer en su vida, ya que el trayecto les había llevado nada más y nada menos que seis horas.

La niña, Luz Marina, tuvo que sacar la cabeza por la ventanilla para vomitar el arroz y la arepa que había desayunado.

Hicieron noche en Urrao, en una casita multicolor que nunca fue nueva, y que era tan acogedora como barata.

Al día siguiente, Dionisio alquiló un todoterreno, y se dirigieron al inicio del sendero que los habría de llevar al lugar en el que se encontraban ahora.

—Vamos, el último esfuerzo —pidió Laura que tiraba de una Luz Marina que hacía horas había decidido pasar de su amadísimo Álex porque no le llegaban las fuerzas para jugar con él y caminar.

—Si nos damos prisa veremos la puesta de sol —exigió Dionisio, que miraba de soslayo a Luzma, la pareja de Laura, a la que habían tenido que esperar más de diez veces a lo largo de todo el trayecto.

Ella le dedicó una mirada de odio contenido, de esas que las nueras perfeccionan cuando las suegras se meten donde no les llaman. Les dijo que se adelantasen y que ya llegaría ella cuando pudiera.

El grupo aceleró a pesar de las reticencias de Laura, a la que le costó dejar a su pareja atrás.

El sendero parecía interminable, pero, de repente, se abrieron paso más allá de la niebla y las nubes.

Allí estaba: el cielo desnudo, desplegado como un lienzo infinito, y el sol, apenas un círculo de luz anaranjada, flotando sobre un horizonte tan lejano que parecía pertenecer a otro mundo.

Perro, adolescente, adulta y adulto se quedaron inmóviles ante lo que estaba a punto de acontecer. No por novedoso, sino porque uno no se cansa de ver cosas bonitas.

Luz Marina se agachó y abrazó a Álex y con el dedo índice le señaló al sol, que ya había iniciado su descenso por entre las nubes, como si el animal pudiese comprender algo (quizá comprendía más que cualquier humano).

Laura acarició el cabello de su hija y Dionisio le puso la mano en el hombro a la mujer que le correspondió levantando su mano y posándola sobre la de su inseparable amigo.

Aquello debía ser algo parecido a la felicidad, pensó Laura, que echó la vista atrás para ver si su compañera había conseguido llegar a la cima a tiempo de ver la puesta.

No la encontró y eso le arruinó un poco el momento.

Se consoló a sí misma con la ilusión de despertarse al día siguiente para ver el amanecer juntas.

La adolescente se puso a aplaudir cuando la última muesca de luz solar se ocultó.

Álex, incómodo con el sonido, ladró con insistencia, enseñando los dientes en una mueca no de amenaza, sino de desagrado.

Dionisio se agachó a calmarlo, acariciándole el lomo con firmeza.

Luzma dejó de aplaudir, aunque su sonrisa seguía ahí, como si dentro de ella todavía resonaran ecos de esa luz que acababan de perder.

El hombre bajó unos metros hacia el otro lado del sendero de subida. Habían tenido suerte y el viento ese día no era tan fuerte como solía; a pesar de esto lo ideal era buscar un lugar resguardado para instalar la tienda de campaña.

Laura y Luz Marina esperaron a Luzma, que tardó en llegar unos quince largos minutos.

Cuando lo hizo, Laura le dio un abrazo que su pareja le correspondió con tibieza.

La chica las miró con recelo, como lo llevaba haciendo desde que la conoció cuatro años atrás cuando su madre decidió ponerse en contacto con ella para que las ayudara a salir de Europa.

La adolescente, que ya se estaba convirtiendo en mujer, tuvo muchas dificultades para aceptar que su padre hubiese desaparecido de su vida y su madre lo hubiese sustituido por una mujer a la que no conocía de nada.

Con mucho diálogo por parte de Laura, y también por parte de Luzma, consiguieron que, poco a poco, fuera aceptando su nueva situación.

Aunque el hecho de que la aceptara no implicaba que le gustase.

—Bajar, que dentro de poco no se verá nada y necesito ayuda.

El vozarrón de Dionisio la sacó de sus pensamientos y Álex corrió en busca del hombre, que lo recompensó con una galleta que casi siempre llevaba en los bolsillos.

Las tres chicas llegaron y entre todos levantaron la tienda de campaña y prepararon la estancia para hacerla confortable.

Allí no podían hacer fuego, pero Dionisio había cargado con un camping gas que prepararía una escueta y suculenta cena, y el hornillo calentaría el ambiente lo suficiente para dar confort al interior de la tienda.

Además, llevaban consigo sacos de dormir de alta montaña, de esos que prometen resistir temperaturas bajo cero, aunque en lo alto del páramo, en marzo, el frío era una oruga procesionaria que se deslizaba por las rendijas de la ropa sin llegar a picarlos, pero que molestaba igual.

La sensación térmica, traicionera como siempre, parecía moverse por capricho, jugando con ellos.

Cenaron una sopa de sobre y un poco de tortilla que el propio Dioni había cocinado y que, en esos momentos, les pareció a todos el mejor de los manjares posibles.

El hombre contó una de sus historias de perros, una ya sin final feliz, ya que la niña había dejado de serlo, una en la que el perro acababa mal y que el propio Álex escuchó como si la entendiera, con la cabeza gacha entre las piernas de Luz Marina.

Afuera el viento arreciaba y los silbidos de la naturaleza les mantenían intranquilos.

Dionisio, con la experiencia de quien ya había dormido antes en aquel lugar, trató de calmar los ánimos diciendo que había visto más gente acampada pocos metros más abajo.

Que no tuvieran miedo, que hasta allí no llegaban los osos de anteojos, y que en el remoto caso de que lo hicieran, eran animales mansos como un perro bien entrenado.

Laura escuchó las palabras, pero no las digirió del todo.

Miró a Dionisio con esa complicidad que solo ellos dos entendían, una complicidad forjada a base de huidas, violencia, y un instinto compartido de supervivencia.

Por alguna razón que no supo explicar, su mente viajó al pasado y pensó en Magno, el perro que una vez la salvó a ella y a su hija años atrás.

El cansancio les fue venciendo a todos y poco a poco abandonaron la consciencia por el mundo de los sueños.

Dionisio, antes de caer rendido, abrió ligeramente la cremallera.

Desde allí, constató que las dos tiendas de los senderistas con los que se habían cruzado durante la subida seguían en su sitio, iluminadas por una noche de estrellas que parecía arrancada de un cuadro imposible.

Ni siquiera en su Extremadura natal presenció un cielo tan puro.

Sonrió, como quien se dice algo para sus adentros: había sido una buena idea cruzar el charco y perderse en una tierra tan inhóspita como hermosa.

Lo que Dionisio no sabía es que, desde unos metros más arriba, alguien los observaba.

Agazapado entre las rocas, bajo un saco raído y un cielo abierto que para él no era adversidad, sino rutina, una persona aguardaba en silencio.

Su piel y su carne, curtidas por el hambre y el frío, no temían a las noches heladas del páramo.

Había pasado casi un año en la montaña, aprendiendo a sobrevivir, a soportar el filo del viento y a manejar un AK-47.