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Orgullo de pertenencia

Libro 4

AK47

El cañón del fusil todavía estaba caliente.

A escasos centímetros de su cabeza, Laura percibió la temperatura del metal como si fuera una estufa.

A esa distancia, tampoco podía distinguir si se trataba de un viejo conocido: un AK47 o de, quizá, un M16.

Postrada de rodillas, mojada, con barro hasta dentro de las bragas, y un arma de estas características a milímetros, su cerebro no estaba para cuestiones técnicas, por mucho que al fallecido Mijail Kalashnikov le molestase que confundiensen su creación soviética con esa basura yanqui.

Desvió la mirada del fusil a la cara de quien lo sostenía.

Era un hombre rechoncho, de piel morena, con los lunares oscuros y simétricos que a veces llevan los mulatos en las mejillas, como marcas de un linaje que la ciudad no había podido borrar.

Sus labios grandes y agrietados sostenían una ramita de sabor amargo, y su rostro mostraba una expresión tan neutra que resultaba insultante: ni apretaba la mandíbula ni aflojaba la mano sobre el arma.

Parecía pereza, pero Laura sospechaba que era algo peor: el desinterés absoluto, esa indiferencia que solo se encuentra en los hombres acostumbrados a matar.

Hizo un gesto mínimo con el fusil, indicándole que se levantara.

Ni una palabra. Laura no tuvo tiempo de responder porque uno de sus compañeros de «aventura», a su espalda, irrumpió con un grito seco, preguntando qué coño hacían.

Los de la metralleta eran dos, y la respuesta del segundo tampoco fue verbal: apoyó la culata de su AK47 o de su M16 en su hombro y encañonó al que osó alzar la voz contra ellos.

Como no se calló, sino que insistió en su protesta, lo siguiente fue que la culata, que se apoyaba en el hombro de aquel individuo vestido de camuflaje de tobillos a cuello, cambió de posición para impactar en el rostro del que pedía explicaciones y enmudecer la protesta por la vía rápida.

A su alrededor, la selva había cambiado.

La luz violácea del atardecer daba paso al gris monótono previo a las noches que no prometen nada bueno.

Las hojas de las ceibas y los caracolís seguían goteando la humedad acumulada en las últimas lluvias, y el aire olía a tierra mojada (eso que ahora llaman petricor) y a vegetación que no dejaba de crecer, sofocante y viva.

Aunque no llovía, podía hacerlo en cualquier momento, el cielo se desplomaría sobre ellos y les mojaría lo mojado.

Laura percibió que Luzma temblaba a su lado. No sabía si de frío o de miedo. Los ojos de su pareja se llenaron de una súplica muda. Era evidente que había que obedecer.

El problema era que Laura María García dejó de ser buena obedeciendo desde el día en el que le vino la regla.

Sobre todo si la persona que más amaba estaba implicada en una situación en la que no debería estarlo.

Una situación en la que corría peligro su vida.

Una situación que ya había vivido en el pasado hasta en dos ocasiones.

Esa persona era su hija y Laura no era de las que pensaban eso de que a la tercera va la vencida.

Agachó la mirada y se dio cuenta de que una sanguijuela trepaba por su bota derecha, quizá en busca de un recoveco por el que adherirse a su piel y robarle unos cuantos glóbulos rojos.

Quizá tuviera alguna dentro de la ropa y por la excitación del momento ni apreciaba la molestia.

Ignoró a aquel bicho negro y viscoso y aseguró sus pies en el lodazal en el que se encontraba.

Antes de pararse a pensar en las conscuencias, hizo algo de lo que quizá se tuviera que arrepentir.