La peor confesion
Era el momento de confesar y Morales dudó. Mucho. Pero al final disparó.
—Sí, Buendía envió una información anónima a Poir en la que avisaba que yo había contactado contigo en relación a una información que tenía sobre él.
Por lo que me contó Tomás, el Belga hackeó tu móvil y llegó a la misma conclusión que mi socio: que tú eras el único que podría contactar con Verigo.
Poir no tenía acceso al ucraniano. De haberlo tenido su procedimiento, quizá, no habría sido secuestrar a un niño de ocho años, sino desprender al tipo por un barranco o un puente.
—Solo me lo tenías que haber documentado y hubiera accedido a esa información, y ahora el Belga estaría en el talego, o muerto, y tú no te habrías chupado dos años a la sombra.
—¿Hubieras accedido a mi petición? ¿El abogado del momento? ¿Hubieras incumplido la ley? Porque acceder a esa información no podrías haberlo hecho bajo supervisión judicial ni policial…
—¡Me pidieron que me suicidara a cambio de salvar a mi hijo!
¡Me quisieron hacer pasar por un pederasta adicto a los antidepresivos!
Hubiera manchado mi memoria para siempre, y lo que es peor, mi hijo lo hubiera descubierto con el tiempo.
¡¿Te haces una idea de lo que eso significa?
! No duermo más de cuatro horas seguidas…
—Yo eso no lo podía saber, pensaba que te pedirían la información a cambio de devolverte a tu hijo o a tu mujer si la hubieran secuestrado a ella.
—Claro, y entonces Tomás me la habría robado —sentenció Mario.
—Te hubieran ayudado a recuperar primero a tu hijo. Y ya después…
—Sus intenciones cuando se presentó con su hermano el navajero no eran esas.
—Porque tú no les llamaste.
—Claro, claro… —dijo Mario. Morales se dejó caer sobre el asiento. Mario también. Después de unos segundos, el abogado sentenció—: Gracias.
Morales no entendió el agradecimiento. Mario no se lo iba a explicar, tan solo tenía esa necesidad de saber.
Esa incertidumbre le carcomía. Marina, en cambio, carecía de esa desazón, ella estaba convencida de que la confesión del Belga era verdad.
Que Morales les había filtrado el email que Buendía había mandado a Mario.
El Belga se lo enseñó. Morales y Buendía habían vendido a Gálvez.
El abogado tecleó algo en el móvil. Cuando Morales se disponía a marcharse, alguien entró en el despacho. Una mujer con un velo en la cabeza y un chiquillo de una edad parecida a la de Pablo saludaron a Mario.
—Te presento a Rasha y a Amin —Morales levantó las cejas, no entendía nada— Me ha dicho un pajarito que has abierto un vivero en Estepona junto con Tomás, que vendió el bar de su hermano cuando falleció el año pasado.
—¿Qué ocurre?
—Que sé que necesitas personal. Rasha tiene unas manos de oro. Mira —Mario se sujetó la camisa que llevaba—. Esto lo ha cosido Rasha, es de lino orgánico.
Morales entendió. Movió la cabeza hacia arriba y hacia abajo. Se levantó y le entregó una tarjeta a la mujer. Le pidió que le llamara al día siguiente. Ella se lo agradeció con aspavientos y él se marchó sin decir nada. Antes de que abandonara el despacho, Mario intentó detenerlo.
—Morales. Gracias por segunda vez.
Morales ya había abandonado el local cuando escuchó a su espalda las palabras del abogado. Salió a la calle y allí se encontró con otro rostro conocido: el de una oficial de policía.