Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 El límite
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El límite

El Belga se acercó a Irene y la encañonó con la pistola.

Marina estaba llevando la situación tan al límite que la madre de Pablo vomitó. La policía se apresuró a atenderla.

——Situaciones desesperadas, requieren medidas desesperadas, Fred —Nadie, excepto su hermano, lo llamaba así. Ni su primera mujer. Ni su madre—. Si tienes que amenazar con un arma a una mujer indefensa, tienes un grave problema.

—Detén esto, por favor, que me devuelvan a mi Pablo —suplicó Irene.

Marina, intentó calmarla con una mano sobre el hombro. Después se dirigió a Poir.

—Esos archivos nunca llegarán a la prensa, ni a la policía, ni a nadie, si no le pasa nada a Mario, Irene y Pablo.

Ni a mí ni a mi familia, claro —aclaró la agente—.

Cuando se aproxime la fecha de envío de esos archivos, nosotros podemos desactivarlo y posponerlo otro mes, otros dos meses, o varios años.

Si llegada esa fecha no podemos respirar o estemos bajo tierra, pues…

Poir resopló.

—¿Y qué hay de Morales?

—Que está en la cárcel.

—Sí, pero Buendía no.

—Que Buendía no tiene nada, se lo vuelvo a repetir. Que lo único que nos interesa es sacar a Pablo. Allá ustedes con sus disputas personales.

—Tienes cojones, agente —dijo riendo. Miró a sus dos secuaces, que, al verlo sonreír, se calmaron—. Esta tía tiene más huevos que todos nosotros juntos.

—Pesado con la testosterona… —murmuró Marina. Irene la miró, confundida.

—Bien, bien, parece que hemos empezado a entendernos.

—¿Dónde está Pablo? —exigió Marina.

—Cerca, tranquila. Antes dos cosas. La primera es que esto será recíproco. Si esos archivos llegan en algún momento a ver la luz después de que os entregue al chico, iré a por vosotras y a por el abogado con todo. No tendréis paz ni vosotros ni vuestras familias, incluido el niño.

—Contábamos con ello y estamos todos de acuerdo, ¿verdad, Irene?

La mujer asintió.

—Bien, lo otro: te voy a contar una cosa que me dará una garantía extra —Poir se acercó a las dos mujeres, se puso de cuclillas con el arma muy cerca de su entrepierna— ¿Sabéis cómo llegue hasta tu marido, señora Lima?

El Belga les contó algo que provocó la estupefacción de las dos mujeres, sobre todo de Marina, que casi escupe de pura rabia.

—Ya tiene su garantía, sus dos garantías, Frederick —dijo Marina cuando acabaron la pequeña charla—. Ahora entréguenos a Pablo.

—Por favor —suplicó Irene.

—Antes una última cosa.

—Pero ¿no eran dos?

—¿No te habrás creído que podrías llegar a mi casa y exigirme y amenazarme así por las buenas, no? Esto no te va a salir gratis. Sí, tenemos un principio de acuerdo. El niño está vivo y sano. Y lo vais a tener cerca para darle muchos besos.

—¿Cuándo?

—Eso depende de vosotras.

—Explícate —dijo Marina.

Poir sonrió. Se acercó, de nuevo a la mesa donde estaban las bebidas. Dejó el arma. Sacó un cigarro liado de una pitillera. Y tomó un mechero zippo, completamente bañado en oro, con el que encendió el cigarro. Se quedó mirando a la llama del mechero, a través de la cual observaba a las dos mujeres.

—¡Fuego!