Comprensión y agradecimiento
Las noticias no aseguraron que el incendio hubiera sido provocado.
Marina lloró durante semanas el ultraje cometido sobre la naturaleza, sobre su sierra. Aunque ella era más de la Sierra de las Nieves que de Sierra Bermeja, la había visitado en más de una ocasión y en más de dos.
La comprensión y el agradecimiento de Mario le ayudó a superarlo. Sobre todo porque aquello era algo de lo que no deberían hablar jamás.
Mario fue puesto en libertad dos días después ante la ausencia de pruebas y, sobre todo, la aparición del niño.
Irene juró —y cometió perjurio— que le habían entregado a Pablo después de que alguien le enviara un email para citarla en el Lago de las Tortugas.
Declaró que recibió dicho email poco antes o poco después de ir a visitar a Mario en el calabozo de la nacional.
Y que el móvil se le olvidó, pertinentemente, y por los nervios, en el taxi al que le pidió que la llevara a esa zona de Marbella.
Marina fue quien le había enviado ese email desde un locutorio y desde una cuenta de reciente creación; y quién la recogió cerca del Lago de las Tortugas.
Ante la pregunta de cómo sabían su correo electrónico, Irene aseguró que cuando estuvieron en su casa para llevar a Rasha y Amin, un tipo con gorra y gafas de sol le pidió el móvil y lo examinó a fondo. Y en eso no mintió.
No pudieron probar nada contra ella y, además, no quiso denunciar a nadie. Pidió que no se investigara más, debido a las amenazas que recibió en la entrega. Ante la pregunta de qué había hecho para que le devolvieran al niño, solo dijo que no lo sabía.
Rasha también fue interrogada hasta la extenuación, y no soltó prenda. La mujer quedó bajo la custodia de los servicios sociales con unas malas perspectivas de futuro para ella y su hijo.
Ávila se desesperó ante la falta de colaboración de las dos mujeres, aunque también entendió el trauma vivido.
Se encargó de que mantuvieran las líneas de la familia Lima-Gálvez intervenidas durante al menos un mes más.
Cuando investigaron a fondo el teléfono móvil de Mario, descubrieron que había sido infectado por un troyano.
Y ese troyano contagió también al sistema informático de Villegas y Familia.
A pesar de ello, no averiguaron la fuente de la infección, con lo que Secuestros y Extorsiones llegó a una calle sin salida.
El inspector retornó a Madrid con un aire de derrota del que no lograba reponerse desde el año anterior, cuando raptaron y asesinaron a uno de los empresarios más poderosos del país.
Marina habló con él y le preguntó qué había que hacer para llegar a la sección de Secuestros y Extorsiones, y lo único que él le dijo fue que lo primero de todo era entrar en la Policía Nacional, a ser posible en la escala ejecutiva.
Pese a la broma de mal gusto, le dio su tarjeta personal, «por si acaso».
La agente de la policía municipal fue expedientada y apartada de su puesto de trabajo durante seis meses.
Ella aprovechó ese tiempo para estudiar y para ponerse más en forma aún.
Citó un día a Néstor en un bar. Aunque su compañero aceptó la invitación con recelo, acabaron tomando más cervezas de la cuenta y casi llegaron a algo más.
Marina lo detuvo en sus intenciones; eso sí, le informó sobre Alterio.
Por si podía usar su influencia con el Mayor Muros para que, a su vez, este usara sus contactos en la Nacional de cara a una posible investigación.
Néstor, firme defensor de la honradez policial, se lo tomó muy en serio.
¿Consecuencia? Enfrentamiento personal con el inspector Alterio, que resultó estar más limpio que una patena.
Marina llegó a la conclusión de que Alterio tan solo era un policía mediocre y se encargó de informar de esto a Mario por Whatsapp.
El abogado pidió disculpas por la infección del virus informático en su empresa.
Su jefe le dijo que no pasaba nada, que lo importante era que su hijo estuviera sano y salvo.
Le ofreció ser socio del bufete. Al Mario de antes del secuestro de Pablo se le hubieran iluminado los ojos con el símbolo del dólar; el nuevo Mario le dio las gracias y presentó su dimisión.
Vendió el todoterreno, con ese dinero y con unos ahorros que tenía se montó un pequeño despacho dirigido por él mismo, especializado en demandas de divorcio.
Podría decirse que su mujer —exmujer—fue su primer cliente.
Parte de ese dinero también lo invirtió en convertir el garaje de su chalet en un pequeño apartamento.
Eso era algo que se hacía mucho en su barrio y que luego alquilaban por más de seiscientos euros al mes.
El motivo para no largarse lejos de Irene fue Pablo.
No quería alejarse de él, y el niño tan solo tenía que bajar o subir las escaleras para estar con uno u otro progenitor, que no habían estipulado un régimen de visitas ni custodia compartida: el niño dormía,
jugaba y hacía los deberes en las dos casas indistintamente según le apeteciera y fuera compatible con los horarios laborales de sus padres.
Mario borró todos sus perfiles en redes sociales, incluso en las profesionales.
Borró todas sus cuentas de email, dio de baja su línea telefónica antigua y contrató una nueva.
Desde una cuenta de email que creó exprofeso para ello, escribió a Tomás Buendía y le dijo que saludara a Morales de su parte y que le pidiera disculpas por no defenderlo.
Quería alejarse de todo lo que había rodeado el secuestro.
Buendía le contestó diciendo que le debía un favor muy grande y que ahora o en el futuro se lo tendría que devolver, que no había actuado de forma honesta, y que por ello un criminal como el Belga seguiría en libertad a pesar de haber quemado la sierra.
Mario le contestó y le pidió que no volviera a amenazarle porque iniciaría acciones legales contra él, que no tenía pruebas y que se podría meter en una batalla judicial de la que no sabría salir.
Acto seguido, bloqueó el email de Buendía y borró la cuenta de correo.
En las labores de apagado del megaincendio de Sierra Bermeja, que se prolongaron durante más de quince días, dos bomberos resultaron heridos de gravedad y casi fallecieron.
El terreno fue recalificado en un treinta por ciento como urbanizable y el setenta por ciento restante debería ser repoblado por la empresa que consiguiera el proyecto.
Cómo no, la empresa adjudicataria fue una empresa ligada a Frederick Poir por medio de un testaferro.
Mario llegó a pensar que el ucraniano estaba detrás de ello, aunque no pudo probarlo ni ganas que tenía de investigar.
Esa sería una espina con la que tanto él como su compañera de fatigas tendrían que lidiar el resto de su vida.
Después de aquello solo se vieron una vez, y fue para que Marina conociera mejor a Pablo.
En el trayecto de Sierra Bermeja a la casa familiar, solo le pudo ver unos segundos por el retrovisor.
Esa cita fue un encuentro aséptico, en el que la agente le explicó al niño algunos aspectos de su labor policial y se despidieron con un escueto: «hasta otra».
Entre abogado y policía había una especie de código de honor que les tenía vetado llegar a ser algo más. En realidad no eran ni amigos. Como si la experiencia vivida les hubiera traumatizado tanto que alejarse el uno del otro era lo mejor para su salud mental y para su paz.
Tras ese encuentro, al que también acudió Irene, no volvieron a contactar hasta justo dos años después: el día grande de la feria de Marbella.