La pérdida de la belleza
Marina Caracuel, oficial de policía después de haber aprobado las oposiciones con la nota más alta de la promoción, y Mario Gálvez, abogado experto en divorcios, masticaban sentados sobre el capó del utilitario coreano de la mujer.
En el equipo de música del coche sonaba la canción Virtud y castigo, de, cómo no, los Arde Bogotá.
«Tus vestidos,
guardan momentos de las noches que pasamos prohibidos».
—Mira qué bonito —dijo ella.
—¿La canción?
—Anda ya, mira…
El sol se ponía por la montaña. Era bello; aunque no se sumergiera en el mar, la puesta de sol malagueña no tenía nada que envidiar a la gaditana, pensó la policía.
—Bonito es lo que te estás comiendo —repuso él—. Y está cojonudo.
Ambos rieron.
Habían recorrido unos treinta kilómetros desde el despacho de Mario en Marbella.
Estaban en Sierra Bermeja. Aparcados en una curva con espacio para un coche desde donde cenaban un bocadillo campero de pollo y atún; y contemplaban la puesta de sol.
Cuando terminaron, la policía se tumbó sobre el capó con la esperanza de que el abogado la imitara.
Mario seguía contemplando el mar, aunque poco a poco se dejó caer sobre la chapa metálica del coche.
«Invertimos,
tanto tiempo en repelernos y en hacer enemigos…»
Sus brazos estaban rozándose, y las manos muy cerca una de la otra, sin llegar a tocarse a pesar de los esfuerzos de Marina por dar de sí su dedo meñique.
—¿Estás mejor, no, abogado?
—Mucho mejor, agente.
—Oficial.
—Eso.
«…que sufrimos,
de tener este romance por virtud y castigo».
Marina giró la cabeza y analizó el perfil de Mario: flequillo rebelde, nariz recta, y labios tamaño medio.
Él no se inmutó y siguió con sus ojos fijos en el cielo, que comenzaba a mostrar las primeras estrellas.
Ella no tenía prisa. Había esperado dos años y podía esperar más tiempo.
No estaba enamorada, tan solo era interés.
Al menos eso se decía a sí misma. Era un hombre con el que podía estar a solas sin hablar.
Eso lo aprendieron en su aventura en común.
Él sentía algo parecido. No había estado con ninguna mujer en esos dos años.
La oficial le gustaba, aunque seguía encontrando una barrera en su interior que achacaba a la experiencia traumática.
Además, Pablo le retenía. No sabía cómo enfocar una relación con otra mujer y el hecho de tener que presentársela en algún momento a su hijo.
Irene había cambiado también en ese aspecto.
Al parecer le puso las cosas claras a Raúl y no se habían vuelto a ver.
Mario, que pensó en denunciar a Solana ante Villegas por sus escapadas sexuales, decidió desistir.
Decidió que ese mediocre le daría igual. Su compromiso era con su hijo.
—¿Vamos entonces? —preguntó la policía al cabo de media hora, cuando la noche había caído del todo.
—Vamos.
En el momento de incorporarse, ella se resbaló y él la sujetó por el brazo. Después se resbaló él y los dos cayeron al suelo. Entre risas y protestas se levantaron.
—Anda que vaya dos vándalos de pacotilla —dijo él.
—Tú espera que lleguemos al sitio.
Apagaron la música y se pusieron a caminar. Lo hicieron por tres kilómetros. Había que protegerse de las posibles cámaras de seguridad. Llegaron al sitio con mucho esfuerzo por la carga que llevaban. Se detuvieron junto al letrero. Iban a cometer un nuevo delito. El primero en dos años.
—¿Qué color te pides? —preguntó ella.
—El negro, obvio. ¿Y tú?
—El rojo, obvio —respondió y le sonrió. Se aguantaron las miradas. Él le tocó la cara, a ella le bastó ese leve contacto del abogado.
Al día siguiente, el letrero de la urbanizacíón Belleza Andaluza, edificada sobre los restos quemados y recalificados de Sierra Bermeja, apareció vandalizado.
Junto al letrero había un mechero zippo.
Ya no se leía el nombre original de la urbanización.
Había dos cambios. Debajo una pintada, en negro, rezaba:
«Amissa pulchritudo»
En el nombre de la urbanización estaba tachada la palabra «andaluza» y había otra pintada:
«Belleza Perdida».
Detrás del letrero, una grúa, una excavadora y una caseta de obra de la urbanización a medio construir sobre terreno natural quemado eran pasto de las llamas.