Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Que todo arda
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Que todo arda

El bosque estaba en llamas.

El Paseo de Los pinsapos ardía de forma irremediable. Un mural ilustrado con un poema de Federico García-Lorca se derretía por las altísimas temperaturas. Cientos de árboles centenarios no volverían a hacer la fotosíntesis.

Marina e Irene esperaban, nerviosas, en el centro de un claro al que llegaron a través de una pista forestal.

La noche había caído. Irene lloraba, Marina también.

En su bolsillo aún estaba el zippo que le había regalado el Belga, no el chapado en oro, sino otro de su colección personal, con menos valor.

Le olían las manos a gasolina. A Irene también.

El precio de la vida de Pablo valía la vida de un bosque entero. Marina no se lo perdonaría nunca. A ninguno de los dos. Irene pensaba que el fin justificaba los medios. Si tenía que arder la tierra para recuperar a su hijo, la incendiaría una y mil veces.

—Vendrán, ¿no? —preguntó la madre.

—Allí están.

Los faros de un coche se divisaron a lo lejos.

El resplandor de las llamas mostraba el reguero de polvo que dejaba a su espalda.

En menos de un minuto, el Range Rover de Emmanuelle estaba junto a ellas.

Del asiento trasero, y de la mano de Igor, se bajó un niño de ocho años en camiseta de tirantes y calzoncillos.

Irene corrió a su encuentro. El gorila aún lo sujetaba del brazo. Emmanuelle le dio la orden de soltarlo. Pablo corrió hasta su madre y se abrazaron con más fuerza que las llamas devorando el bosque.

—¡Salir por esa otra pista, es más segura! —gritó Emmanuelle.

Antes de largarse, dedicó una mirada a la agente, como si la invitara a subirse al todoterreno con él. Duró unos escasos segundos, porque Marina no le correspondió.

Marina estaba en otras: apremió a madre e hijo a subirse al Citroën. Se montaron y se largaron haciendo ruedas. Si llegaban los bomberos o el Seprona podrían meterse en líos. La gasolina nunca miente en caso de un incendio provocado.

La policía observó por el retrovisor los besos y abrazos que Irene daba a Pablo. El niño protestaba, y juraba que estaba bien. Que tan solo le habían sacado sangre y tapado los ojos un par de veces.

El retrovisor también mostraba el fuego. Aquel bosque no olvidaría lo ocurrido en cientos de años.

Marina Caracuel tampoco.