El pequeño despacho
La feria de Marbella se convirtió en un evento en el que Mario se marchaba de la localidad. Eso hizo, al menos, el primer aniversario del rapto de Pablo. Se fueron los tres, a pesar de la separación, cinco días a Disneyland Paris. Pablo, obvio, no puso ninguna queja.
En el segundo aniversario la cosa estaba más relajada, al menos para Irene, que fue la que se encargó de llevar al niño a montarse en las atracciones y comerse una patata asada.
Mario aprovechó ese día para concertar una de las reuniones más importantes de su vida.
—Buenos días, señor Morales —dijo, y le ofreció la mano al amago de activista climático que acababa de entrar en su modesto despacho.
Morales no le correspondió el saludo y Mario tuvo que retirarlo como lo hiciera en su momento Pedro Sánchez con Mariano Rajoy en la famosa especie de «cobra».
Morales observaba el espartano despacho con dos estanterías, una mesa de escritorio, y dos asientos de polipiel para los clientes.
No había ni recepcionista en la entrada.
Quizá por la hora o quizá porque era día festivo en Marbella, aunque eso no lo supiera Morales.
Prefirió pensar que al abogado no le iba bien en su nueva aventura profesional.
—¿Por qué estoy aquí?
—¿Quiere tomar algo? ¿Un café? También tengo vino, que estamos en feria —Morales hizo un gesto de negación con la mano—. Bien, lo primero que quiero es expresarle mi alegría porque ya sea un hombre libre.
—Corta el rollo, picapleitos.
Mario sonrió.
—Esa expresión está un poco anticuada, pero vale. Vamos a dejarnos de formalismos. Y vamos a ir al turrón, como decía mi padre.
Morales asintió y colocó las manos sobre los apoyabrazos de la silla.
Como si quisiera coger impulso para saltar como un leopardo sobre el abogado.
Por un momento, los dos hombres permanecieron quietos, con las miradas fijas el uno en el otro, sin querer apartarlas, como si el primero en hacerlo perdiera.
Mario tomó el móvil y tecleó algo. Permaneció así unos segundos, y se lo enseñó a su invitado.
—¿Qué es eso? —preguntó Morales.
—Cógelo y amplíalo bien si no te has traido las gafas de cerca.
Morales resopló, sacó las gafas de un bolsillo y tomó el móvil de Mario. Examinó la imagen que le estaba mostrando y miró por encima de las lentes al abogado.
—Esto es simplemente el email que Tomás le envió hace dos años.
—¿Simplemente? —Mario dio un golpe sobre la mesa que desconcertó a Morales— . ¡Simplemente! —Dio un segundo golpe, lo que puso en alerta al expresidiario, que se levantó—. ¡Siéntate!
—¿Qué quieres?
—Mirarte a los ojos y decirte que tú no eres un ecologista ni conservacionista ni una mierda. Eres un cobarde que usa a las personas de la misma forma que el Belga.
—¿De la misma forma?
—O peor. Porque te aprovechaste de mi buena fe.
—No sé qué coño estás diciendo, yo me marcho que tengo mucho que hacer, que acabo de salir de la cárcel y como sigas así voy a volver pronto.
La amenaza de Morales no amedrentó a Mario. Algo había cambiado en el abogado, y aquel tipo, lejos de darle miedo, le empoderaba.
—Yo sé que tú sabes, Luis —dijo Mario —. Chiclana.
La expresión causó el efecto deseado en Morales.
Esa expresión similar a la que había pronunciado Frederick Poir a Marina dos años atrás.
Mencionar Chiclana ayudó mucho. Marina le había relatado todo lo que confesó el Belga sobre Morales.
La causa, justa, de Luis Morales y Tomás Buendía se había convertido más que en una lucha por salvar los bosques andaluces del urbanismo salvaje, en una lucha personal, en una venganza.
Frederick Poir estaba convencido de que la urbanización que construyó sobre terreno quemado en Chiclana, de donde era originario Morales, le afectó de alguna forma más allá de la causa ecologista.
—¿Chiclana? No tienes ni puta idea.
—No, no la tengo, ni me interesa. No sé si buscabas meter a Poir en el talego por sus delitos contra la naturaleza, o porque te jodió en el pasado, o por si se folló a tu novio —los ojos de Morales parecían que iban a explotar—, el caso es que me vendiste, hijo de… Me vendiste a mí y a mi familia.
—No tienes pruebas.
—Amissa pulchritudo —dijo Mario. Morales calló—.
No me hagas conseguirlas, Morales, porque entonces…
—Mario se reprimió. La referencia a la clave para acceder al ucraniano fue el golpe definitivo.
Gálvez, sin tener pruebas, aunque sí certezas, daba por hecho que había una conexión entre Morales y Frederick Poir con el ucraniano.
El hecho de que Mario tuviera acceso a Verigo, le convirtió en blanco fácil para Morales—.
¿Me lo vas a contar o vas a seguir con la comedia?
Morales dudó. Se levantó incluso. Antes de llegar a la puerta se dio la vuelta.
Se sentó. Lo confesó todo: Morales sabía que Gálvez tenía acceso al ucraniano, lo supo gracias a Buendía, que era un abogado retirado que vertía todas sus energías en ayudarlo, ya que se había enamorado de él y, por ello, se embarcó en su cruzada ecologista con los ojos cerrados.
Buendía siguió al dedillo el juicio contra Berbatov y la carrera meteórica de Gálvez.
Gracias a unos contactos que Tomás tenía en el puerto de Algeciras, llegó a saber la existencia de un tipo que era un mago de las finanzas de la gente con dinero.
Y de alguna forma, el Belga tenía que estar en la órbita del ucraniano.
Morales, por su parte, conocía a mucha gente del entorno de Poir que había salido de su influencia, bien con los pies por delante, bien desaparecidos, bien en el talego.
Después de entrevistarse y amenazar, con la ayuda de Buendía y su hermano, a varios de ellos, llegó al nombre de Arturo Moreno, el traficante de poca monta que acabó en el entorno de Poir un día de suerte para él.
Le invitaron a una de sus fiestas, consiguió las imágenes más sucias que pudo, y traficó con ellas.
Se jugó mucho el cuello, y por eso se las vendió al ucraniano por mucho dinero, dinero que Arturo tenía bien guardado.
Lo que no supo fue que el ucraniano informó a la policía para que lo metieran en el talego.
En parte lo hizo para protegerse a sí mismo, en parte para proteger al propio chivato.
Si el Belga descubría en algún momento esas imágenes, Arturo acabaría muy mal.
Y Luka Verigo quería esa información porque él quería todo de todo el que mereciera la pena tenerla.
Y el Belga era un gran objetivo en la zona.
Mario desconocía esto, había supuesto que el archivo de audio, y los documentos que probaban los negocios sucios de Poir los había conseguido el ucraniano por otro medio, otro medio que a él no le interesaba investigar.
Cuando lo escuchó de boca de Morales, alucinó.
Aunque a Mario solo le interesaba Luis Morales, quien, por su parte, se encargó de delinquir en la provincia de Málaga para acabar con sus huesos en Alhaurín.
¿Por qué? Porque averiguó que a Arturo lo habían metido allí.
Una vez en el talego, sobornó a una funcionaria de prisiones para que los pusiera juntos.
Se lo cameló, y en una de las múltiples noches de sexo y confidencias, le contó que él estaba en chirona por culpa del Belga.
Arturo, al principio, receló, pero el roce hace el cariño y acabó confesando que él tenía esa información sensible de Poir.
Él mismo la había conseguido en su época de esplendor, cuando llegaron a invitarlo a la mansión de Poir donde grabó unas imágenes y consiguió una información que pretendía convertir en su seguro de vida o de jubilación.
Cuando llegó el peor momento de toda la confesión de Morales, Mario se echó a temblar.